El niño tras la puerta EL ESCONDITE
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EL ESCONDITE

Marta vigila a través de la ventana, anhelando las luces de algún coche. Nada. Nadie. El niño sigue pegado a la tele. Parece mentira que algo tan pequeño sea una presencia que domine todo el espacio. La sensación de estar en una jaula dentro de su propia casa cada vez se acentúa más.

—¿Seguro que tu tía está de camino? Se está haciendo tarde.

El niño no responde. El silencio fuerza a la joven a girar la cabeza.

Descubre que los dibujos se han terminado.

Daniel hace zapping compulsivamente, sin pestañear, sin buscar nada en concreto, solo el placer de mover los canales a una velocidad de vértigo consiguiendo un argumento visual que solo él entiende.

Marta abandona la ventana y le arrebata el mando. Apaga la tele con decisión. Quiere recuperar el control y dejar claro quién manda.

—¿Por qué no jugamos a algo hasta que llegue tu tía?

Daniel asiente sin mucho entusiasmo. Marta tampoco lo tiene, pero cualquier cosa será mejor que esta espera desesperante.

—Venga, ¿a qué quieres jugar?

—Al escondite.

—Al escondite. Está bien, la ligo yo. Cuento hasta diez.

El niño sigue quieto.

—Venga, escóndete. —Se tapa los ojos—. Uno, dos, tres, cuatro…

El niño se levanta y sale del salón. Marta cuenta despacio, dándole tiempo y dándose tiempo. Siente alivio al ver que el niño se aleja unos metros de ella.

—Cinco, seis, siete, ocho, nueve, y diez. Vale, voy a por tiiiiiii.

Marta abre los ojos. Sin muchas ganas, avanza con la esperanza de no encontrarlo demasiado rápido. Disfruta unos instantes de la sensación de estar sola. Se mueve entre las cajas, detrás del sofá. No hay nadie.

Sigue por el pasillo.

—Voy a por tiiiiiiii.

Aparenta estar interesada en el juego, como si se lo pasara pipa jugando al escondite con un niño al que acaba de conocer. Llega a la altura de la cocina y entra. No hay nadie. Unas gotas de su sangre destacan sobre la encimera. Abre el grifo y las limpia con la mano.

Una sombra cruza el pasillo en dirección al dormitorio, pero Marta no la ve porque se encuentra de espaldas a la puerta. Escucha entonces un ruido fuera de la cocina. Sonríe.

—Creo que ya sé dónde te escoooooondes. Cuidado que voooooy.

Sale de la cocina y se interna por el pasillo hasta su habitación. Entra.

—¡Te pillé!

Pero no parece haber nadie en la habitación. Se adentra un poco más, extrañada. Sabe que el ruido provenía de ahí. Lo ha escuchado. Mira detrás de las cajas apiladas. Nada. Mira debajo de la cama. Tampoco. Empieza a preocuparse.

—¿Daniel?

Entra en el baño de su cuarto, más acelerada. Se asoma a la bañera aún sin cortina.

Nada.

—¿Daniel? ¿Daniel?

Nada.

Vuelve a entrar en el dormitorio. De repente, esa soledad tan anhelada le agobia. ¿Dónde coño se ha metido el niño de mierda?

—Está bien. Has ganado. ¿Dónde estás?

Nadie responde.

—No quiero jugar más. ¿Dónde estás?

Silencio. Marta se da cuenta de que el armario empotrado está cerrado. Se acerca a él, sin hacer ruido. Se dispone a abrirlo cuando escucha el golpe seco de la puerta de la calle al abrirse de golpe.

Asustada, sale de la habitación y corre por el pasillo. Llega al salón y descubre la puerta de la casa abierta.

—¿Daniel? Se acabó el juego. ¿Me oyes, Daniel? No quiero seguir jugando.

Marta pisa a Félix sin darse cuenta y el gato se queja con un maullido de rabia.

—Ay, perdona, tesoro.

La presión dolorosa en su cabeza es más intensa. Se enfada cada vez más. De nuevo, el niño parece ganarle la partida, ir por delante, como si controlara la situación y jugara con ella. Marta se dirige a la puerta de la calle.

Se asoma al descansillo. Oscuridad.

—¿Daniel? Daniel, me estoy enfadando.

Se adentra un poco en el descansillo y enciende la luz.

No se escucha nada. No hay ruido. No hay vecinos.

Soledad absoluta. Da unos pasos y llega al primer peldaño de la escalera que conduce al piso de arriba.

Está muy oscuro. Con cierta cautela sube un peldaño, casi decidida a subir.

Pero justo en ese momento, un movimiento a su espalda.

La puerta de su piso se va a cerrar. No tiene llaves.

Corre para detener la puerta y llega en el último momento.

Un segundo más tarde y se hubiera quedado fuera.

La abre y encuentra a Daniel esperándola, detrás de la puerta. Marta está furiosa.

—¿Por qué me has cerrado la puerta?

—No te la he cerrado. Ha sido la corriente.

—No hay corriente.

Daniel no responde. Marta cierra la puerta, todavía jadeando por el susto. Observa al niño, cuya expresión es neutra, sin ningún atisbo de culpa, pero tampoco de inocencia. Su rostro parece una máscara por dibujar.

—He ganado. ¿Jugamos otra?

—No.

Marta camina con decisión hacia la ventana. Reza por ver luces de algún coche. Nada. Solo la lluvia persistente y algún relámpago. Daniel percibe el malhumor de Marta.

—¿He hecho algo malo?

Por primera vez el tono del niño parece sincero, preocupado, afectado por haber hecho algo malo que no sabe qué es.

—No deberías haber abierto la puerta de la calle.

—Yo no la he abierto.

—Sí, sí la has abierto. No me mientas.

—No la he abierto.

—Yo no he sido quien la ha abierto, así que solo puedes haber sido tú.

—Yo… o el otro niño.

Marta se acerca a él, impaciente, con el cabreo en aumento. ¿Qué nuevo juego es ese? Sube el tono de su voz.

—No hay más niños en esta casa.

El tono alto de Marta asusta a Daniel, que no replica, los ojos muy abiertos, como un cervatillo que se queda paralizado ante los faros de un coche. Ella se da cuenta y baja las revoluciones.

—Perdona, las tormentas me ponen nerviosa.

Daniel sigue callado.

—Vamos a hacer una cosa. ¿Te sabes el móvil de tu madre?

—355 831 858 —suelta de corrido.

—Qué listo. Pues vamos a ver si algún vecino nos presta su teléfono para llamar a tu madre. ¿Quieres?

Daniel no hace ningún gesto de asentimiento, pero a Marta le da igual. Con energía renovada, coge las llaves que descansan sobre el radiador más cercano a la puerta. El niño se acerca para recordarle algo.

—No hay ningún otro vecino. Tú misma lo dijiste antes.

—Bueno, vamos a comprobarlo.

—Mi madre me dijo que esperase aquí. Que mi tía vendría pronto.

El niño insiste, elevando lo dicho por su madre a dogma de fe. A Marta le resulta cada vez más difícil controlar su impaciencia.

—Ya, pero tu tía no viene. Así que vamos a ver si algún vecino nos presta su teléfono para llamar a tu madre.

—Pero mi madre me dijo…

—¡Tu madre no está aquí!

Chilla mientras se vuelve a él, como si usara las ondas de su voz para golpearle el rostro. Parece que hace efecto, porque Daniel recula unos pasos. Lo ha sentido. Marta baja la voz, pero el tono sigue siendo duro.

—Venga, te presto mi chaqueta que en el descansillo hace frío.

Marta se deshace de su chaqueta de chándal y se la pone a Daniel, que la acepta con sumisión, sin oponer ninguna resistencia.

La joven abre la puerta y sale al vestíbulo. Le sigue el niño como un perrillo faldero; parece algo tocado por el tono brusco de Marta. Les recibe la oscuridad del descansillo sin ventanas. Enciende la luz. Coge al niño de la mano para empezar a subir, pero la retira nada más tocarla.

—Tienes la mano helada.

—Lo siento.

Decide que no le va a coger de la mano.

—Vale… Tú sígueme. Y no tengas miedo si se apaga la luz.

—No tengo miedo a la oscuridad. ¿Tú sí?

— Tampoco —miente.

Suben el primer tramo de la escalera y llegan hasta el piso de arriba.

Marta pulsa el timbre de una puerta. Nadie abre.

Prueba con otro. Tampoco. Se vuelve a apagar la luz del descansillo.

Marta va a encender la luz, pero la oscuridad es tan inmensa y profunda que no encuentra el interruptor. Tantea la pared, cada vez más nerviosa.

—Daniel, ¿puedes encender la luz? ¿Daniel? ¡DANIEL!

Se hace la luz. El niño ha pulsado el interruptor.

—No lo encontraba —dice, excusándose.

—Bueno, aquí en este piso no hay nadie. Quizás si seguimos subiendo.

De repente un golpetazo terrible se escucha dentro de uno de los pisos, como si alguien hubiese lanzado un cuerpo muerto sobre la puerta.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta Marta, asustada.

—Yo no he oído nada —responde Daniel.

—¿Cómo que no has oído nada?

A Marta le falta oxígeno, su organismo le pide que respire más deprisa. El niño, a su lado, la observa con curiosidad.

En ese momento, tras esa misma puerta, se escucha a alguien que está arañando la madera, como si intentara desgarrarla para llegar a ella, como si pretendiera herirla con sus uñas. Es el piso justo encima del suyo. Retrocede unos pasos, asustada.

—¿Qué te pasa? —pregunta Daniel, que parece desconcertado.

Se gira hacia él. Daniel está sonriendo, como divertido por el miedo que está pasando, como si todo fuera un juego que la propia Marta ha organizado.

Detrás de la puerta, la joven escucha más arañazos, como si infinitas manos estuvieran lastimando la madera, desgarrándola solo con las uñas, y se siguieran sumando más. Se apaga la luz. Marta coge la mano del niño y baja las escaleras a toda prisa, arrastrándolo tras ella.

—Pero ¿qué pasa? —pregunta, asustado, sin entender la reacción de la joven.

Marta llega hasta su descansillo: la puerta se ha cerrado.

Ella está segura de que la había dejado abierta.

Coge el llavero de su bolsillo, pero el descansillo sigue a oscuras.

Aprieta el interruptor y vuelve a coger el llavero, buscando la dichosa llave de entre todas las que tiene.

Gira su cabeza hacia el tramo de la escalera que conduce al piso de arriba.

Se le olvida respirar. Escucha ruidos, puertas que se abren, pasos en el tramo de la escalera, alguien o algo que baja a velocidad de vértigo, jadeos…

Al fin abre la puerta, empuja a Daniel y entra en casa. Cierra la puerta de un portazo y echa la cadena. Se da cuenta de que está temblando. No quiere hacerlo, pero se obliga a asomarse a la mirilla. En el descansillo no hay nadie. Solo vacío y silencio regado por la luz amarilla del fluorescente.

De repente, una sombra. Una mancha negra que parece acercarse hasta la puerta de Marta y… se apaga la luz. No puede ver nada. Asustada, se retira de la puerta. Daniel la observa. Ya no sonríe, su rostro denota extrañeza, confusión y algo de miedo.

—¿Por qué me has dicho que no has oído nada? —Marta ya no oculta que está alterada.

—Porque no he oído nada.

—No me mientas. ¿Por qué me mientes?

—No te miento.

Marta es un relámpago cuando se lanza a por Daniel y le coge con violencia de los hombros.

—¿Dónde vives con tu madre? ¿En qué piso vives?

—Me estás asustando.

Está a punto de gimotear, pero a ella le da igual. Le sigue zarandeando con fuerza y repite la pregunta:

—¿En qué piso vives?

—¡En el piso de arriba! —acaba confesando el niño con lágrimas en los ojos.

Marta deja de zarandearlo. Se aparta de él, como si quemara.

—¿Quién hay en el piso de arriba? ¿Quién hay en tu casa?

—No hay nadie.

Marta da vueltas, sin saber qué hacer mientras dos lagrimones recorren las mejillas del niño.

—Dijo que pasaría esto.

—¿Quién? ¿Quién dijo que pasaría esto?

—El niño. Dijo que te asustarías.

Marta se acerca a él. Se arrodilla para estar a la altura de sus ojos. Emplea un tono más amable, casi maternal. Necesita saber la verdad.

—¿De qué niño estás hablando, Daniel?

—Del que vive aquí, contigo.

—Vivo sola. No hay ningún niño.

—Vale.

—¿Vale? ¿Vale qué? No me des la razón como a los locos, Daniel. ¿Por qué me quieres asustar?

—Eres tú la que me está asustando.

Marta se levanta y se dirige a la ventana. Se da cuenta de que está perdiendo los nervios. Necesita respirar, pensar, acertar con la decisión correcta. Se vuelve hacia Daniel y ve el miedo dibujado en sus ojos. No parece que esté fingiendo.

—Está bien. Ya hablaremos luego. Ahora tengo que encontrar el cargador.

Empieza a abrir cajas, vacía su contenido sobre el suelo, sin preocuparse por el caos que genera. Solo tiene en mente encontrar el dichoso cargador. El niño se acerca a ella con timidez.

—¿Te ayudo?

—¡No!

El grito le ha salido de lo más adentro, de donde su angustia y su miedo han hecho bola. Daniel retrocede.

—Perdona. Ya lo hago yo —se disculpa Marta.

Daniel se queda quieto, sin saber qué hacer. Luego ve a Félix en el sillón y se acerca a él. Lo coge y acaricia, necesitado de afecto.