LA CAJA
OCHO HORAS ANTES DE LA LLEGADA DEL NIÑO
Carlos acaba de soltar la bomba y observa a Marta a la espera de ver saltar los destrozos que va a provocar la explosión. De momento, ella mantiene la serenidad. La bomba todavía no ha llegado o ha conseguido que explote lejos del objetivo.
—No hablas en serio. No me asustes más de lo que ya estoy.
De nuevo aparece la Marta niña, la insegura, la necesitada de afecto, esa Marta que tanto odia, pero que no puede evitar. Carlos, en cambio, parece tan seguro de sí mismo y tan maduro que resulta condescendiente.
—No quiero asustarte, solo quiero que reflexionemos: a lo mejor todavía no es el momento de… —Abarca con sus brazos toda la casa— todo esto.
La joven adopta también un tono de alguien que controla la situación, aunque lo que quiere es gritarle y pedirle que deje de decir tonterías. Marta señala el sofá a Carlos, con gesto suplicante.
—Siéntate, anda, y hablemos, como a ti te gusta. Reflexionemos y todo eso.
No puede evitar que la entonación de esta última frase casi parezca una burla de la forma mesurada y fría de hablar de Carlos.
—Marta —protesta débilmente.
Él no quiere seguir hablando. Él no quiere prolongar una agonía de una batalla que ya sabe ganada. Pero ella insiste, con la súplica de los que saben que no van a ser perdonados frente al pelotón de fusilamiento.
— Venga, siéntate. Hazlo por mí.
Acentuando la desgana para que no quede ningún lugar a dudas, Carlos se sienta. Marta lo hace a su vez, pero deja cierta distancia, con miedo a sentarse demasiado cerca.
—Sabes lo importante que es para mí este día. Llevo esperándolo mucho tiempo.
—Lo sé.
Carlos es tan escueto que a Marta le duele más que si la hubiera golpeado en los dientes con una vara de pino. Sigue.
—Lo duros que han sido todos estos últimos años.
Carlos sigue callado, pensativo. ¿Quién sabe? A lo mejor no todo está perdido. Marta lanza un órdago.
—Si te echas atrás ahora, me hundes.
Carlos no se atreve a decir nada, recula. Marta lo nota. Sí, ha conseguido abrir un resquicio. Ahora solo necesita hacerlo más grande. Carlos señala la caja.
—¿Y por qué?
—Porque es lo único que me queda de ella.
—Me lo deberías haber dicho.
—Tenía miedo de… de… decepcionarte de nuevo.
—Si pensara eso no estaríamos aquí, ¿no crees? Yo también me arriesgo.
Resuelta, se dirige hacia la caja. Los ojos de Carlos se abren hasta el infinito, con recelo. La joven regresa con ella y se arrodilla frente a él. Empieza a sacar uno a uno los objetos que atesora: un rosario, una cruz…
—Mira, ¿ves? Ya no me hacen daño.
Marta agarra una figura de la Virgen. La contempla con seriedad y luego se vuelve hacia Carlos.
Este, muy serio, observa todo con cierta precaución, como quien espera el golpe final de un truco de magia sin estar seguro de que va a aparecer el reloj que el mago le ha birlado.
De improviso, Marta se pone a hablar con la figura de la Virgen.
—Venga, dile a Carlitos que quite ese ceño. Que confíe un poco en mí.
Marta, como si la figura de la Virgen fuera un muñeco de ventriloquia, simula que la figura religiosa se pone a hablar con él adoptando una voz de choni macarra.
— Quita ese careto, tronco. Y confía un poco en Marta, joder.
La irreverencia hace sonreír a Carlos. Enseña esos dientes blancos en esa sonrisa que tanto gusta a Marta. Los ojos de ella se iluminan.
—Al final va a resultar que estás loca —sentencia, divertido, con cariño.
—Ya… por ti.
La cursilería la ha dicho con tanta seriedad que resulta arrebatadora. Carlos flaquea. La joven sabe que el resquicio es ya una grieta por donde ella puede entrar. Le acaricia el muslo y sube por él a cotas más altas. Carlos finge reprenderla suavemente.
—Marta.
Ella se levanta como un resorte, de buen humor. Mejor no forzar las cosas ahora que el peligro ha pasado.
—Ya, ya, ya, ya… Volvamos a colocar muebles y comportémonos como gente adulta.
La joven se pone a hablar con la figura de la Virgen que todavía tiene en la mano.
—¿Nos ayudas? —Acto seguido, se responde a sí misma poniendo de nuevo la voz de macarra. — Yo paso, tronca .