LA FOTOGRAFÍA
Regresa de la cocina con un vaso de agua.
Marta bebe a sorbos pequeños mientras hace compañía a Daniel como si fuera su deber de adulto.
Los dibujos animados le resultan absurdos, desconcertantes y aburridos, y la conducen a recordar todo lo que tiene por hacer.
Pero la presencia del niño la bloquea, le cuesta empezar a desembalar cajas teniéndole dentro de casa, como si temiera que viera el contenido de sus cajas, como si sintiera su intimidad violada por un crío repelente de diez años.
Se culpa por pensar así. A fin de cuentas, Daniel tampoco ha pedido estar en casa junto a ella.
Seguro que desearía estar en su propia habitación leyendo tebeos si los niños de ahora siguen leyendo tebeos.
O dándole a la consola. O jugando con su padre…
Se fustiga a sí misma por ser tan egoísta.
El niño, ajeno a la angustia de Marta, sigue en silencio, viendo los dibujos animados o haciendo ver que presta atención a los dibujos animados.
Marta se percata de la antigua cámara de fotos Polaroid en el salón y la coge. Para entretenerse decide hacer una foto al niño.
—¿Daniel?
El niño se gira hacia ella con un gesto instintivo. Marta aprieta el disparador.
—Ya está. A ver qué guapo has salido.
Marta agita la foto para positivarla.
—¿Te gusta vivir sola?
Las preguntas del niño son como bofetadas.
¿A qué viene esto ahora? ¿Por qué este crío no deja de hacer las preguntas más incómodas para ella?
¿Cómo un niño de tan solo diez años puede incomodarla tanto?
Se piensa unos segundos si responder o no, pero no hacerlo sería una especie de claudicación.
Ella es la adulta, tiene que dominar la situación.
—¿No has oído eso de mejor sola que mal acompañada?
Se fuerza a sonreír mientras suelta el topicazo, arrepentida de su tonta respuesta nada más pronunciarla.
Daniel no parece querer soltar la presa.
—Ya, ¿pero te gusta?
Marta se envara ante la insistencia del niño. Adopta un tono más serio, más grave, mostrando tanto en su expresión como en el tono de su voz que se está cansando, que no quiere mantener una conversación en la que parece que la niña es ella.
— No siempre puedes elegir lo que te gusta.
Esta vez ni siquiera se esfuerza por disimular una sonrisa. Y acaba rematando con otro tópico para ir a por el jaque mate.
— Pero ya lo descubrirás cuando seas mayor.
Daniel calla y sopesa si es conveniente repreguntar.
Hay un desafío en la mirada de ambos, como dos pistoleros que esperan el movimiento de su oponente.
Marta decide no desenfundar. Señala la foto que acaba de revelarse.
Ahora no le hace falta forzar una sonrisa.
Bromea con la imagen de ese niño grave y tenso que aparece en la imagen.
—Mira, mira qué seriote has salido.
Daniel escudriña la foto, la estudia, como si lo que viera fuera un marciano del espacio exterior. Marta casi sabe lo que va a decir antes de que el niño gire la cabeza buscando los ojos de ella.
—Este no soy yo.
Ella teme haber caído de nuevo en una trampa. Sabe que no debería hacerlo, que tendría que cortar ahora, pero es como la presa que camina hacia el cebo aun sabiendo que no debería morderlo. Marta observa a Daniel, luego la fotografía, y vuelve a Daniel.
—Sí, eres tú. La cámara es antigua, pero hace unas fotos de puta madre. —Se da cuenta de la palabrota dicha delante del niño—. Perdón, eso no se dice.
Daniel tarda en replicar. Inclina ligeramente la cabeza, atento a una voz que Marta no puede escuchar. Podría ser un juego infantil, una broma de niño que cree que puede asustar a los adultos fingiendo que escucha voces fantasmales, pero Marta sabe que él no es uno de esos niños.
Daniel habla al fin, pero no se dirige a Marta, es más como si se respondiera a sí mismo.
—Vale, vale, entiendo…
—¿Con quién hablas? —pregunta sin conseguir evitar que su tono denote la impaciencia y el malestar.
— Con nadie — miente Daniel.
—¿Estabas hablando solo?
—No he dicho nada —vuelve a mentir.
Le gustaría cogerle de los hombros y zarandearlo. Gritarle que está mintiendo, que sí que ha dicho lo que ella ha escuchado, que no va a tolerar que la tome el pelo… pero al final se conforma con zanjar la cuestión a su pesar.
— Vale.
Marta se gira para ver los dibujos, o para fingir que ve los dibujos.
De reojo no pierde de vista la figura del niño.
¿Está tomándole el pelo? ¿Acaso habla en serio?
Cualquiera de las dos opciones la abruma.
Tiene frío, le empieza a doler el estómago y echa tanto de menos a Carlos que se pondría a llorar.