EL NIÑO
—¿Has programado la tele? —pregunta, sorprendida.
—Sí.
—Qué listo —responde un poco dolida por no haberlo podido hacer antes, superada en sus capacidades por un niño raro que le hace sentir inútil.
Daniel está sentado en el sofá, junto a Félix. Marta empuja al gato al suelo para sentarse.
—¿Qué ves?
—Dibujos.
—Qué bien —dice falsamente.
—¿Hago un zapping ?
—Bueno. A ver qué hay por ahí. Sí —responde esperanzada; confía en que la televisión calme la sensación de estar encerrada en su nueva casa.
Daniel pasa de un programa a otro con tal rapidez que parece imposible que pueda ser consciente de lo que hay en cada cadena.
Marta apenas tiene tiempo de fijar su atención; la concatenación de imágenes sin sentido a una velocidad de vértigo la hipnotiza, a merced del niño, de su nuevo poder adquirido.
De repente, el dedo de Daniel se detiene.
Hay una película en la que un hombre y una mujer mantienen relaciones sexuales.
Él la penetra con violencia mientras ella gime con demasiada vehemencia.
No es pornografía, pero no es una escena para sentirse cómoda viéndola con un niño.
No es corta tampoco. El hombre embiste una y otra vez, y la mujer grita cada vez más alto para anunciar que va a llegar al orgasmo.
Para Marta podría ser una secuencia con la que reírse junto a Carlos porque se asemeja casi a una parodia del acto sexual como en tantas otras películas… pero no está con Carlos.
Le arrebata con brusquedad el mando de la mano de Daniel y vuelve a poner los dibujos.
—Casi mejor esto. Anda, cómete el sándwich.
El niño empieza a comerse el sándwich en silencio. Pero solo durante unos segundos.
—Estaban haciendo sexo, ¿verdad? —pregunta sin apartar la vista de la tele.
Marta disimula, se hace la tonta.
—¿Quiénes?
—Los de la película.
—No sé. No estaba prestando atención.
—Dame el mando que te lo enseño.
—No, déjalo. —Tras una pausa breve—. Sí, estaban… estaban haciendo el amor.
De nuevo un silencio incómodo.
—¿Tienes novio?
Marta se gira hacia él, pillada por sorpresa, sin saber qué responder, en un intento de adivinar en la expresión neutra del niño alguna intención oculta.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no quiero.
—¿Por qué no quieres?
—Cómete el sándwich.
Se levanta. Decide ir a la cocina para huir de las preguntas indiscretas del niño. Abrumada por no saber reconducir la situación y tener que jugar a la defensiva con un crío.
—Hay una foto arrugada de un chico en el suelo.
Marta se detiene. Daniel ha cogido la foto del suelo y la ha alisado lo mejor que ha podido. Se la enseña. Ella la observa con cierta tristeza. Daniel inicia la pregunta:
—¿Por qué está arrugada…?
Marta, incómoda, saca otro tema de conversación para escapar de la trampa a la que parece conducirla.
—Y yo creía que era la primera en mudarme. ¿Cuándo habéis llegado?
Daniel parece que va a responder, pero se calla, como si alguien invisible le hubiera dicho algo.
—No te lo puedo decir.
—¿Por qué no me lo puedes decir? —pregunta con extrañeza.
—Porque me ha dicho que no hable contigo.
—¿Quién te ha dicho eso? ¿Tu madre?
—No, el niño.
—¿Qué niño?
Daniel baja la cabeza, no quiere responder.
—¿Qué niño te ha dicho que no hables conmigo? —insiste Marta entre curiosa y divertida por la mención de ese niño.
—No quiere que te encariñes conmigo.
Marta va a seguir preguntando, pero la timidez de Daniel, que vuelve a bajar la cabeza, le hace desistir. Se levanta para dirigirse a la cocina.
—No te preocupes por eso, friki —murmura entre dientes.