EL DOLOR
OCHO HORAS ANTES DE LA LLEGADA DEL NIÑO
Carlos alarga el brazo para tomar la figura de la Virgen que tiene Marta entre sus manos. Se lo está pasando bien, se divierte.
—Anda, dámela.
Marta se la da, pero sigue con el juego, imitando la voz macarra con un tono ahora marcadamente sexual.
— Sí, cógeme, Carlos, cógeme.
Él sonríe y enseña sus preciosos dientes blancos.
—Payasa.
Mantiene esa sonrisa que la vuelve loca mientras guarda la figura en la caja de los objetos religiosos.
—Meteré esta caja en el armario de la habitación. Ya mañana decidiremos qué hacer con ella.
—Vale.
Carlos se dirige al dormitorio con la caja. Marta se queda sola y se observa en un espejo a medio cubrir por el clásico plástico de burbujitas, esperando que alguien lo coloque. Se suelta el pelo; se ve guapa y sonríe. Es su momento. Se gira y se encamina en busca de Carlos.
Antes de que ella entre, él cierra la puerta del armario. Marta le sonríe con picardía y le muestra el dormitorio abarcándolo con un movimiento de su brazo.
—¿Qué te parece?
—Bien —dice Carlos escuetamente, algo cortado de repente.
Marta se acerca a la cama, en la que solo está el colchón sin vestir, sin sábanas. Se deja caer, rebotando en él.
—Bueno, ¿por dónde seguimos ahora?
Carlos sonríe siguiéndole el juego.
—Eeehh… Yo había pensado en empezar a colocar lámparas.
—Eres tan divertido —le lanza con una ironía acompañada de unos ojos traviesos.
Se acerca a él y le acaricia la mejilla.
—Me encantas.
—Por favor, no.
Ella le da un beso dulce en la mejilla. Carlos contiene sus ganas, resistiéndose a abrazarla.
—No está bien. Sabes que no está bien.
—Calla, recuerda que la reprimida soy yo.
Ella le sigue dando besos en el cuello, en la oreja, cada vez más deprisa, más húmedos. Carlos sigue resistiéndose, pero cada vez con menos fuerza.
—Marta —protesta débilmente.
—Te necesito. Te necesito tanto —musita con una voz gutural, rogando sexo.
Carlos se deja vencer por la tentación y la besa en la boca. Se abrazan con fuerza y empiezan a tocarse. Él la empuja a la cama, vencido por el deseo. Marta le empieza a desabotonar los vaqueros mientras Carlos baja su mano por debajo de la falda.
Y de repente se detiene.
Marta abre los ojos para encontrarse la expresión confundida de Carlos.
—¿Qué?
Él se levanta enfadado y le levanta la falda. No hay ningún deseo en ese movimiento. Solo quiere comprobar que en el muslo tiene puesto un cilicio. La carne, prieta por las púas afiladas, parece resistirse al desahogo de la sangre, pero es cuestión de tiempo que acabe desgarrándose.
Marta sonríe, traviesa.
—Te pone, ¿verdad?
Él se levanta hecho una furia.
—¡Mierda, soy un gilipollas!
Ella lo sigue mientras se baja la falda para ocultar la vergüenza, deseando retroceder en el tiempo, a cuando él le sonreía hace solo un momento.
—No te pongas así. Es solo una broma.
Finge un tono distendido, ligero, de broma compartida, pero no lo consigue. Se da cuenta y se lanza a abrazarle para que no se vaya. Él la desprecia, impidiéndoselo.
—¡Déjame! No tiene ni puta gracia.
—Es una tontería. Creía que nos haríamos unas risas.
Carlos no ríe. Sale de la habitación, deprisa. Quiere escapar de todo esto.
—Venga, no te vayas.
—¡Soy gilipollas! —repite el insulto contra sí mismo, necesitado de una excusa por no haberlo visto antes, por no haberlo previsto.
Ahora es consciente del enfado de Carlos. Esta vez es serio. Esta vez no va a ser fácil. La tormenta se avecina. Deja de sonreír. Se pone tensa. Se ha quedado sin voz y apenas puede musitar unas palabras, más para sí misma que para Carlos, que ni la escucha.
—No te vayas.