LA VOZ
Marta empuña el destornillador. Se dirige a la puerta con una decisión que atemoriza a Daniel.
—¿Qué vas a hacer con eso?
—¡Rajarle la cara al que está ahí fuera! —grita para que la escuchen y para darse valor a sí misma.
—¿Y quién es?
—No lo sé.
Desconfiada, como acordándose de algo, se vuelve hacia el niño.
—¿Lo sabes tú?
Daniel niega con la cabeza. No parece haber entendido las sospechas de Marta y, si lo ha hecho, lo disimula muy bien.
—Vamos —se ordena a sí misma dándose ánimos.
Se detiene delante de la puerta principal y aguza el oído.
No escucha nada. Se acerca a la mirilla.
Tampoco. Vacío. Oscuridad. Se fuerza a hacer una respiración profunda para acaparar oxígeno y valor.
Sin hacer ruido, descorre la cadena. Luego, se gira hacia Daniel y le hace un gesto para que guarde silencio.
Es entonces cuando coge el pomo de la puerta y la abre de golpe mientras empuña el destornillador delante de ella y grita hasta quedarse sin fuerzas.
Salta hacia la nada atravesando el aire con el destornillador una y otra vez, sin parar de chillar.
—¡Hijos de puta!
No hay nadie en el descansillo. No parece haber nadie en todo el edificio.
Tan solo la reverberación de su voz que se escapa por las escaleras.
Da unos pasos por el descansillo. Daniel la sigue.
El niño va a encender la luz, pero Marta lo impide.
De momento, la oscuridad es su aliada, cree inocentemente.
Dirige su mirada hacia el piso de arriba, intentando desentrañar algo entre esa negrura tan intensa. No ve nada.
Se decide a bajar: quiere salir a la calle. Agarra a Daniel de la pechera con cierta brusquedad y empieza a descender los peldaños. Bajan piso tras piso, en completa oscuridad. En cada rellano reina el silencio. Es un edificio deshabitado, pendiente de que vengan los nuevos vecinos para darle vida.
Al fin llegan al portal. La luz de las farolas se filtra por el cristal esmerilado.
Es la promesa de una salida al horror que está viviendo.
A Marta le tiembla la mano con la que quiere abrir la puerta.
No puede. Está cerrada. En ese momento se escucha el ruido del ascensor.
Alguien lo ha llamado. Está subiendo. Hay alguien en los pisos superiores.
Marta, cada vez más nerviosa, fuerza el pomo una y otra vez, pero la puerta no se abre. La voz de Daniel la saca del laberinto.
—Tienes que pulsar el timbre.
El niño señala el interruptor al lado de la puerta.
Tiene que pulsar para abrir. El chasquido del motor del ascensor le advierte de que este se ha detenido.
Alguien lo ha abordado en un piso superior.
Pulsa el interruptor, pero no abre la puerta.
El ascensor comienza a bajar. Vuelve a pulsar una, dos, tres, infinitas veces…
pero la puerta sigue sin abrirse. Está averiada, no responde al interruptor de apertura.
Marta saca el llavero de su bolsillo. Si quiere salir tiene que abrir con la llave del portal. La busca, pero entre tantas no le resulta fácil. El ascensor sigue bajando. Está a punto de llegar al rellano.
Coge una llave y la introduce en la cerradura.
Entra, pero no abre. No es la llave del portal.
Lo intenta con otra, pero se le cae el llavero.
Está fuera de sí. El ascensor sigue bajando.
Recoge el llavero y prueba con otra. También entra, pero se queda atascada.
Tampoco es esa. Antes de que el ascensor llegue al rellano del portal decide volver a subir a casa.
Coge de nuevo a Daniel de la pechera y comienza a subir las escaleras.
El ascensor baja del todo. Con las prisas se ha dejado las llaves en la puerta del portal.
Marta sube a la carrera con el niño. Sus pisadas retumban sobre la loseta de los escalones, pero no son las únicas.
Se detiene un segundo para comprobar su peor temor: alguien más sube.
Escucha unos pasos tras ellos, cada vez más rápidos, más fuertes, más cercanos.
Lanza un gemido de angustia y arrastra al niño, que no puede seguir su paso.
—¡Vamos, rápido, rápido, rápido!
Llegan por fin al descansillo de su piso. La puerta de su casa está entreabierta como la dejó. Y es entonces cuando escucha un aullido ronco que la llama desde abajo:
—¡MARTA!
Entra en casa y empuja al niño al salón. Cierra la puerta y pone la cadena. Jadeando, angustiada y temblando. Empuja el sofá con todas sus fuerzas para atrancarlo contra la puerta. Luego se queda quieta. Escucha si hay ruido, si la voz la llama.
—Marta.
Se gira asustada. Es Daniel. Marta se acerca a él.
—¿Quién nos persigue? ¿Por qué sabe mi nombre?
—Yo no he oído nada.
—¡No me mientas! ¿Por qué me estáis haciendo esto?
De repente, se escucha ruido dentro del piso, en el dormitorio.
Marta esgrime el destornillador delante de ella. Mientras estaban abajo, alguien ha entrado en su casa. Está dentro, en la habitación, esperándola. Marta grita, para infundirse valor, sin conseguirlo. La voz se le quiebra.
—¿Quién hay ahí?
Nadie responde.
—¡He llamado a la policía! ¡Está de camino!
Nadie responde. Valientemente, avanza hacia el pasillo, empuñando el destornillador con rabia, apretando tanto la dentadura que su rostro es una máscara de desesperación. Se acerca al pasillo, en silencio. Daniel se atreve a preguntar con un susurro.
—¿Qué pasa?
—Ha entrado alguien.
—Tengo miedo.
Marta ya no sabe si creerle o no, pero no puede hacer otra cosa que protegerlo.
—Ponte detrás de mí.
Embocan el pasillo, hasta llegar a la cocina.
Se asoma con precaución. No hay nadie. Siguen unos pasos más hasta la puerta del baño.
Vacío. Queda su dormitorio. Sin duda está ahí, como sospechó desde el principio.
La puerta está cerrada. Levanta la mano en la que empuña el destornillador y apoya la otra en el pomo.
—No entres —le avisa el niño.
Marta no sabe si es un deseo movido por el miedo o una advertencia. Le da igual. No le hace caso. Acapara todo el aire que puede y, con violencia, la abre.
En la habitación no hay nadie, pero está segura de que el ruido provenía de ahí. Debe estar escondido. Mira debajo de la cama, detrás de las cajas apiladas y en el baño contiguo. Nada. Solo hay un sitio en el que no ha mirado: el armario. Se dirige a él.
—No. No abras el armario.
El tono del niño es de auténtico terror. Y de repente Marta duda de por qué Daniel está aterrado. ¿Es porque tiene miedo de que alguien pueda estar escondido? ¿O porque está seguro de lo que va a encontrar dentro del armario? ¿Qué sabe este niño?
—¿Por qué?
—No lo abras —insiste.
No le hace caso. Se acerca al armario. Levanta el destornillador por encima de la cabeza, dispuesta a apuñalar a quien esté dentro.
Ella no va a ser una víctima fácil. Y es entonces, cuando inicia el movimiento para abrir la puerta, cuando todo sucede.
La casa entera tiembla. Todo se mueve a su alrededor: la cama, las cajas, la ropa…
El espejo del dormitorio revienta en mil pedazos.
La bombilla del techo se balancea salvajemente.
Intenta gritar, pero no puede. Su boca desencajada es una mueca del horror que limita con la cordura de un ser humano.
Y frente a ella, sin dejar de estudiarla, Daniel mantiene una expresión distante, como algo parecido a la confusión, como si fuera un testigo lejano de todo lo que está sucediendo.
Por fin, algo parecido a un sonido humano sale de su garganta, y Marta puede gritar.
—¡Dios mío, ayúdame!
Se arrodilla y empieza a rezar el Credo.
—Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del Cielo y de la Tierra. Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen…
—Dios no te puede ayudar aquí.
Marta deja de rezar y levanta la cabeza hacia Daniel. El niño está callado, observándola. La voz que ha escuchado era grave, horrible, sobrenatural… No puede ser la de ese niño. Pero si no es de él, ¿de quién…?
En ese momento hay un apagón y todo se queda a oscuras. Marta grita mientras algo parece dar vueltas a su alrededor, riéndose, como si Daniel le estuviera gastando una broma.
—¡DANIEL! ¡DANIEL! ¿Eres tú? ¡Daniel, deja de dar vueltas! ¡DANIEL!
Marta levanta el destornillador, defendiéndose de ese algo o alguien que la está acosando en el inmenso vacío de la oscuridad. Y de nuevo, esa voz que no parece provenir de ningún lugar concreto; esa voz cuyo origen es imposible que sea humano.
—¡Zorra! ¡Ramera!
—¿Quién eres? —pregunta con violencia mientras sigue dando cuchilladas en la oscuridad.
Las risas infantiles vuelven a sonar con más fuerza, la rodean, se burlan, impiden que pueda escapar.
—¡Dejadme en paz! ¡Dejadme en paz! ¡Dejadme en paz!
Cuando cree que ya no va a poder aguantar más antes de volverse loca, se hace la luz. Y el silencio. En la habitación solo encuentra a un asustadísimo Daniel en un rincón, protegiéndose el cuerpo y la cabeza con las manos, hecho un ovillo, entre lágrimas.
—¡Eres tú! —le acusa Marta señalándole con el destornillador.
—Yo no he hecho nada. Te juro que no he hecho nada —gime, llorando desesperado, indefenso.
Marta se acerca a él y lo levanta a la fuerza.
—¿Qué está pasando? ¿Qué está pasando aquí?
El niño tiene una herida en la mano, sangra un poco. Se lo ha hecho con los restos del espejo desperdigados por el suelo. Daniel señala el destornillador que todavía empuña Marta.
—Me ibas a matar.
Marta parece fijarse por fin en la mano que sostiene el destornillador, como si no le perteneciera. Gotas de sangre golpean el suelo. Son de Daniel. Deja caer el destornillador.
—Ven, te curaré esto. Tengo algo de agua oxigenada en el salón.
Obliga a Daniel a salir del dormitorio, camino al salón. Por culpa de la herida del niño, parece haber olvidado una cosa:
El armario.