EL INCIDENTE
OCHO HORAS ANTES DE LA LLEGADA DEL NIÑO
Carlos está conectando el televisor. Marta se encuentra en otra habitación. Hablan sin verse.
—Bueno, esto ya está. Ahora solo falta programarlo. ¿Dónde has puesto el mando a distancia?
—Estará en una de las cajas.
—Vale.
Resignado, suspira ante el mar de cajas de cartón que se le presentan a la vista. Sin ninguna esperanza, abre la que tiene más cercana. Solo hay ropa. Se dirige entonces a por la siguiente previendo la derrota.
—En una mudanza viene bien escribir el contenido de cada caja en la propia caja, ¿sabes? —lanza la pulla con ironía.
—Ya está el listo que todo lo sabe —se divierte Marta desde la distancia.
Carlos sonríe mientras abre otra en busca del dichoso mando. Y es entonces cuando todo cambia.
En el interior, ordenados metódicamente, sin ningún atisbo del desorden que ha encontrado en el resto de las cajas, encuentra todo tipo de objetos religiosos: una Biblia encuadernada en cuero, crucifijos de diversos tamaños y materiales, rosarios de plata, decenarios de marfil, diversas estampas de santos, figuras de la Virgen…
Los ojos de Carlos tardan en asimilar lo que ve, lo que significa, lo que desgraciadamente promete.
Marta acaba de entrar. Le observa en silencio, muy seria, como una niña pillada en falta que espera la regañina.
—Lo siento.
Carlos se sobresalta, asustado. Estaba en trance y no la había escuchado venir y acercarse a su espalda. Tarda un tiempo en reaccionar y hace un esfuerzo por calmarse. Pero no puede.
—¿Qué es esto, Marta?
—Mira…
—¡No! ¿Qué es esto? —grita mientras se levanta con ira, con una de las figuras de la Virgen en la mano.
Marta retrocede con el instinto de un animal en peligro. El grito de Carlos la ha pillado desprevenida. Está noqueada. Él avanza mientras ella retrocede hasta golpear la pared a su espalda. Solo entonces, Carlos parece atemperar algo el tono.
—¿Cuántas veces lo hemos hablado?
Ella sigue muda, no tiene valor para decir nada, le gustaría hacerse pequeñita y desaparecer.
—Me has engañado.
Las palabras de Carlos le duelen más que su ira anterior.
—No te he engañado. A ti nunca.
Marta se lanza a abrazarle, pero él se aparta, la rechaza. Hay algo roto en él.
—No. Otra vez no. Mejor me voy a dar una vuelta.
—No te vayas. La tiro, la tiro ahora mismo.
Marta adopta un tono sumiso, casi humillante, mientras recoge la caja dispuesta a tirarla vete a saber dónde.
Se acerca a la ventana, deseando agradar a Carlos, hacerle saber con este gesto melodramático que su orden de prioridades no ha cambiado, que está dispuesta a hacer los sacrificios necesarios, incluso el de su propio orgullo.
—Marta, ¿qué haces? Déjalo, déjalo.
—Haré lo que me digas, pero no te vayas, por favor… —le ruega, suplicante, perdiendo toda dignidad.
Carlos, que había cogido las llaves de su coche, las vuelve a dejar sobre una de las cajas.
—Creo que nos hemos precipitado con lo del piso.
Marta le dispara con una mirada tan intensa que trasciende cualquier palabra, alarmada, intuyendo el dolor y el sufrimiento de un futuro que se tuerce… Otra vez.