El niño tras la puerta CARLOS
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CARLOS

MEDIODÍA. OCHO HORAS ANTES DE LA LLEGADA DEL NIÑO

—Hace frío. Subiré la calefacción. Estas casas nuevas tardan mucho en calentarse.

Se dirige al termostato cuando es sorprendido por Marta, que viene de la cocina. Luce una sonrisa radiante.

—Hacía tiempo que no te veía sonreír así.

—Soy feliz.

Se acerca a él, dialogando con sus ojos, sin necesidad de decirse nada, pero entendiéndose todo. Carlos sonríe como única respuesta, pero de repente se muestra incómodo ante su excesiva cercanía y rompe con el momento.

—Bueno, vamos a terminar de desembalar todo.

—Espera.

Carlos se detiene sin entender el porqué de la orden, y Marta aprovecha para sacar una cámara Polaroid que ocultaba tras su espalda y atracarle con una foto.

—¿Todavía se venden estos cacharros?

—Se han vuelto a poner de moda… pero esta era de mi madre.

Él tuerce el gesto al oír la palabra «madre». Marta lo advierte, pero prefiere mantener la sonrisa. Una breve comunicación no verbal que no conduce a nada, excepto a la derrota. Extrae la foto y la airea para positivarla.

—Anda, no me regañes. Mira qué guapo has salido.

Se la enseña. Es la misma fotografía que la propia Marta estrujará ante la indiferencia de su gato en unas horas.

Carlos la sostiene y se busca a sí mismo en la expresión de ese joven que le devuelve la mirada en la imagen recién tomada.

Apenas un par de segundos que duran una vida.

Marta lo sabe e intenta arrebatarle la fotografía, forzar una ilusión que le gustaría compartir.

—La pondré en el recibidor. Para que todo el mundo la vea nada más entrar.

—Creo que estará mejor aquí.

Carlos la suelta en la caja con las cosas del gato con una indolencia que hace daño.

—Y ahora a currar. Nadie va a venir a hacernos la mudanza.