El niño tras la puerta EL OTRO NIÑO
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EL OTRO NIÑO

Marta recoge la manta que había dejado en el suelo, sobre los montones de ropa desperdigados que se asemejan a retorcidos hongos que brotan de la tarima, y se sienta en el sofá.

Desolada, empieza a desvestirse, sin fuerzas.

Se quita la blusa y la falda, quedándose en ropa interior.

Ya no tiene el cilicio, pero la marca sigue ahí, como una firma vergonzosa e hiriente en su muslo.

La acaricia. Cierra los ojos, parece sentir paz por primera vez en horas mientras recorre con el índice las grietas que las púas de metal han horadado en su piel. Tan cansada, tan cansada…

Duerme.

Se despierta, sobresaltada, empapada en sudor. Daniel, de pie, frente a ella. La observa en silencio. No sabe cuánto tiempo ha estado dormida, ni cuánto tiempo lleva el niño frente a ella, sin decir nada, sin hacer nada, solo mirándola.

—¿Qué haces? —pregunta Marta sin estar segura de querer saber la respuesta.

—Tengo miedo.

—¿De qué? Me dijiste que no tenías miedo de la oscuridad.

—Tengo miedo de lo que esconde el armario.

—No hay nada en el armario.

—¡Sí hay!

—¡No hay nada en el armario!

El reguero de pis forma una pequeña circunferencia en el suelo del salón.

Las lágrimas de Daniel afloran sin poder ocultar su vergüenza.

Marta se da cuenta de que el niño está aterrado.

No sabe lo que le ha asustado, pero sabe reconocer el miedo.

Se levanta de un salto y lo abraza, apiadándose de él, consolándole con algo parecido a un instinto maternal que nunca ha tenido.

—Mi niño, tranquilízate, no pasa nada.

—Quiero volver con mamá.

Las palabras le salen entrecortadas por la congoja. Nunca ha parecido más un niño de diez años que ahora.

—Enseguida. Ya verás como vuelve enseguida. Todo está bien —miente, aparentando una seguridad que hace mucho dejó de tener.

—Me he hecho pis.

—No pasa nada.

—No puedo dormir. El niño no me deja. Me habla mal de ti.

—Deja de hablar de ese niño. Estamos tú y yo solos. No hay nadie más.

—No dejarás que nadie me haga daño, ¿verdad?

—Claro que no, mi vida.

Marta le abraza con fuerza, pero ahora el niño se suelta del abrazo, retrocede y esquiva su contacto, como si algo o alguien se lo hubiera ordenado.

—¿Qué pasa? —le pregunta.

—No quiere que me quieras. No quiere que me quieras. No quiere que me quieras. No quiere que me quieras. No quiere que me quieras…

Daniel recita la misma frase una y otra vez, como si fuera una letanía, histérico. Marta se levanta, asustada ante la salida de tono de Daniel. Se acaba de convencer de que el niño está loco.

—No quiere que me quieras. No quiere que me quieras. No quiere que…

Marta le da una bofetada que resuena en el vacío del salón sin muebles.

—¡Cállate, cállate ya!

Daniel reacciona. Calla. La bofetada, aunque no fue dada con esa intención, ha acabado con su histerismo. Marta emplea ahora un tono suave, blando, lento, como si hablara con un loco peligroso.

—Hagamos una cosa. Vamos a ir al baño. Te voy a lavar y nos vamos a tranquilizar. Luego, tú y yo salimos de aquí y buscamos a tu madre, aunque tengamos que recorrer a pie todos los hospitales. ¿Quieres?

Daniel musita un sí inaudible mientras se seca las lágrimas. Ella le ofrece su mano y Daniel la coge.

En el baño, le ayuda a quitarse los calzoncillos mojados. Daniel está avergonzado, pero Marta desdramatiza.

—¿Sabías que a tu edad yo me hacía pis en la cama?

Daniel niega con la cabeza. Marta humedece una toalla en el lavabo.

—Pues sí.

—¿Y tu madre se enfadaba?

—Bueno, un poco. Ella creía que lo hacía a propósito, por llamar la atención.

—¿Y era por eso?

—No.

Marta le limpia las piernas con la toalla, maternalmente. El niño se deja hacer.

—Ya está. No suelo tener calzoncillos a mano como comprenderás, pero te dejaré un pantalón corto de deporte y listo.

Daniel sonríe agradecido y abraza a Marta con un afecto hasta ahora oculto. La joven es consciente por primera vez de lo vulnerable que es el niño, y el remordimiento por no haber sabido verlo le atenaza el pecho.

—El niño miente. Eres buena.

—No soy buena. Soy mejor.

Daniel sonríe tímidamente. Ella aprovecha para hacer una pregunta que quizás debería haber dejado pasar.

—¿A que a pesar de lo que diga ese niño te caigo bien?

En ese momento, Daniel borra su sonrisa, y vuelve la expresión de niño serio que le caracteriza. Incómodo, no se atreve a responder. Marta decide darle tiempo. Quizás no es buena idea mencionar a ese niño invisible si Daniel tiene una enfermedad mental, quizás es mejor relativizar, bromear un poco…

—Un poco más de tiempo juntos, y me acabarás queriendo como… como una madre no, que soy muy joven… Ya sé, como a una hermana mayor —bromea para sacarle esa sonrisa perdida.

Apenas termina de decir esas palabras cuando la casa resuena con unos golpes tremendos.

Alguien está aporreando la puerta de la calle con una fuerza que promete una violencia brutal.

El propio suelo parece temblar. Asustada, se fija en Daniel, que parece ajeno, tranquilo, sin ningún tipo de reacción, ni siquiera se ha sobresaltado.

Los golpes se repiten con tal ensañamiento que parece que van a echar la puerta abajo.

—Quédate aquí.

Sale del baño y llega al salón. Coge unos vaqueros y una camiseta de entre la ropa desperdigada por el suelo en su intento fallido de encontrar el cargador. Se viste lo más deprisa que puede, sin hacer ruido.

Con mucho sigilo se acerca a la puerta. El corazón le hace daño en el pecho. Tiene la boca seca. No se atreve a mirar, pero se fuerza a hacerlo. Deja de respirar mientras se inclina sobre la mirilla.

No hay nadie.

Un ruido detrás de ella la obliga a girarse. Es el niño que no le ha hecho caso y ahora se encuentra parado en el pasillo, mirándola con recelo.

—¿Qué te pasa? —pregunta Daniel con una inocencia que no parece impostada.

En ese instante, vuelven a aporrear la puerta con tal violencia que Marta pega un salto como si hubiera sido golpeada por la fuerza de las ondas sonoras.

Acto seguido, el techo cruje. Parece que una legión estuviese dando saltos en el suelo del piso de arriba para destrozarlo y caer abajo.

Las paredes tiemblan. Marta no sabe qué hacer: mira la puerta, arriba, gira sobre sí misma…

PUM.

PUM.

PUM.

Marta se lleva las manos a la cabeza, anhelando una protección que no encuentra.

—¡Dejadme en paz! ¡DEJADME EN PAZ!

Los gritos de Marta asustan a Daniel, que empieza a rezar. En latín.

—Pater noster, qui es in caelis…

El rezo del niño se solapa con los golpes continuos y brutales.

—Sanctificetur nomen tuum; adveniat regnum tuum; fiat voluntas tua…

—Cállate. ¡Cállate! ¡CÁLLATE!

Daniel deja de rezar y se calla. Y entonces cesan los golpes de la puerta y del piso de arriba.

El silencio es tan repentino y brusco que acaso añade aún más tensión al momento.

Es una calma que hace daño. Marta se queda expectante.

Escucha. Espera nuevos golpes… Pero nada.

El ojo en la mirilla. No hay nadie. Toma aire a grandes bocanadas, como si acabara de recordar que lo necesita.

Ya no puede más. No va a quedarse encerrada esperando no sabe qué.

Sea lo que sea, se va a enfrentar a ello. Decide actuar con valentía.

—¡Se acabó!

Se adentra entre la ropa desperdigada y le ofrece el pantalón de deporte y otra camiseta.

—Vístete. Vamos a salir de aquí.

Se dirige entonces a la caja de herramientas y agarra el destornillador más grande.