El niño del naufragio CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

El sol se escondió en el horizonte sin que me diera cuenta.

Las estrellas comenzaban a brillar, pero no resplandecían con el mismo dorado con el que solíamos verlas desde que llegamos a estas aguas.

El poco viento que quedaba desapareció del todo, y una niebla helada empezó a levantarse desde la superficie marina.

No era tan espesa como pensaba que iba a ser, pero tapó la poca luz que nos daban las estrellas.

Un vapor azulado flotaba en la atmósfera.

Se extendía a lo largo de toda la cubierta en una capa llena de espectros perlados.

Nuestra tripulación se convirtió en figuras encantadas en medio de la soledad .

CAPÍTULO 19

Aproveché las horas de luz para acorralar al señor Benavent.

Necesitaba saber si le había sacado algo en claro a Aranda sobre la historia de Salinas.

Lo había intentado un par de veces, pero —como era de esperar— no consiguió nada que sirviera para quitarnos las dudas de encima.

Aranda dejaba los ojos en blanco y entraba en trance cada vez que se le mencionaba algo.

Aquella noche no pude dormir, al igual que la vez en la que los hombres pensaron que era un fantasma cuando me vieron subir a cubierta. No pasaron muchas horas hasta que sentí el mismo impulso extraño que la otra vez. Algo me llamó desde algún lugar lejano, y me pidió que saliera.

Me levanté sin hacer mucho ruido, me puse la chaqueta y me dirigí a cubierta.

Pensé que estaba dentro de un sueño —seguramente lo mismo que pensé la otra vez—, en uno en el que nada ni nadie era real, ni siquiera yo, y todo lo que pasara en ese término de tiempo desaparecería justo en el momento en el que me despertara el señor Benavent o el sol posándose sobre mi cabeza.

Lo único que podía hacer era seguir el camino que mis piernas me marcaban, esperando al momento en el que se acabara la función y un gran telón rojo lo cerrara todo.

La noche era clara y estaba envuelta de estrellas.

La brisa suave y tranquilizadora había vuelto, y la niebla ya se había ido.

Hacía frío, pero era agradable respirar aire fresco, mirar las estrellas y la luna creciente.

Brillaba con un tono plateado sobre el cielo de un azul profundo y de terciopelo.

Miré a mi alrededor. No había nada fuera de lo normal en el barco.

Los hombres que hacían guardia estaban tranquilos, y los demás dormían sobre los colchones en la cubierta.

La idea era del señor Benavent. No quería que la tripulación pasara la noche en el húmedo castillo de proa.

Siempre se preocupaba por la salud de los demás, y desde que llegamos a aguas calientes, esa obsesión se había intensificado.

Aranda estaba en la popa, cerca del timón. Se había recuperado del trance.

Giró la cabeza en cuanto lo miré. Su vista y expresión seria apuntaban hacia el mar, por el lado de estribor.

Algo del color nacarado de las conchas marinas brillaba entre las olas. Luego aparecieron más luces —cuatro, cinco, tal vez seis—. Se movían en grupo, muy cerca unas de otras.

Primero pensé que era un grupo de delfines, pero esos animales no brillaban en mitad de la oscuridad.

Luego pensé en el efecto del fuego marino que me explicó el señor Benavent.

Era un fenómeno muy habitual por estas aguas.

El agua se encendía con un montón de destellos plateados cuando se agitaba con el movimiento de las corrientes o del barco.

Las luces desaparecieron de pronto, y no volví a pensar en ellas. Me gustaba creer en la idea de que fueran marsopas curiosas.

Si hubiera sabido lo que eran —y otras cosas más—, no habría dejado a un lado la razón por la que Aranda seguía mirando esos pequeños puntos en el horizonte, justo donde habían aparecido.

Al poco tiempo iba a saber lo que eran aquellas luces que aparecieron durante solo unos segundos. Lo aclararé un poco más adelante.

Como no quiero alargarme mucho describiendo los días de después —no pasó nada extraño, y el clima se mantuvo igual de raro—, avanzaré hasta la tarde en la que ocurrió algo importante.

Esto que os voy a relatar es tan difícil de describir que no sabría cómo hacer que todos mis lectores lo acabaran comprendiendo, aun siendo buen escritor .

CAPÍTULO 20

El capitán ya estaba de mejor humor a la hora de la cena. Se le veía alegre contando sus historias pasadas sobre sus conocidos más importantes —como solía hacer siempre—. Lo hacía con ese tono chulesco que ya he descrito varias veces. El señor Benavent también se encontraba de buen humor.

Nunca antes lo había visto así. Su alegría se podía comparar con la de las personas que se han pasado con el alcohol, pero su mente seguía tan lúcida como siempre.

La sombra de preocupación que solía estar en su frente había dejado de existir, y sus ojos brillaban con la luz casi dorada del camarote.

No sé si puede considerarse una idea extraña, pero llegué a pensar que ese cambio de ánimo tan repentino en él y en el capitán se debía a la presencia de Eloy. Yo mismo sentí lo mismo. Mi ánimo había mejorado desde que lo llevamos al barco, y el señor Benavent estaba de acuerdo en eso.

Eloy se fue a su camarote después de cenar —como hacía siempre cuando el cocinero entraba a recoger los platos—.

En ese instante, el señor Benavent llenó la copa de vino y se puso la pipa entre los labios.

Contempló un momento el humo que surgía alegremente delante de él y se adormeció acurrucado en el sillón.

—Siempre que estoy cerca de él —dijo el señor Benavent, refiriéndose al pequeño hombrecillo mudo— estoy tranquilo. Es la primera vez que me siento así desde que zarpamos. Hasta ahora no he podido sentirme relajado.

—A mí me pasa lo mismo —dije.

—¿Tú también lo sientes? —preguntó él—. Qué curioso.

Entonces este hombre nos está haciendo algo, no cabe duda.

Debe de tener un poder especial —dijo riéndose— que nosotros no podemos entender.

A veces me sorprende. Me gustaría saber más sobre el estado en el que se encuentra, y cómo llegó a él; porque si Salinas no miente, y no veo por qué debería de hacerlo, cuando estaba con los piratas no era así.

¿Has visto a alguien que le haya pasado lo mismo?

Parece que sabe muchas más cosas de las que nosotros comprendemos, y al mismo tiempo no se da cuenta de lo que hace.

Come, duerme, camina… como si estuviera viviendo dentro de un sueño.

—Es como un muerto que se mueve —dije—. Pero parece estar demasiado contento como para serlo.

—Sí, tienes razón —dijo—. Aunque si lo tenemos que comparar, creo que Aranda encaja mejor con esa descripción.

Los dos comenzamos a reír. Me pregunté si en ese estado sería consciente de su otra vida, una en la que sintiera que estaba vivo.

—Si se divierte metiendo bolitas de vidrio de colores en una cuerda —dije—, debe de estar en una vida en la que todavía es un niño. Me recuerda mucho a Aranda y sus maquetas de barquitos. Son cosas de niños. También te digo que ningún niño haría esas figuras tan macabras que pone en las proas.

—Es todo tan raro… —dijo. Se quedó callado un momento, pensando—.

No sé qué relación puede tener con la desaparición.

Cuando leí lo que había escrito en su libro —girasol, columpio, verde, canela— recordé mi infancia.

Tengo la imagen de una casa grande con un enorme jardín trasero, en un pueblo cerca de Valencia.

Era donde vivía con mis padres cuando tenía cinco años.

Solo fue durante un par de meses. El jardín estaba lleno de flores y árboles frutales.

Allí pasaban los días sin darme cuenta. Era feliz.

Lo que más me gustaba del lugar, y del que sigo guardando un sitio especial en algún rincón de mi memoria, es el cenador que había cerca del muro que rodeaba el jardín.

Tenía vidrieras de color verde y canela.

Tuve la oportunidad de volver a aquella zona muchos años después.

El jardín seguía siendo grande, pero me pareció más pequeño de lo que lo recordaba.

Es lo que suele ocurrir cuando volvemos a los lugares de nuestra infancia.

Cuando somos pequeños todo nos parece más grande.

Lo miré desde un campo de trigo al otro lado del muro.

Desde el cristal verde se proyectaba una luz misteriosa en el suelo.

Ot ra cosa que esas palabras me hicieron recordar —continuó—, fueron los girasoles que había en el jardín, con sus circunferencias grandes y su aroma tan dulce como la miel.

—¿Qué podemos pensar de eso? Puede que sea solo una coincidencia —dije—. ¿Crees que Eloy estaba recordando algo de su propia infancia inconscientemente?

—Bien visto, hijo —dijo él—. Eres muy espabilado para tu edad.

Ya se me había pasado esa idea por la mente.

Me pareció demasiado obvia como para ser cierta.

Sea lo que sea, la verdad es que me ha hecho recordar cosas de cuando era pequeño.

El tema de la infancia y el poder que tiene sobre nosotros ha tenido mucha influencia en mis pensamientos.

Fue el origen de mi forma de ver el mundo a mi alrededor, desde que fui consciente por primera vez de que la había perdido, y que todo aquello que era fácil y lleno de vida había quedado dentro de un tarro en el pasado.

No sé si me entiendes del todo —dijo, sonriéndome—.

Me has demostrado que tienes mucha capacidad para comprender estas dosis de filosofía, más que cualquier chico de tu edad.

Puede que algunas cosas te cuesten ahora, pero con el tiempo acabarás dándote cuenta de estas cosas que te digo.

Espera, voy a leerte algo de mi libro… —añadió—.

¿No sabías que estaba escribiendo uno, verdad?