El niño tras la puerta LA PELEA
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LA PELEA

OCHO HORAS ANTES DE LA LLEGADA DEL NIÑO

Carlos ha ido al baño. Se echa agua en la cabeza para despejarse. Está enfadado. Marta se asoma con timidez, sin saber si es mejor que la vea o quedarse escondida en un rincón, ocultándose hasta que todo pase. De nuevo, la culpa, la vergüenza, la inseguridad…

—No te vayas. No me dejes sola.

Carlos se dispone a secarse, pero no hay ninguna toalla. Lo hace con la manga de su camisa.

—No te voy a dejar sola.

—¿Pero te vas a ir? —pregunta sin importarle lo asustada y frágil que parece.

Carlos resopla, con miedo a decirle que sí, pero con la decisión tomada. Marta se acerca; se ha quitado ya el cilicio y se lo enseña, forzando una sonrisa traviesa.

—Era una broma, una puta broma.

—Pues no me hace ni puta gracia.

—Porque no tienes humor.

Ella se esfuerza en parecer divertida, pero él sigue serio.

—Ya no sé cuándo bromeas o cuándo …

Se calla de golpe, sabe que ha estado a punto de decir algo muy inconveniente , algo que es tabú.

—¿O cuándo qué…? Dilo, no tengas miedo.

Carlos sale del baño, incómodo, enfadado con Marta, pero más consigo mismo.

Acelera por el pasillo. Marta corre para adelantarle y le bloquea el paso.

Carlos se detiene y pone los brazos en jarras, en un gesto casi cómico si se pudiera ver a sí mismo desde fuera.

Pero no puede, y su rabia se transforma en algo menos visceral pero más profundo.

Tras un momento de no saber qué decir, vuelve a ser el Carlos razonable, conciliador, pero también algo condescendiente.

—No es culpa tuya. La culpa es mía.

—Nadie tiene la culpa de nada.

—Sí, yo. No he sido justo contigo. Me he dejado llevar por… Nunca debí dejar que sucediera.

Cuánto odia Marta esa faceta de Carlos, esa pausa en el hablar, esa atalaya de prudencia y distanciamiento en la que se sube para juzgar al mundo y, sobre todo, a ella. No puede remediar gritarle.

—¡Deja de hablar así! ¡No te soporto cuando me hablas así!

Dolido, Carlos sortea a Marta y entra en el salón, a la caza de su chaqueta que no encuentra. El desorden le saca de quicio, y se aturulla, perdido.

—¿Y mi chaqueta?

Marta la encuentra y la coge. Se la ofrece.

—Aquí.

Él va a cogerla, pero Marta la esconde detrás de su espalda. Le reta, en plan: « Quieres tu chaqueta… Ven a cogerla ». Momento tenso; los dos se aguantan la mirada.

—Dámela.

—No te vayas. Dame una oportunidad.

Sumisa, derrotada, está más vulnerable y atractiva que nunca. A Carlos le cuesta mantenerse firme; recula algo, se lo piensa. Ella se abre entera a él.

—Me he pasado, no debí hacer bromas sobre esto.

Muestra el cilicio con vergüenza y remata con un enternecedor:

—Lo siento.

Él baja el brazo que seguía levantado todo este tiempo como forma de exigir su chaqueta. Está escuchando. Ella lo aprovecha.

—¿Pero precisamente esto no te demuestra que tengo todo superado?

Ella le pone la mano en su hombro. Él la observa sin saber qué pensar ya. Ella siempre le desconcierta. Y lo hace una vez más recurriendo al humor.

—Y oye, para que veas que soy una chica buena y que no tengo ningún problema con mi sexualidad ni con nada voy a dejar… —Hace una pausa dramática— que me flageles un rato la espalda. Toma.

Marta adopta una expresión grave de broma mientras le ofrece el cilicio. Es imposible no sonreír cuando se comporta así. Carlos no puede contenerse. Marta sigue con su papel.

—Tú sabes la cantidad de pervertidos a los que les gustaría estar en tu lugar. Venga, aprovecha.

—Lo dicho: eres boba.

Marta se planta a escasos centímetros de su rostro, compartiendo su aliento, recuperando la intimidad.

—Venga, di que no.

—¿Que no qué?

—Di que no me quieres.

Marta acaba por romper la distancia en un nuevo intento por besarle, pero el cilicio que sujeta en la mano le causa un pequeño rasguño a Carlos en el cuello.

—¡Ay!