El niño tras la puerta LA HORA DE DORMIR
36%

LA HORA DE DORMIR

Ya ha vaciado todas las cajas. Libros, ropa, trastos y diversos objetos están desparramados en el suelo, lo que acentúa todavía más el caos en la casa. Marta no para de dar vueltas: no ha encontrado el cargador.

—Mierda, mierda, mierda.

El niño, que ha estado callado y quieto en todo momento, acariciando al gato, señala la única caja que no ha vaciado. La caja de los objetos religiosos.

—Te falta esa caja.

La mirada lenta de Marta se posa sobre Daniel. Intenta descifrar en su rostro si ya sabe lo que esa caja contiene, si de alguna forma él sabe lo que ella sabe. Pero eso es imposible. O debería serlo.

—Ahí no está.

—¿Cómo lo sabes? No has mirado.

La lógica del niño es irrebatible.

—Ahí no está.

—Pero no has mirado.

—¡Que no está! ¿Entendido?

Si no lo ha entendido, Daniel finge que sí y asiente enseguida. Marta decide que es momento de descansar y de estar sola. Necesita tener un momento para pensar con serenidad y saber qué hacer.

—Será mejor dormir. Mañana veremos las cosas de otra manera. Ven.

Le hace un gesto con la mano para que le siga. El niño deja a Félix en el suelo y la sigue obedientemente. Recorren el pasillo hasta el dormitorio y Marta abre la puerta. Señala la habitación con el dedo para que entre.

El niño entra seguido de Marta.

—Dormirás aquí. Yo estaré en el sofá, por si necesitas algo.

—No tengo pijama.

—Te dejaré una camiseta.

Marta se dispone a abrir el armario para coger una camiseta, pero se arrepiente: se ha acordado de algo.

—Qué tonta soy. No he colocado todavía la ropa en el armario. Iré al salón a coger una.

Sale de la habitación dejando solo a Daniel, frente a la puerta del armario, rumiando algo. Y es entonces cuando se pone a hablar solo, dialogando consigo mismo.

—No lo hagas —se dice a sí mismo—. No lo haré.

Ajena a las palabras de Daniel, la joven cruza el pasillo hacia el salón.

El espacio se ha convertido en un campo de batalla.

Rebusca entre un montón de ropa que ha esparcido por el suelo y coge una camiseta.

Félix la observa con recelo. Marta se acerca a la puerta de la calle y, con miedo, se asoma a la mirilla.

Todo está oscuro. No hay nadie. No se oye nada.

Levanta su cabeza hacia el techo. En el piso de arriba tampoco se escucha nada.

Está muy tensa, muy cansada y una mudanza es uno de los momentos más estresantes en la vida de cualquiera.

Y luego está la discusión con Carlos… Quizás el cerebro está jugando con ella. El niño friki tampoco ayuda.

Comprueba la cadena una vez más. De camino al dormitorio se da ánimos y llena el silencio con su propia voz.

—Tú tranquila. Tengo a Félix que me protege, ¿verdad?

Coge a Félix entre sus brazos y le hace carantoñas, como antes se las hizo el propio Daniel. Marta adopta un tono infantil de broma, como de niña que siente celos del hermano pequeño que acaba de nacer y la ha destronado.

—¿Verdad que me quieres más a mí que a él, eh? ¿Verdad? Mira que yo no soporto cuernos.

Pero el gato parece estar a disgusto, se revuelve, quiere estar en el suelo. Lo deja con un suspiro de cansancio y se dirige a la habitación con la camiseta. Comienza a hablar antes de llegar a la puerta.

—Toma, esto te valdrá mientras…

Al entrar en el cuarto se queda petrificada. Arrodillado, con las manos entrelazadas sobre la cama, Daniel reza.

—Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres…

—¿Qué haces?

—Rezar.

La expresión angelical en el rostro del niño desconcierta a Marta, y más cuando la remata con una pregunta entonada con un cariño arrebatador:

—¿Me acompañas?

Es como ver a otro niño, como si se hubiera transfigurado. Marta se ha quedado sin fuerzas para responder.

—¿Me acompañas? —repite.

La joven le tira la camiseta y sale de la habitación mientras cierra tras de sí. Se queda tras la puerta. Se muerde el puño, nerviosa. ¿Qué niño reza hoy en día el Ave María antes de acostarse? ¿De dónde ha salido? ¿Es posible que él sepa que ella…?

A través de la puerta sigue escuchando rezar a Daniel.

—Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres…

Marta se toca el muslo de su pierna derecha. Le sigue doliendo.