El niño tras la puerta LA LLEGADA
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LA LLEGADA

Marta la toma con el mando a distancia mientras se pelea para programar el televisor.

Se lía con los botones, se desespera. Se siente una estudiante de primaria a la que han sacado a la pizarra para resolver unas ecuaciones diferenciales.

Se fija en el gato que no le hace ningún caso, pero ella necesita desahogarse, no sentirse sola.

—Sí, esto también lo hacía mejor Carlos. Deja de agobiarme —le suelta con un tono de reproche fingido. Félix ni levanta la cabeza.

La soledad vuelve a caerle encima con todo su dolor.

—Voy a llamarle.

Se levanta y hurga en su bolso. Coge el móvil, pero no puede llamar. Se ha quedado sin batería. Vuelve a hablar en alto para engañar su desamparo con su propia voz.

—¿Dónde metí el cargador?

Otea como un ave de presa a su alrededor. Varias cajas de cartón cerradas la rodean, casi amenazantes. La sola idea de tener que ir abriendo una a una hasta encontrarlo le provoca un hastío infinito. La resignación gana la batalla a la urgencia.

— Da igual. —Trata de convencerse.

Félix maúlla poco antes de que alguien llame al timbre de la puerta. Marta se sobresalta. Desea que sus sentidos se hayan confundido. No espera a nadie. No desea ver a nadie.

Un segundo timbrazo le provoca un nuevo respingo.

Ahora sí que no puede negar lo que oye. Quien llama mantiene pulsado el timbre como si se hubiera quedado pegado a él.

El que está al otro lado sabe que en la casa hay alguien.

No está apretando el timbre con la esperanza de que ella abra la puerta; exige que se le franquee el paso, presiona con rabia, transmite el mensaje de que Marta no va a poder hacerse la ausente.

No, sea quien sea, va a tener que enfrentarse a ello.

Luego, de repente, el silencio. No hay nada más inquietante que la ausencia de ruido tras la furia, como el silencio de los cadáveres en un campo de batalla cuando los cañones dejan de escupir muerte.

Se acerca a la puerta atenuando el peso de sus pies dentro de unos calcetines que han dejado de calentar.

La cabeza ardiente y los pies helados. Tan sola y pequeña…

Estira el cuello hasta lo imposible para acercarse a la mirilla mientras evita tocar la puerta, como si el que estuviera al otro lado pudiera sentir el calor que ella desprende.

Antes de poder ver nada, una sucesión despiadada y a discreción de timbrazos, cortos y dañinos, la pilla por sorpresa y provoca que retroceda instintivamente.

—¡Por favor, abra! ¡Por Dios se lo pido! —La voz de una mujer que está rota por dentro pide ayuda al otro lado.

Marta se asoma por la mirilla. Deformado por el cristal curvo, aparece el rostro de una mujer de unos cuarenta años.

Está nerviosa y llora. Marta no quiere abrir, no quiere que su problema, sea cual sea, irrumpa en su recién estrenado santuario.

No ahora. Pero sabe que es un deseo imposible porque la realidad nunca pide permiso para entrar.

La joven duda, pero acaba abriendo.

En el umbral se encuentra con la mujer. No está sola. Lleva de la mano a Daniel.

—¡Ayúdame! ¡Mi marido ha tenido un accidente! ¡Me han llamado del hospital: está grave!

Marta no entiende nada. Son las ocho de la tarde y afuera la tormenta ya arrecia. Ha oscurecido de golpe.

—Por favor, quédate con mi hijo. Nos acabamos de mudar y no hay nadie más en el edificio. No tengo con quién dejarlo.

—Pero…

La madre adopta un tono cómplice, con sobrentendidos para que el niño no se entere.

—No quiero que… vea a su padre en el hospital. Creo que está…

La mujer ni quiere ni se atreve a rematar la frase.

Marta examina al niño, que en todo momento permanece serio, impasible, observándola. Parece insensible a las palabras de su madre.

—Por favor, mi hermana ya está de camino… Será un momento. Por favor, por favor, por favor…

—Claro, pasa…

La madre casi empuja al niño al interior del piso.

—Gracias, gracias, gracias…

—Espera que apunte tu número y… —Coge el móvil, pero se acuerda de que no tiene batería—. Busco un boli y…

Pero al darse la vuelta y ver el zafarrancho de cajas en el salón se queda sin fuerzas. Encontrar un bolígrafo en ese océano de cajas es derrota segura.

La madre está impaciente por irse.

—No te preocupes, será solo un momento…

Se inclina sobre el niño, con una solemnidad extraña, casi ceremonial.

—Daniel, pórtate bien, como siempre.

El niño, boca cerrada, responde con un seco movimiento de la cabeza. Antes de que Marta pueda decir algo más, la madre se abalanza escaleras abajo, sin esperar el ascensor. Marta y el niño se quedan a solas en el descansillo, con la puerta abierta, extrañamente huérfanos los dos.

Ella descubre las facciones del crío. Un niño pálido de ojos negros y labios sin color. Raya a la izquierda y camisa blanca. Zapatos de persona mayor y semblante serio. Un niño viejo.

La puerta abierta provoca una corriente de aire frío.

—Voy a subir la calefacción. Estas casas nuevas tardan mucho en calentarse.

Empuja levemente al niño al interior de su casa.

Con una obediencia tímida, Daniel se introduce en el piso.

Cuando lo ve dentro, Marta siente que algo la impele a salir corriendo, a dejar al niño tirado allí y ser ella la que huya, dejando atrás su casa desordenada, el barrio en ciernes, el futuro amargo de un nuevo principio sin Carlos. No lo hace.

Cierra la puerta.