CAPÍTULO 7 #5
Me pareció algo terrorífico y asombroso a la vez.
Lo guardé en mi mente como lo más increíble que había visto jamás.
Estaba obsesionado con los volcanes, y ver uno en erupción aún lo hizo más emocionante.
Tienen algo —que no podría explicar— que me hace recordar lo pequeño que soy en este mundo tan grande.
Me hubiera gustado parar en la isla para ver el volcán más de cerca, pero cuando se lo dije al señor Benavent, negó con la cabeza.
Desde que dejamos atrás Santa Cruz, la vida dentro del barco se había vuelto monótona y demasiado fácil.
No tuvimos que ajustar las velas ni atar cabos durante días.
Los marineros pasaron el tiempo jugando a las cartas y apostando pequeños objetos de poco valor, sin hacer absolutamente nada importante, solo riéndose como niños.
El señor Benavent también se unió a ese momento de ocio.
Dedicó su tiempo a dar charlas filosóficas en la cubierta.
Para mi sorpresa, asistían más personas de las que pensaba.
La mayoría de hombres lo escuchaban como si tuvieran frente a ellos al mismísimo Platón, y quisieran empaparse de su sabiduría.
Para Salinas no fue así. Se burlaba de él en silencio, con una risa tonta de idiota que todavía no ha madurado .
A veces, el viejo marinero —ya sabes de quién hablo, aunque por si acaso, me refiero a Pascual Roca— dejaba su libro religioso a un lado y se ponía a escuchar al señor Benavent, en silencio.
Yo no me podía considerar uno de sus oyentes, aunque me parecían muy interesantes. Había algo que me llamaba más la atención; Aranda bajo la sombra que producía el alcázar mientras montaba sus barcos en miniatura.
Me encantaba observarlo, y mentiría si dijera que no podía pasar horas sin moverme observando cómo añadía pieza por pieza como un profesional. También me contaba historias extrañas. Se me ponía la piel de gallina solo con escucharlas. Pero nunca hablaban de él, sino de otras personas.
Nunca me contó nada de su vida privada, pero tampoco tuve el valor de preguntar qué había detrás de ese aspecto macabro y tan peculiar.
Su voz flotaba en el aire, sin un cuerpo que se pudiera tocar o sentir.
Eso hacía que sus relatos me engancharan.
Era como escuchar algo que venía desde dentro de mí, pero que no era mío.
Una vez me contó que había una isla sumergida en el mar que puede hacer que pasen cosas cuando un barco navega por esa zona.
Quise saber más de aquella isla, y le pregunté dónde estaba y qué tipo de cosas pasaban allí.
Me respondió diciendo que todo estaba fuera de su comprensión.
Lo presioné un poco para que me contara algo más, y solo conseguí que me dijera que en aquella isla salía una luz brillante de un color que no existía.
—¿Tú la has visto? —pregunté, sorprendido.
—Si la hubiera visto —dijo él—, no estaría aquí.
Pero… la he visto en parte… y desde ese momento ya no he vuelto a ser el mismo.
Nunca. ¡Nunca! —dijo en un susurro que se fue apagando lentamente.
Acto seguido cayó en una especie de trance, con la mirada perdida, como si sus ojos estuvieran ciegos, pero brillaran con un resplandor negro, oblicuo, que relucía bajo el sol.
Me asusté y estuve a punto de salir corriendo, pero pronto volvió en sí. Se arrodilló ante mí y me pidió por favor que no se lo dijera al capitán ni al señor Benavent. No quería que lo tomaran por loco.
—No es más que una leyenda de marineros —dijo—. Podría contarte muchas más historias, y cada una más rara y maravillosa que la anterior. Pero me tienes que prometer que no se lo dirás a nadie.
No supe qué responder. Allí encorvado sobre la silla, con el pelo negro despeinado y caído sobre la frente, tenía un aspecto un tanto lunático. Sentí miedo y asentí sin tener muy claro qué iba a hacer.
Mis lectores ya se podrán imaginar que experiencias como estas son las que hicieron que tuviera respeto hacia el señor Aranda y que lo viera como un extraño. Muchas veces me daba la sensación de que su cuerpo fuera a desvanecerse en cualquier momento, como un fantasma a plena luz del día.
Volviendo al señor Benavent y a sus discursos filosóficos sobre la vida y la muerte —ya he comentado que algunos se burlaban de él—, algunos de los hombres, apoyados por el capitán, opinaban que se salía mucho de su papel de oficial, y que en cualquier momento iban a dejar de respetarle.
Lo averigüé cuando los vi discutir. El señor Benavent se enfadó con el capitán, y él se calló sin poder contradecirle nada. Aquello sirvió para saber que tenía cierta autoridad sobre el capitán.
Ocurrió en el camarote, después de la cena. Según recuerdo, me lo anoté en el cuaderno así:
—Con todo el respeto —dijo el capitán después de limpiarse los labios con la servilleta—, me llama mucho la atención esa manía suya de tratar a los demás marineros como si fueran amigos. Demasiada confianza, diría yo. Te van a perder el respeto.
Fue una forma elegante y sutil de criticarlo, pero el señor Benavent respondió con ironía y sarcasmo.
—¿Perder el respeto? —dijo él soltando una carcajada—. Yo no lo veo así. Hablo con ellos para que piensen un poco más allá de emborracharse y jugar a las cartas durante todo el día. Si eso lo ves como algo inapropiado o “demasiada confianza”, quizá deberías mirarlo.
—Bueno… lo dicho —el capitán apretó los labios, incómodo, pero no cedió—. Lo que tú digas… ¿Pero crees que esos idiotas van a sacar algo de provecho?
El señor Benavent se irguió en la silla bruscamente, y golpeó la mesa con las puntas del tenedor, dejándolo clavado. Di un salto atrás, sin esperármelo.
—¿Que no les sirve de nada? —dijo con auténtico placer—. ¿Eso es lo que crees? Es mejor que se emborrachen y se peleen, ¿verdad? Y aun así tú te dedicas a burlarte en cuanto me doy la vuelta. ¿Qué clase de capitán eres? —exclamó el señor Benavent, sibilante—. ¿Cómo te atreves a hacer algo así?
El capitán se quedó mudo por un momento. La reprimenda lo dejó inmóvil en la silla, con los ojos sombríamente abiertos y clavados en la mesa. El señor Benavent se levantó y salió a cubierta.
Viramos el barco hacia el este después de pasar las islas de Cabo Verde. Pronto volvimos a encontrarnos con un mar agitado.
El capitán nos explicó que lo estaba causando una fuerte corriente que iba en contra del viento. Duró una semana y media más. Pude disfrutar de ver tiburones enormes de color gris moviéndose alrededor del barco durante varios días.
Por momentos el viento vociferaba y nos dejaba intervalos de calma, pero luego volvía a levantarse con aún más fuerza. A los hombres les suponía mucho trabajo volver a ponerse en marcha.
Las nubes bajas oscurecían el paisaje marino, y abrían las ventanas del cielo. La lluvia comenzaba a caer como si fuera a haber otro Diluvio. Algunos pequeños torbellinos nos alcanzaban y trataban de arrancarnos las velas.
Cuando llegamos a la parte del ecuador, el clima mejoró considerablemente. Los vientos se hicieron brisas calmadas. Durante ese momento de tranquilidad, los hombres —especialmente Francisco Salinas— aprovecharon para pescar solo con un hilo grueso y la fuerza de sus dedos.
Yo lo evitaba en la medida de lo posible. Siempre me dio un poco de asco y repugnancia clavar esos afilados anzuelos en las bocas de los peces.
El señor Benavent aprovechó para darme algunas lecciones sobre el mar, pero a menudo me distraía con los delfines que nos acompañaban, girando entre las olas y jugando entre ellos.
Ahora que estamos hablando de delfines, os contaré una pequeña anécdota.
Uno de nuestros hombres, un marinero británico llamado Oswald Grimshaw, lanzó un arpón contra uno de ellos. El ayudante del carpintero, que andaba cerca, soltó un grito y se acercó inmediatamente a él.
—Adiós, Oswald. No te queda mucho tiempo en este mundo, seguro.
—¿Qué tonterías dices? —dijo Oswald, soltando la cuerda con la que intentaba izar al delfín, que se retorcía violentamente sobre el arpón, mientras las olas se teñían de rojo con su sangre—. Estoy tan fuerte como un roble.
—De momento —respondió el ayudante del carpintero—, pero no por mucho tiempo. ¿No sabes que quien atraviesa a un delfín, se atraviesa a él mismo?
El rostro de Oswald se volvió blanco y rugoso. Soltó la cuerda rápidamente. El delfín quedó colgado del arpón, luego se hundió, y el agua arrastró la sangre con él.
—Pero… he visto a otros hombres lanzarles el arpón antes —balbuceó Oswald, tartamudeando—. Y no les ha pasado nada.
—Puede ser —replicó el otro—. Pero, ¿has visto que alguno haya conseguido atrapar uno?
—No… —dijo Oswald, dudando—. No. No, ahora que lo dices… nunca. Pero lo he soltado, ¿vale? Lo he dejado libre .
El ayudante del carpintero señaló el mar. El delfín, que ya no se movía, totalmente muerto, flotó un momento antes de hundirse bajo las olas de nuevo.
—¿Libre? —respondió con desprecio después de echar un escupitajo a sus pies—. Tú acabarás igual de libre cuando soltemos tu cadáver y se hunda en el abismo.
—Pero ha sido sin querer. No sabía eso… —dijo el pobre hombre, en su último intento de defensa—. Seguro que eso cuenta. ¡Lo hice sin mala intención! ¡Lo juro!
—Ojalá sea así, Oswald —respondió el otro—, pero yo no creo que sobrevivas.
Vamos —añadió cruelmente—, ya sabes que la vida de un marinero no es tan bonita como la de un delfín.
Te lo aseguro. Así que… ¿Qué importa si te mueres?
Tarde o temprano lo vas a estar de todos modos —se encogió de hombros—.
Lo importante es que siempre llega ese momento.
Después de eso se alejó, riéndose a sus espaldas. Oswald se quedó apoyado contra la borda, con la cabeza pegada al pecho. Se estaba entregando a la desesperación. Me dio pena verlo así.
Me acerqué a él e intenté hacerle pensar que no había razones para creer en aquella tonta superstición, pero se negó a dejarse consolar. Dijo que yo era todavía un niño, y que no sabía nada de la vida.