CAPÍTULO 20 #3
Echó una pequeña mirada al capitán. Se había dormido sentado en su silla. Luego se levantó, fue a su escritorio y agarró un fajo de papeles arrugados y lleno de tachones. Lo puso sobre la mesa, buscó entre todas las hojas y empezó a leer.
—En esa edad tan dulce, me refiero a la infancia, la luz brilla dentro del alma como si también fuera de cristal puro, reflejándose en todas las cosas que nos rodean y nos importan.
Las palabras «pensar» y «sentir» significan lo mismo.
La mente y los cinco sentidos todavía no se han separado.
Cuando llega el momento en el que lo hacen, algo triste pero con un importante propósito, el cristal comienza a volverse opaco y oscuro.
Desde ese momento —continuó—, hemos dejado lejos al paraíso, y en cierto modo, también nuestro propio mundo.
De él solo llegamos a ver la superficie exterior.
Nuestros ojos siempre estarán abiertos, pero no con ese fuego interno que brilla más que el sol.
Hemos querido conocer lo que estaba destinado a estar en el misterio, y al hacerlo, hemos perdido toda la magia que teníamos.
Dejó de leer un momento, y me preguntó si llegaba a comprender lo que había leído. Le dije que había entendido todo perfectamente, menos lo de que al conocer el misterio hemos perdido la magia.
—Imagina —comenzó— que hubo un momento en el que el espíritu de uno mismo y su mente vivían en perfecta armonía.
Todo lo que había era perfecto y simple.
Queríamos sin tener miedo, veíamos sin juzgar, y el mundo, lejos de ser algo a lo que mirar desde fuera, formaba parte de nosotros.
Todo tenía un perfecto equilibrio. El pensamiento y la emoción, el cuerpo y el alma.
Es un estado de inocencia, pero no por ignorancia, sino por su totalidad.
A todo eso le llegó un momento en el que quisimos entender lo que hasta ahora era simplemente vivir.
Por decirlo así, encendimos una lámpara para ver aquello que antes solo teníamos que sentir.
Ese fue el momento en el que se separaron del todo.
La luz con la que queríamos iluminar el misterio quemó todo lo que pretendía iluminar, y la magia se alejó de nosotros.
Desde el momento en que nos echan del paraíso, comenzamos a trabajar.
A trabajar en nosotros mismos, intentando conseguir de nuevo todo lo que habíamos quemado con la lámpara: la razón y el sentimiento.
El conocimiento que teníamos antes, que era la unión de todo, se convirtió en un esfuerzo.
A veces creemos que la hemos encontrado, en la ciencia, en el arte, en el amor…
pero lo que buscamos no está fuera de nosotros, sino dentro de lo que una vez fue, y ahora está separado.
Cuando realmente entendamos que el ver y el ser no son dos cosas distintas, y cuando miremos sin querer, puede que la lámpara vuelva a encenderse, y no para quemar, sino para iluminar desde dentro .
Agarró uno de los papeles y comenzó a jugar con una de las esquinas, haciendo dobladillos en forma de caracol.
—Hay otra historia que dice algo parecido —dijo—.
Me la contó Aranda. Es una fábula india.
La he ido perfeccionando con el paso de los días —se aclaró la voz y continuó—.
Hace muchísimo tiempo, existía una enorme isla fértil y hermosa, en algún lugar del océano, al sur de lo que hoy llamamos Sri Lanka.
Todas las personas que vivían allí eran sabias y justas.
Era una sociedad en armonía. Al principio, esas personas tenían una especie de visión dentro de ellos que les dejaba ver el mundo tal y como era.
No veían las formas externas, sino la esencia que tenían las cosas.
Estaban en contacto con una realidad llena de luz que llenaba todo de sentido.
Para ellos, mirar no significaba observar desde fuera, sino estar presentes en lo que veían.
El color, la luz, el sonido y el aroma formaban parte del alma, y esa alma era parte del mundo.
Todo estaba unido. Significaba que se amaban unos a otros.
No existía esa separación entre el cuerpo y el espíritu.
El amor era tan puro que nadie conocía el deseo ni el querer, solo la unión.
Con el tiempo, esa pureza fue cambiando hasta que su atención se fue a lo que había fuera.
Dejaron de ver las cosas con el alma, y empezaron a mirar solo con sus cincos sentidos.
Las apariencias se hicieron más importantes que las esencias de cada uno.
En lugar de vivir la vida, sin más, comenzaron a interpretarla y a imaginarla como algo que no era.
Y así, poco a poco se fueron creyendo seres materiales encerrados en un cascarón de carne, desconectados unos de otros.
Creyeron que esa unión se conseguía a través del contacto físico, de las formas que se veían, sin darse cuenta de que eso no era lo que de verdad les unía.
Se confundieron pensando que el reflejo era la realidad.
Era como si alguien pensara que un poema es solo unas pocas palabras sobre un trozo de papel, sin entender que el verdadero cuerpo que tiene es el orden y el significado de esas mismas palabras.
Si ese orden se pierde, el poema muere. Al separar el interior del exterior, también dividieron la belleza de la verdad y la bondad.
Lo que antes era una sola cosa —el amor, lo bueno y lo verdadero— se rompió en pequeños fragmentos diferentes.
De esos mismos fragmentos nació el orgullo, la ambición y la codicia.
La comunidad comenzó a desconfiar de unos a otros.
Algunas personas despertaron y se dieron cuenta de lo que habían perdido, y buscaron la forma de recuperar esa inocencia que les hacía felices.Entre todos ellos salió un anciano que les habló del error que habían cometido.
Les explicó que eso que querían y con lo que intentaban llenar su vacío era una ilusión.
Prometían felicidad, pero solo era una confusión vestida de mujer de compañía.
El verdadero conocimiento, les dijo, no se encuentra en tocar o tener, sino en percibir bien, porque el espíritu no está en el espacio ni en lo material.
Está en una dimensión donde el amor y la luz son la misma cosa.
Un grupo de personas lo escuchó, y otros le escupieron a los pies, le insultaron y desearon arrancarle la cabeza.
Entre los que se burlaron de él, apareció un hombre joven y brillante, pero que era orgulloso.
Decía que él conocía el camino fácil para llegar a lo que habían perdido, y era mediante el uso de la ciencia y la prueba.
Había estudiado los grandes secretos que escondía la naturaleza, como el fuego, el agua, el aire y la tierra, incluso las fuerzas de la luz.
Confirmaba que había descubierto unos rayos invisibles que afectaban al cuerpo y al alma, y que con ellos podía conseguir despertar sensaciones desconocidas, y dar a todas las personas una felicidad nueva, mucho mejor e intensa que la anterior.
Muchos le creyeron. La gente más rica y luego el pueblo comenzaron a probar sus inventos.
Los primeros resultados fueron maravillosos.
Sentían cosas que nunca habían sentido, y pensaron que habían conseguido saber más que los demás.
Los efectos se volvieron oscuros con el tiempo.
Las personas perdieron el control de sí mismas, y sus mentes se llenaron de visiones perturbadoras y deseos que no debían tener.
Dejaron de buscar la verdad, y se metieron en la adicción de esas falsas luces.
La poca pureza que quedaba en ellos dejó de estar presente.
Finalmente, las fuerzas que alteraron se desataron en una catástrofe, y la naturaleza respondió levantando los mares y cubriendo casi toda la isla.
Solo quedó un pequeño trozo a flote, sin nada más que tierra y ruinas.
Los pocos supervivientes que consiguieron llegar hasta allí a tiempo, encontraron enterrado uno de los antiguos artefactos que generaba luz y energía en el mar.
Lo usaron para adaptarse a su nueva vida bajo las olas.
Con el tiempo, se transformaron en seres marinos, mitad hombres, mitad criaturas del océano.
Y así es como terminó la civilización que una vez había visto el mundo desde dentro, desde la luz del alma.
Ningún Dios acabó con ellos, sino ellos mismos, por haber cambiado la verdad de su interior por la mera ilusión del exterior .
CAPÍTULO 21
—Hasta aquí —dijo el señor Benavent mientras ordenaba los papeles que estaban tirados sobre la mesa—. Le he cogido el gustillo a esto de escribir, aunque no es nada fácil. Luego te dejaré que te encargues de pasar todo a limpio, hijo. Sé que lo harás bien.
Luego se quedó callado. Sus manos sudorosas, luchando una con la otra, se trababan tensamente, como si hubiera dejado de pensar hacia fuera y estuviera en una burbuja llena de pensamientos internos.
Tenía la cara demacrada y el pelo enmarañado, y sus ojos, dilatados e inexpresivos en sus cuencas hundidas, parecían los de una calavera viviente.
El capitán seguía dormido en su silla. Exhalaba aire, o trataba de hacerlo, un aliento agrio que olía a coliflor y a cebollas podridas.
Dejó salir algún que otro ronquido con bastante fuerza, aspirando el aire de un modo casi lloriqueante.
Por encima de su traje se asomaba un progresivo rubor que se le extendió por las orejas y las mejillas.
Mi mente se había mantenido despierta durante todo el tiempo que el señor Benavent leía su libro, hasta el punto de que cada palabra se quedó guardada dentro de mi memoria.
No hizo falta que las copiara en ningún otro lado —más tarde las recibiría en mis manos, y como tenía pensado hacer, las daría a conocer al mundo—.