CAPÍTULO 17 #3
La luna ya se había escondido entre las nubes, y las estrellas se habían convertido en velas a punto de apagarse.
El alboroto que habían montado los hombres rompió el silencio de la noche.
Estaban todos amontonados al lado de babor.
Pensé que era una pelea entre dos de ellos por alguna discusión por el ron o por haber hecho trampas jugando a las cartas.
No era algo nuevo. Pasaba bastante a menudo.
Pero no era lo que me imaginaba. La tripulación empujaba y sacudía a Aranda y al hombre mudo de un lado a otro como muñecos de trapo.
Intentaban tirarlos al agua, mientras otros lo impedían.
Me quedé mirando el panorama sin saber muy bien qué hacer en ese momento.
Cuando mis piernas volvieron a ser las mismas para correr y avisar al señor Benavent, los gritos y los pasos rápidos dejaron de sonar.
Cayó un silencio denso sobre la cubierta, tanto que parecía que se lo fuera a tragar el mismo aire.
Ese mismo silencio se rompió cuando el viejo marinero levantó la voz por primera vez en mucho tiempo .
—Muchachos —dijo—. ¡Por favor, parad ya! Esto que estáis haciendo es una locura. ¿Queréis traer la desgracia del cielo sobre todos nosotros? Os lo suplico, ¡basta ya!
El contramaestre había sido el cabecilla de todo eso. Soltó una risa y empezó a insultar al viejo marinero.
—¡No le hagáis caso a este puto viejo! ¡Está loco!
—gritó el contramaestre—. ¡No soltéis a esos malditos demonios!
¡Esos insectos endemoniados son los culpables de todo esto!
¡Han maldecido el barco y a cada uno de nosotros!
¡Tiradlos al agua! ¡Que se ahoguen en el infierno! ¡Vamos, haced lo que os digo!
Agarró a Aranda por el hombro y lo empezó a arrastrar por toda la cubierta.
—¡Cuidado con lo que hacéis! —volvió a hablar el viejo marinero. Su voz sonó extraña en medio del conflicto, como si no viniera de su propia garganta.
Algunos de los marineros repitieron la palabra «cuidado». Primero en voz baja, y luego levantando la voz. Otros marineros se unieron al corrillo, repitiendo lo mismo. Finalmente, se coreó la palabra por todo el barco.
«¡Cuidado!», decían, «¡Cuidado!».
El sonido creció, y la noche se llenó de una melodía de muchas voces.
El contramaestre se detuvo y soltó a Aranda. Luego retrocedió, dejándole algo de espacio. Lo hizo mascullando algo que solo pudo oír él.
Los demás se separaron en grupos más pequeños y volvieron a la normalidad. El asunto quedó zanjado a un lado de la cubierta.
El segundo oficial y Eloy se quedaron en medio de ella.
Se miraron un momento y cada uno se marchó por su lado.
Aranda se sacudió el abrigo. Se le había quedado torcido después de que el contramaestre le hubiera sacudido con fuerza.
Lo hizo con tal indiferencia que cualquier persona habría pensado que todo aquello no tenía relación con él .
Después de eso, Aranda comenzó a comportarse igual que el hombrecillo mudo. Parecía ausente a todo lo que le rodeaba, metido en un mundo redondo y pequeño en el que solo había lugar para su mente. No prestó atención a nada más que a su caminar encorvado.
El señor Benavent, seguido del capitán y Salinas, salió a cubierta. Le conté todo lo que había ocurrido. Me escuchó sin decir ninguna palabra, mientras lanzaba de vez en cuando una mirada al capitán, vigilando que no fuera a hacer una locura.
Para ser sincero, me pareció que el capitán estaba más feliz que enfadado por la paliza que le habían dado sus hombres a Aranda.
Gruñó un par de frases sobre la disciplina de una buena tripulación. Dejó el enfado a un lado cuando observó que los hombres ya se habían dispersado antes de que ellos subieran a cubierta, pensando que el asunto se podría resolver sin ir más allá de lo que en realidad era.
—Aunque —dijo el señor Benavent— parezca que se han rebelado contra nosotros, tenemos que tener en cuenta que fue el miedo quien actuó por ellos. Esa criatura… Reúne a toda la tripulación, capitán. Hablaré con ellos. Es mejor que lo aclaremos ahora, antes de que vuelvan a actuar por el miedo.
—Me parece bien —exclamó el capitán—. Eres el más indicado para dirigirte a ellos.
—Muy bien —respondió el señor Benavent—. Pues reúne a todos en cubierta.
El capitán llamó a Aranda y le pidió que juntara a toda la tripulación en la cubierta principal.
Desde arriba vimos un grupo de unos veinticinco hombres reunidos en un mismo punto, en silencio.
Muchos de ellos tenían bolsas moradas debajo de los ojos, y la piel tan pálida como la espuma marina.
Estaban de pie, restregándose contra el aire frío del amanecer.
La primera luz del día se filtraba por el horizonte, iluminando las caras cansadas de todos ellos, los ojos oscuros, y las manos sobre las sogas que sujetaban las cajas de las provisiones .
La tripulación se tranquilizó después de la charla del señor Benavent. Mi cabeza estaba tan llena de pensamientos que sería incapaz de repetir todo lo que dijo. Creo que me quedé dormido de pie, apoyado contra la barricada de cajas. Tampoco recuerdo cómo llegué al camarote y me acosté.