El niño tras la puerta EL INFIERNO #2
58%

EL INFIERNO #2

El cuarto está oscuro. Escucha los arañazos del perro tras la puerta, pero sabe que no puede entrar.

Manotea en la pared hasta encontrar el interruptor de luz y lo acciona.

Lo que ve la paraliza. El trastero en realidad es una réplica exacta de su cuarto de niña.

Su misma cama, sus estampas de santos en la pared, la misma figura de la Virgen sobre el escritorio…

Hasta huele igual que su casa familiar, como si su infancia hubiera regresado para protegerla y todo lo vivido esa noche no fuera más que un mal sueño o una premonición de un futuro imposible.

Recorre el cuarto, tocando sus cosas, reconociéndolas. Se acerca a la figura de la Virgen y se arrodilla. Junta sus manos, cierra los ojos, inclina la cabeza y empieza a rezar necesitada de protección, como tantas veces lo hiciera en el pasado.

— Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús.

Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.

Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres…

En ese momento, Marta escucha otra voz muy cerca de ella que se une a su rezo. Es la voz de su madre:

—… y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores…

Sobresaltada, abre los ojos y se gira hacia la voz. Junto a ella está su madre, o la imagen que ella tiene de su madre desde hace años. La mujer reza mientras la mira con dulzura, feliz por haber recuperado a su hija perdida.

—… Ahora y en la hora de nuestra muerte. Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres… —La madre se detiene para apelar con un amor inmenso a Marta, que sigue rezando—. Reza, Marta. Reza conmigo.

La obedece. Las dos mujeres parecen rezar con una misma voz, efecto de la compenetración de años de rezos continuos e interminables.

— … y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita Tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Amén.

Terminan de rezar y se persignan con una coreografía paralela y exacta. Marta se gira hacia su madre. Durante unos segundos solo hay silencio y el olor a rosas que evocan la santidad de la que tanto le ha hablado a su hija.

—¿Mamá?

La madre toma sus manos con delicadeza, con una expresión de ternura.

—¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando?

—¿No lo sabes todavía?

Marta menea la cabeza con la misma inocencia que cuando era niña. La madre se responde a sí misma y el tono de su voz ya no es tan dulce.

—Estás en el infierno.

Marta intenta levantarse, pero las manos de su madre la retienen. Cada vez aprietan más, cada vez le hacen más daño.

—Es imposible. No puede ser.

—Estás condenada. Por siempre.

—Pero… pero yo no he hecho nada.

—¿Segura?

Marta duda. Se tira a los pies de su madre y le implora perdón.

—Perdóname, mamá. Era una niña.

La madre aprisiona las manos de Marta mientras sonríe y deja ver una boca sin dentadura.

—Mi niña.

Marta se queja del dolor y logra desasirse de las manos de su madre. Retrocede, hasta la pared, alejándose de ella. Necesita encontrar una coherencia en algo que no la tiene.

—¿Cómo estoy aquí? ¡Es imposible, no he muerto!

—Los muertos nunca se acuerdan de cuándo murieron —le replica su madre con cierto placer.

—Pero ¿cómo? ¿Cuándo?

—Carlos. Carlos te ha matado.

—No, no puede ser. Él me quiere.

—No, no te quiere.

—Sí, sí me quiere.

—Tú qué vas a saber lo que es querer.

—La culpa es del niño. Con él ha empezado todo. ¿Quién es? ¿Por qué ha venido?

—¿Pero todavía no lo sabes?

Marta no responde. Si lo sabe, no quiere decirlo. Su madre suspira con resignación.

—El heraldo te espera.

La madre señala un rincón con un gesto. Marta sigue esa indicación y descubre al perro, sentado, a la espera. Hilos de saliva se deslizan de sus fauces al suelo mientras jadea con violencia. Marta se acerca a su madre, implorando ayuda para que la proteja del enorme animal.

—No dejes que me lleve. Ayúdame.

La madre la abraza con más fuerza, maternalmente. Empieza a darle besos con una gran ternura.

—No, no dejaré que te lleve.

Marta nota que los besos de su madre se han vuelto más intensos.

—¿Mamá?

—¡Te llevaré yo misma, zorra!

La madre recorre con la lengua la oreja de Marta. Intenta apartarse, pero es más fuerte que ella. La figura de la Virgen se ha girado y sonríe con saña.

—¡MAMÁ!

Logra tirarla de un empujón, pero la madre se levanta sin ningún tipo de impulso, como si la gravedad no le afectara. Su voz ha cambiado. Es la voz que ha escuchado en la habitación, insultándola.

—¡Tu madre no está aquí, zorra!

Marta corre hacia la puerta, pero no puede abrirla. La madre se acerca paso a paso.

—Estúpida, todavía no te has dado cuenta de lo que pasa, ¿verdad?

Antes de que la madre la atrape, abre por fin la puerta sacando fuerzas de su desesperación y sale corriendo al…

… pasillo de su casa. Conmocionada, da vueltas a su alrededor. No está en el sótano. Acaba de salir del baño. Confundida, se topa con Félix caminando hacia ella.

—¡Félix!

Marta coge al gato, feliz. Lo abraza.

—¡Félix, mi amor! ¡Estás bien! ¡Mi amor!

Y de repente, la voz del niño interrumpe su felicidad.

—Tengo miedo.

Marta se gira bruscamente. Daniel está al final del pasillo.

—Sigues aquí. Estás aquí…

—Estaba jugando al escondite contigo. Y me he escondido en el armario.

—Aléjate. Aléjate de mí.

—¿Por qué has matado al gato?

Marta agacha la cabeza hacia Félix. Descubre que está muerto, empapado en el agua del retrete, con su anatomía retorcida. Lo deja caer con un grito.

—Él sabía que pasaría esto —recuerda Daniel.

En ese instante se acerca a ella, que retrocede mientras todo su cuerpo tiembla.

—Y ahora quiere hablar contigo. Me ha pedido permiso para hacerlo.

Hay un silencio de un par de segundos hasta que Daniel termina de hablar.

—Y yo le he dicho que sí.

Marta corre hasta el baño y se encierra en él. Allí, sola, se sienta en el suelo. El picaporte gira. Daniel intenta abrir desde fuera, pero el pestillo de momento cumple su función. La voz del niño se escucha a través de la puerta.

—Quiere entrar. Dice que te puede ayudar. Abre. Abre. Abre.

Marta se tapa los oídos con las manos. No quiere saber nada. Oculta su cabeza entre las piernas. Ha llegado al límite. Está rota.