CAPÍTULO 17 #2
—Allí se sentaba —contó Salinas, y siguió con mala vocalización lo mejor que pudo— con una copa delante, sin decir nada, y sin mirar a nadie.
Se notaba que era hombre de mar. Tenía un fuerte olor a sal, y la cara tan blanca como la leche.
Mis compañeros y yo pensábamos que debía de ser el primer o segundo oficial de algún barco anclado en el puerto.
Desprendía un aire oscuro y húmedo, como el de la llovizna que nunca termina.
Nadie le hablaba. Algún que otro hombre que entraba le saludaba amablemente, pero él respondía con una sola mirada.
El otro se apartaba enseguida. Estoy seguro de que tenía miedo a contagiarse de algo que ni siquiera sabía qué era.
Una noche cualquiera, me senté donde siempre, junto al fuego, y pedí una jarra de cerveza.
Era mi mesa. Él me levantó el dedo desde la barra y me hizo una seña para que me acercara.
«¿Qué coño?», pensé. «¿Me está llamando a mí?
¿Me está mandando órdenes este hombre? ¡Antes muerto!
». Así que me senté, pedí ron, y mi compañero sacó la caja de las cartas.
Noté que me miraba todo el tiempo mientras jugábamos.
Cuando levanté la vista un momento, me encontré con su mirada.
Me entró un escalofrío. Sus ojos querían arrancarme del taburete.
Sin saber muy bien lo que hacía, me levanté en mitad de la partida, y me dirigí hacia donde él estaba sentado.
“Tengo algo que decirte”, me dijo. Luego me hizo una seña para que me sentara a su lado.
Le hice caso y me senté. Tengo que decir que me sentía poseído.
No era capaz de controlar mi cuerpo. Me dijo al oído que me fuera, que había ojos vigilándome.
No entendí a qué se refería. Le pregunté cómo sabía eso, y él me respondió que no perdiese el tiempo haciendo preguntas; que si no quería que me atraparan, que me fuera ya, que buscara un sitio donde esconderme y que me quedara allí hasta que el barco zarpara.
Me puso los pelos de punta. Sabía que tenía a Bin conmigo y que tenía intención de zarpar en un barco.
Seguí su consejo sin rechistar más. El día anterior había estado paseando cerca de la granja, ya sabes de cuál hablo, y recordé el molino de piedra.
Me llamó la atención porque parecía estar abandonado, así que quería saber si estaba vacío.
Le comenté la idea a aquel hombre, que por entonces no sabía que se llamaba Aranda, y me dijo que podía estar allí con Bin hasta que zarpáramos.
Que cuando nos metiéramos dentro, ninguno de los dos debía salir durante el día.
Le pregunté cómo pensaba que nos alimentaríamos, y él dijo que no me preocupara, que él se encargaría de todo.
No hace falta que lo digas, pero ya sé qué estás pensando.
Un panorama triste para un hombre tan desgraciado como yo, y para cualquiera, en realidad.
Así es mi vida. Me puse manos a la obra y me llevé al molino una buena provisión de ron.
Fue sentido común, cualquier marinero hubiera hecho lo mismo si tuviera que quedarse encerrado tantas horas con una criatura tan fea.
Hacer eso casi me cuesta el pellejo. Incendié el molino sin querer.
Ya lo viste con tus propios ojos. Me refiero al fuego, claro, no a la causa del desastre.Aranda venía todas las noches a traernos provisiones, como carne, pan y un buen montón de arenques salados para Bin.
Parecía saber ya que solo comía pescado, pero yo no le conté nada.
Sinceramente, no sabría decir qué tenía que ver Aranda con todo esto, ni por qué me avisó aquella noche en el bar, ni cómo supo de mí o de Bin.
Para mí sigue siendo un lío. Me salvó de lo que fuera que me estuviera siguiendo, y con eso me bastó para estar en deuda con él.
Nunca he sido bueno para los misterios. No me explicó nada más, solo que tú no me ibas a dejar que Bin subiera al barco cuando zarpáramos, y que debía de esconderme en algún lugar si quería llevarlo conmigo. Me prometió que se encargaría de todo.
Salinas dejó de hablar cuando se fijó en el capitán. Estaba a punto de estallar después de haberse contenido mientras contaba la historia.
—¡Siempre he sabido que Aranda escondía algo! ¡Es un puto traidor! —gritó, golpeando el brazo del sillón—. ¡Un hijo de puta es lo que es! Con esa cara tan pálida y repugnante… ¡Un mentiroso! ¡Un zorro de mucho cuidado! ¿Te va a ayudar él? ¡Ja! ¡Ni de coña…!
Se levantó y fue hacia la puerta, pero el señor Benavent le cortó el paso.
—Por favor, capitán —dijo con calma, levantando un dedo—. Escuchemos a este hombre hasta el final. Ya tendremos tiempo de sobra para ocuparnos de Aranda después. Lo importante es entender todo. Seguimos sin ver nada claro. De hecho, pensaba que querías saberlo tanto como yo.
El capitán volvió a sentarse, refunfuñando hacia él mismo, y el señor Benavent le indicó a Salinas que continuara hablando.
—A ver… —dijo Salinas—. No sé si me queda mucho más por contar.
Me había hecho ilusión la idea de llevarme a Bin conmigo en el barco, aunque al principio quisiera venderlo.
Si me preguntas cómo es que cambié de idea, pues…
no sabría explicarlo. No pretendo ahora parecer que tengo buen corazón, ni nada por el estilo.
No soy muy… bondadoso que se diga. No sé si alguna vez he visto un perro o un gato o a alguien sin que me entraran ganas de…
bueno, da igual, me estoy desviando del tema —el señor Benavent lo miró y entrecerró los ojos.
Cuando Salinas lo vio, retomó el hilo—. Como decía, me había empeñado en llevar a Bin conmigo.
Aranda me avisó una noche, o tal vez dos antes de zarpar, para que bajara al puerto y lo escondiera en la proa antes de que subierais.
También me dijo que tenía todo controlado con los hombres que estaban de guardia a bordo.
Le pregunté si los había sobornado, y me dijo que no, que eso habría sido demasiado peligroso.
«Los hombres del señor Benavent son leales de pies a cabeza.
No los he sobornado —me dijo—, los he drogado».
Me explicó que se disfrazó de vendedor ambulante y les vendió unas botellas de ron con láudano.
Casi me descojono cuando me lo contó, aunque él tenía la cara más seria del mundo.
Cuando llegó el momento, Bin y yo nos dirigimos al puerto, pero me equivoqué de hora.
Exacto, había bebido más de la cuenta y llegamos demasiado pronto.
Además, aquel día no estuve pendiente de vigilart e por la ventana, como lo estaba haciendo para saber cuándo te ibas y venías.
Casi nos pillas subiendo a bordo. Por lo visto, ya habías subido al barco con el chico; y por mi suerte, me di cuenta a tiempo.
Oí algunas voces, y no venían de los vigilantes.
Luego vi una luz moviéndose por la escotilla.
Salí corriendo en la oscuridad, sin pensar en Bin, pero él, al ver la luz, se lanzó de inmediato al agua.
Es muy curioso que Bin —continuó Salinas— pueda vivir casi igual de bien tanto dentro del agua como fuera.
Puede quedarse sumergido durante muchísimo tiempo.
Cualquiera pensaría que no saldría nunca.
Es una de sus habilidades más impresionantes, y tenía pensado aprovecharme de eso si algún día lo vendía.
—¿Cuánto tiempo puede respirar bajo el agua? —interrumpió el señor Benavent—. ¿Un minuto? ¿Dos?
—¿Un minuto? —exclamó Salinas—. ¡Yo lo he visto aguantar hasta media hora entera!
Mis antiguos compañeros de barco te lo podrían confirmar.
.. si estuvieran aquí. Lo han visto más de una vez.
Un día que el mar estaba calmado y no teníamos nada mejor que hacer, lo pusimos a prueba.
Nos gustaba mucho verlo nadar, y siempre le dábamos premios cuando lo hacía bien.
Le dimos un gorro de marinero, un pañuelo de colores, y cosas así.
A veces tardaba tanto en salir, que pensábamos que se había ahogado, o que se había marchado lejos, y luego volvía a aparecer como si nada.
Nos traía regalos del fondo del mar. Mira, tengo aquí algo para ti —dijo, rebuscando en el bolsillo—, si lo quieres, claro.
Es una de las cosas que sacó Bin del fondo. Puede que te dé suerte.
Del bolsillo sacó un cuchillo con una forma y diseño muy extraños. Estaba hecho completamente de piedra, y tallado en una sola pieza. La hoja tenía forma de lanza larga y delgada, y en la base del mango tenía grabada una cruz dentro de un círculo, con otros símbolos raros rodeándola.
Se lo entregó al señor Benavent haciendo una reverencia. El capitán y yo nos levantamos de las sillas para verlo más de cerca .
—Es un objeto muy raro —dijo Salinas—. Estoy seguro de que no encontrarías algo igual, aunque lo buscaras en todo el mundo. Por eso creo que te gustaría tenerlo.
Aquella oferta dejó al señor Benavent sorprendido. Parecía que no le había hecho mucha gracia el objeto. Después de pensárselo un momento, lo cogió de entre las manos de Salinas.
—No veo por qué no tendría que aceptar algo así. Tienes toda la razón, nunca antes había visto algo así. Vale, te pagaré lo que vale este objeto.
La respuesta del señor Benavent dejó tan satisfecho a Salinas que mostró una sonrisa de oreja a oreja.
De pronto, oímos un estruendo de pasos agitados corriendo hacia todas las direcciones desde la cubierta.
Como el alboroto no desaparecía —no hacía más que aumentar—, el señor Benavent me pidió que fuera a ver qué pasaba.
Obedecí a regañadientes. No quería perderme nada importante de lo que Salinas pudiera contar.