UNA MERIENDA CENA
Marta sube el termostato. Daniel la sigue con una mirada agobiante, sin perderla de vista, incomodándola. Ni ha tenido mucho trato con niños, ni los quiere tener.
—Así que te llamas Daniel. Qué bonito.
Se afana en armar un diálogo, huir de la molestia de esa presencia que contamina su hogar en trámites de construcción, pero el niño sigue sin abrir la boca. Irritada, algo nerviosa, empieza a arreglar el desorden como puede, y retira algunos plásticos del sofá.
—Está todo patas arriba así que… siéntate… por aquí. Me acabo de instalar hoy mismo y no he tenido tiempo ni de…
No termina la frase. Se acaba de dar cuenta, avergonzada, de que se justifica ante un niño de diez años.
—Pero a ti esto te da igual, claro. Oye, ¿has cenado o merendado o lo que hagáis los niños a esta hora?
Daniel niega con la cabeza, con su cicatriz invisible en la boca.
—Genial. Prepararé algo.
Marta se dirige hacia la cocina, encantada de tener un pretexto para alejarse, aunque sea un momento, de ese crío que ha invadido su hogar, como si a la casa le hubiese crecido un repentino tumor. Acostumbrada a su soledad, habla para sí misma.
—Niño friki.
Daniel se queda en el salón, solo. Félix, a cierta distancia, lo examina con curiosidad. El niño se acerca a él.
En la cocina, Marta abre la nevera. Apenas hay un cartón de leche y algunos paquetes envueltos en papel de aluminio. También hay pan de molde. Abre al azar un paquete. Es fiambre de pavo. Grita para que la escuche el niño en el salón.
—¿Quieres un sándwich de pavo? No tengo otra cosa. Me acabo de mudar hoy —añade entre dientes—. Como te he dicho antes.
Marta se enfada consigo misma.
—Boba.
Coge el pavo, la leche y el paquete de pan de molde y cierra la nevera. Nadie responde.
—¿Daniel?
Nada.
—¿Daniel?
Al no obtener respuesta, Marta se gira para salir de la cocina y averiguar qué ocurre. Se topa de bruces con un silencioso Daniel, que bloquea la puerta, sin apartar su mirada de ella. Tiene a Félix entre las manos y lo acaricia con ternura.
—Vaya, veo que ya os habéis conocido. —Con una sonrisa y un gesto teatral, los presenta—. Daniel, Félix, Félix, Daniel.
El niño no sonríe. Solo acaricia al gato. Marta suspira con impaciencia ante la timidez del niño. Se pone a cortar los bordes del pan de sándwich con un cuchillo. Habla para llenar el silencio incómodo.
—¿Te gustan los gatos? Félix es un Devon rex. No a todo el mundo le gustan: tienen cara de duendes.
Hace una mueca mientras pliega las orejas hacia delante en un intento forzado de adoptar la expresión del gato. Sonríe para hacer reír al niño, pero este sigue serio, acariciando al animal como si fuera su tabla de salvación.
La joven señala al gato, entre irónica y un punto ya de mala leche.
—¿No te habrá comido la lengua?
En ese momento hay un relámpago seguido de un trueno muy fuerte. Daniel se asusta y deja escapar al animal, que aterriza ágilmente en el suelo y corre hacia el salón. Marta se compadece del niño y se acerca a él. Se acuclilla y se pone a su altura, apoyando la mano en su hombro.
—No tengas miedo. Es solo una tormenta, pasará pronto.
Daniel, por fin, habla, y sus palabras resuenan tristes y hondas, en un tono que nunca debería salir del interior de un niño.
—No tengo miedo de la tormenta.
La frase impacta a Marta, que lo abraza, esforzándose por ser lo más maternal posible.
—Tranquilo. Seguro que tu padre estará bien.
Pero el niño no responde a su abrazo. Se queda con los brazos caídos, como un estafermo, como si no comprendiese el sentido de empatía que esconde el abrazo. Ella está incómoda, abrazando un trozo de carne. Se incorpora y vuelve a preparar el sándwich.
—Vete al salón. Ahora te llevo el sándwich.
—Ese sándwich no lo quiero.
—¿Por qué no lo quieres?
Marta apenas puede contener el tono de impaciencia.
—Porque tiene sangre.
Es entonces cuando ve el color rojo en la rebanada terrosa del pan de molde.
Y sigue el rastro marcado por las gotitas hasta llegar a su dedo.
Está sangrando y ni se ha dado cuenta. Se ha debido cortar con el cuchillo.
Se chupa el dedo con rabia, enfadada consigo misma por su torpeza, por tener que preparar un sándwich cuando debería estar deshaciendo cajas, por tener delante a un niño cuando debería estar Carlos.
—Te haré otro —dice con impaciencia—. Espérame en el salón.
El niño, tan silencioso como obediente, se vuelve al salón. Una vez a solas, Marta aprieta los dientes y se encara contra la pared, sintiéndose encerrada en su propia cocina.
—Mierda de niño.
El dedo le empieza a escocer. Se tapona la herida con una servilleta de papel. Hay una gota de sangre en la encimera que adopta la forma de un círculo perfecto, brillante, casi bello.