El niño del naufragio CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

No quisiera aburrir al lector contando detalles que no tienen mucha importancia —ya que durante el buen tiempo no pasó nada que merezca la pena contar para seguir con la historia—, así que dejaré una gran parte del trayecto a un lado.

Doblamos el Cabo de Buena Esperanza, al sur de África, e hicimos una pequeña parada para llenar todas las reservas de agua.

Después de pasar un par de días navegando hacia el este, viramos hasta encontrar los vientos alisios.

A partir de ese día, pasamos ocho o nueve días navegando a mar abierto, con un clima indiferente y muchas lluvias.

Se levantó un fuerte viento cuando giramos veinticinco grados sur. No aflojó durante dos semanas enteras. A veces había momentos de respiro donde paraba y nos dejaba descansar. Tuvimos que dejar el barco a la deriva contra la tormenta, con alguna vela izada o ninguna.

El temporal fue perdiendo fuerza hasta extinguirse del todo. Nos dejó rodeados de un aire ligero. El barco dejó de moverse, bamboleándose sobre las olas hinchadas.

El cielo se despejó al siguiente día. El señor Benavent estaba hablando con el capitán en la popa, justo antes de que este midiera la altura del sol con el cuadrante. Lo había notado preocupado durante los días de tormenta, y aquella mañana no había sido diferente.

Cuando el capitán terminó de calcular la posición, el señor Benavent dijo algo en voz baja. No pude entenderlo, tampoco lo que respondió el capitán después, salvo lo último.

—No va a aguantar mucho la tranquilidad.

—¿Cuánto tiempo crees que podemos seguir así? —preguntó el señor Benavent, levantando la mano de forma violenta. Giró y bajó por la escalera hacia el pasillo.

El capitán lo siguió con la mirada, pensativo. Tenía una mirada que parecía estar llena de compasión que jamás hubiera creído ver en él .

No volví a coincidir con el señor Benavent hasta la hora de comer. Se sentó en la mesa en silencio. Ni siquiera me miró. Asintió a todo lo que decía el capitán, sin dejar de engullir su comida.

Verlo así me dolió. Mientras observaba su mirada triste, no dejé de preguntarme cuál era el verdadero motivo del viaje.

Desde que el señor Benavent me contó la razón antes de partir, sospeché de algo. Nunca había dedicado tiempo a pensarlo como en ese momento.

Subimos a cubierta después de la comida. Las aguas comenzaban a tranquilizarse, como había previsto el capitán.

El calor era sofocante. El aire fresco había llegado a su último aliento, llegando en pequeños suspiros casi imperceptibles.

El sol comenzaba a brillar con tanta intensidad que el aire parecía derretirse encima de nuestras cabezas, ondulando como una serpiente.

Todas las velas estaban desplegadas, pero el barco se balanceaba lentamente, desviándose y volviendo a su rumbo, sacudiendo las tablas. Duró hasta al anochecer.

El viento revivió un poco después de la puesta de sol, lo justo y necesario para darnos algo de esperanzas.

Tardé horas en dormirme, inquieto. Soñé con cosas extrañas.

Cada dos por tres me despertaba con taquicardias y gotas de sudor en la frente.

La tercera o cuarta vez que me desperté, estaba tumbado, medio despierto, con los cinco sentidos alerta.

Respiré profundamente, y palpé la inconfundible textura del mundo real.

Las motas de polvo bailaban en aquel rayo plateado de la luna.

Entraba por la escotilla, y por un momento, parecía de día.

De pronto, se montó una especie de alboroto en la parte delantera del barco. No le di importancia, y me volví a dormir. Lo hubiera olvidado si no fuera por lo que pasó después.

Me desperté una hora más tarde de lo que solía levantarme. La hora en el pequeño reloj colgado en la pared de mi camarote me hizo preguntarme por qué el señor Benavent no había venido a despertarme o había enviado a alguien para que lo hiciera .

Mientras me vestía para salir, oí el sonido de muchos pasos yendo y viniendo en la entrecubierta. Pensé que había pasado algo importante como para hacer que todos estuvieran tan ocupados. El aire caliente y el suave movimiento del barco me decían que todavía estábamos en un momento de calma.

Cuando subí a cubierta, se me presentó una pintura hecha con sumo cuidado y cariño.

Los mástiles del barco se recortaban contra el cielo azul oscuro, las velas colgaban flojas bajo el resplandor, y el océano se extendía en una superficie azulada y relajada, como si estuviera dormido desde hacía años.

La tripulación estaba reunida bajo la toldilla.

El capitán estaba apoyado en la barandilla de arriba, observándolos con los ojos salientes e inyectados en sangre y una mueca enloquecida.

Las comisuras de su boca descendieron, algo temblorosas.

La presencia del señor Benavent le impedía reventar y dejarse llevar por la violencia.

Me acerqué a ellos por detrás. El contramaestre estaba un poco adelantado respecto a los demás hombres y no dejaba de hablar.

—Queremos preguntarle algo al señor Benavent —empezó a decir el contramaestre, titubeando y mirando de reojo a los demás—. Queremos saber más sobre las apariciones y los demonios que se esconden en estas aguas. ¿Qué deberíamos pensar? ¿Qué nos puede pasar si continuamos este rumbo?

—¡¿Pero qué estás diciendo?! —exclamó el capitán—. ¿Os habéis vuelto locos?

El señor Benavent levantó la mano y todos se calmaron. Luego se acercó a la barandilla con una sonrisa.

—Déjalos hablar —exclamó el señor Benavent—. Dime, ¿qué os ha hecho pensar en apariciones? No me digas que tenemos fantasmas a bordo del barco.

El contramaestre tragó saliva y bajó la mirada.

—No lo digo yo… lo dice Pedro López. Dice que vio algo anoche, cuando iba a bajar después de la guardia. Lo vio a la luz de la luna. Dice que era horrible, y que nos estaba esperando en cubierta para comernos uno a uno.

Benavent se giró hacia Pedro.

—A ver… habla claro. ¿Qué has visto exactamente? ¿Era un hombre? ¿Un animal? ¿O era el payaso de Salinas buscando pescado? —preguntó Benavent, tranquilo, quitándole importancia al asunto.

En cambio, Pedro se quedó callado, mirando hacia el suelo, encogido. Era un hombre muy viejo, delgado y alto. Sus brazos y sus piernas se doblaban de una forma extraña, resultando cómico. Su barba desordenada reforzaba esa primera impresión.

Los otros hombres lo animaron a salir. Alguno de ellos lo empujó fuera del grupo para que hablara.

—Lo vi detrás del camarote redondo… —habló al fin, un poco entrecortado—.

Era… repugnante. Sus ojos eran grandes y rojos, y brillaban mucho.

Pero no eran ojos de verdad. Eran como gusanos que se enrollaban entre sí, y se movían en círculos.

¡Ay, ay! Y tenía una especie de sombrero en la cabeza que se levantaba y bajaba.

Los demás marineros se taparon la boca, sorprendidos por la descripción.

Estoy seguro de que mis lectores recordarán la aparición en la ventana del molino y la de las otras dos ocasiones.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, como si unas manos invisibles tiraran de mí en direcciones opuestas. Mis pensamientos se perturbaron por un instante, y no pude evitar soltar un gemido.

—Era alto y estrecho —continuó Pedro, tras una pausa—. Me tembló todo el cuerpo cuando vi ese sombrero puntiagudo que se levantaba por encima de sus ojos rojos llenos de gusanos.

Se levantó un fuerte murmullo entre los demás. El señor Benavent me miró antes de empezar con su discurso. Les prometió a todos que iba a tener en cuenta el asunto.

—Si es verdad lo que dice Pedro, que ha visto un espíritu, y no ha sido su imaginación, como es lo más probable —añadió en voz baja—, no tendríais por qué tenerle miedo. Solo debéis confiar en la palabra de Dios. Es el único que tiene poder sobre los espíritus malignos.

Los hombres se relajaron cuando vieron a Pascual Roca asentir con la cabeza. Dejaron de sentir tanto miedo por los fantasmas. Algunos comenzaron a rezar en silencio.

Fuera o no cierto que había un fantasma en nuestro barco, había algo que no me acababa de encajar y me atormentaba.

El capitán —que todavía seguía irritado— y los demás se dispersaron, y solo quedamos el señor Benavent y yo. Le conté lo que sentía.

No pude explicar por qué coincidía mi visión con la del marinero, pero el hecho de poder hablar con él me calmó y me dio fuerzas.

—Por haber sido prudente y no comentarlo con nadie más —me dijo—, voy a contarte el verdadero motivo del viaje.

—¿De veras? —pregunté.

—Sí. Pero aún no has desayunado, ¿verdad? Voy a pedirle al cocinero que te prepare algo bueno. Cuando termines, ven a verme al camarote.

Después de desayunar fui a su camarote. Allí me contó que, durante su viaje a China —donde lo acompañaban su mujer y su hijo—, unos piratas comenzaron a seguirlo.

Finalmente alcanzaron su barco y mataron, uno a uno, a toda su tripulación.

Consiguió salvar su vida y la de su familia negociando con el capitán, pero a cambio de una enorme suma de dinero que tenía que entregar lo más rápido que pudiese.

El capitán pirata aceptó, pero se quedó con su hijo como rehén.

Dejaron al señor Benavent y a su mujer en la costa de la India, con el dinero justo para volver a España.

Durante el viaje de vuelta, su mujer murió enferma.

Me susurró al oído que estaba convencido de que no fue la enfermedad lo que la mató, sino el vacío que había dejado la separación de su hijo .

Cuando volvió a casa —con la única esperanza de salvar a su hijo— se enteró de que la compañía mercantil en la que había invertido todos sus ahorros había quebrado.

Para conseguir toda la cantidad de dinero del rescate —además de ser él quien tenía que encargarse de los gastos del viaje hacia el lugar que habían acordado— no tuvo otra opción que vender todas sus propiedades y su granja. El comprador le dejó vivir allí hasta el embarque.

El capitán pirata envió más tarde a Francisco Salinas para que lo guiase hasta el punto de encuentro en los mares de la India. Era el único hombre de la tripulación que hablaba español.

—Nunca me ha caído bien —le dije cuando terminó—. Y no entiendo por qué me envió a mí a entregarte la carta en vez de llevarla él mismo.

—No sabría decirte por qué —respondió—. Puede que lo hiciera por precaución.

Aunque esa gente parezca valiente en el mar, cuando están en tierra son más cobardes de lo que te puedes imaginar.

En cuanto a que te persiguiera cuando le entregaste mi carta, se lo pregunté después, pero no se acordaba de por qué lo hizo.

—Bueno… —dije yo—. En realidad tuve mucha suerte de encontrarme con él. Si no lo hubiera hecho no habría llegado hasta tu puerta, y no sé qué habría sido de mí.

—No todos pueden decir que los salvó un pirata —dijo él, riéndose—.

No pienses que ha sido casualidad. Todo pasa por algo.

Las personas siempre culpan a Dios si les pasa algo malo, y si les pasa algo bueno, lo llaman suerte.

¿Quién sabe lo que en verdad es bueno o lo que es malo?

Él los manda disfrazados. La misma mano que te rescató a ti es la que me castigó a mí.

Levantó la vista hacia los retratos de su mujer y de su hijo.

Colgaban de la pared frente a nosotros. Un rayo se coló por la portilla y dio de lleno en el cuadro de aquella hermosa mujer.

En ese momento me pareció que sonreía, que nos miraba a través del marco como si estuviera viva.

Sentí que su espíritu estaba allí con nosotros, bendiciéndonos en nuestro viaje. Fue algo difícil de explicar.

De pronto, la expresión de su cara se esfumó, o tal vez fue que mi propia vista se llenó de lágrimas. Miré al señor Benavent. Lo contemplaba en silencio. Sus ojos, rojos y legañosos, giraron hacia mí, parpadeando para deshacerse de las lágrimas. Volví a ver ese brillo de incertidumbre.

No soy capaz de describir todo lo que ocurrió allí dentro. Noté en mi interior el balanceo del cuerpo, mientras trataba de bloquear la parte de mi mente que me arrastraba a un estado de deslumbramiento. El corazón me retumbaba con fuerza en los oídos, pero al mismo tiempo sentía paz.

El tiempo había dejado de existir. No sabría decir si ese instante solo duró un momento o toda una eternidad.

Un sonido parecido al de una risa chillona que terminó en sollozo fue lo que me sacó de ese estado.

Luego, un largo y fuerte golpeteo en la puerta del camarote.

El capitán había enviado a uno de los hombres para que informara al señor Benavent del viento que venía del sudeste.

Era una buena noticia para todos. Él no pareció escucharlo.

Se quedó mirando al hombre, aturdido, hasta que finalmente consiguió reaccionar.

Se levantó de su silla y fue directo a cubierta. Lo acompañé hasta fuera.

El viento que nos había dado la bienvenida después de la larga calma era un poco débil, pero nos dio esperanzas para continuar el viaje. Aguantó casi todo el día y gran parte de la noche. Conseguimos avanzar unos cuantos kilómetros hacia el noroeste. Pasamos por segunda vez el ecuador.

El viento desapareció de nuevo a la mañana siguiente. Hacía calor, un calor infernal, y el sol era como un barreño de sangre que caía por detrás de las nubes.

El barco se quedó sobre una suave corriente que nos arrastraba lentamente hacia el este.