CAPÍTULO 7 #6
Le repliqué que el señor Benavent iba a estar de acuerdo conmigo, y que no había que creer en esas cosas.
—Benavent, Benavent… —se burló tontamente—.
Él tampoco sabe nada, ni ha vivido lo mismo que yo.
Habla mucho de lo que sabe, y no tiene ni idea.
¡Al cuerno con él! —hizo una pausa para echar un vistazo al mar—.
Llámalo superstición, o ponle el nombre que te salga de ahí, pero al final todo da lo mismo.
Sé lo que he visto… y el mar siempre cobra su parte.
Sin poder hacer nada más por él, lo dejé solo con sus pensamientos y su profunda melancolía .
De pronto escuché un chapoteo en el agua, y luego silencio. Al girarme, Oswald ya no estaba allí de pie. Más tarde les pregunté a los demás hombres si lo habían visto por alguna parte, pero negaron con la cabeza. No lo volvimos a ver. Y nunca volvimos a hablar del tema.
En cuanto tuve la oportunidad, se lo conté al señor Benavent —no sobre la desaparición de Oswald, porque no lo supimos hasta días después, sino lo de las supersticiones—.
Le pareció un tema interesante para hablar de ello en su siguiente charla. Me recalcó que no debía hacer caso de esas cosas, porque solo acababan en problemas.
Estaba seguro de que lo iba a explicar al día siguiente, pero el viento cambió durante la noche. Violentas ráfagas sacudían el casco haciéndolo crujir. Los marineros tuvieron que hacer todo lo posible para mantener el barco a flote, y no hubo tiempo para discursos.
Un día más tarde pasamos la línea del ecuador.
Sentí cómo el pulso me latía en la garganta con rapidez.
Desde el camarote llegaba el sonido constante y suave de las cuerdas y los aparejos, el lento batir de las velas en las primeras brisas débiles de los refrescantes vientos alisios, y el grito ocasional de un pájaro.
Tuvimos que avanzar lentamente hacia el sur por un fuerte oleaje que empujaba desde el sudeste. El capitán aprovechó cada uno de los soplidos del este para escapar de esa región de vientos descontrolados, lluvias y tornados.
Eso atrasó nuestro rumbo, y provocó que nuestros hombres tuvieran náuseas y gripe.
Para que no se pusieran peor, el señor Benavent les obligaba a cambiarse de ropa cada vez que se mojaban, sobre todo en los días de lluvia. Tenía con ellos la misma experiencia que cuenta el Capitán Nemo con sus propios marineros.
Eran propensos a echarse a las camas con la ropa empapada y manchada de sal.
Así fue cómo el discurso del señor Benavent tuvo que aplazarse .
Nos dimos cuenta de la desaparición del pobre marinero británico cuando el señor Benavent lo fue a buscar para hablar con él sobre las supersticiones, pero no lo encontró por ninguna parte.
Luego supimos que el ayudante del carpintero —que había asustado al pobre hombre con aquella historia del delfín— estaba obsesionado con los animales marinos.
Sentía una fuerte empatía con ellos, mucho más que con las personas.
Es muy probable que se inventara esa superstición para vengarse de la muerte del animal.
A veces, el mar se encarga de hacer bromas de mal gusto, y esta vez no fue la excepción.
Cuando el señor Benavent estaba dando por perdido a Oswald, apareció el cuerpo muerto y descompuesto, casi irreconocible, de un hombre entre las olas, pegado al costado del barco. Bastó para borrar todos los esfuerzos del señor Benavent por encontrar al hombre.
Para acabar de contaros esta historia, que ya es bastante turbia, uno de los hombres también intentó atrapar un delfín. No lo consiguió, pero se puso muy enfermo al día siguiente.
El señor Benavent pensó que había cogido un resfriado durante la noche. Se debilitó lentamente por la fiebre y los sudores, hasta que no pudo resistir más. La medicina y los cuidados no fueron suficientes, y se hundió poco a poco hasta que dejó de respirar a los tres días.
Mis lectores pensarán que es una historia sin más, y que no hacía falta que la escribiera en mi diario. A mí me ayudó mucho para darme cuenta de hasta dónde pueden llegar las supersticiones, y cómo pueden comerse a una persona desde dentro.
Tenía razón el señor Benavent; es mejor guiarse por la lógica que por las señales que creemos ver. No son más que pamplinas inventadas para asustar.
No estoy diciendo que no existan las fuerzas que vengan de otro lugar, las que se alejan de nuestro conocimiento. Son cosas que todavía no comprendemos, y puede que algún día alguien las explique .
De hecho, más adelante, habrá pruebas de que algo de eso existe.
Lo escribí en un pequeño cuaderno que improvisé con algunas hojas sueltas que encontré en el camarote del señor Benavent.
Más tarde le enseñé lo que había escrito —con algo de vergüenza—.
Lo leyó con atención, ahuecando los labios.
Juraría que se estaba riendo por dentro.
—Mmm… no está mal —dijo—, pero te falta algo. Podrías añadir que ya existe una constelación llamada Cangrejo… pero aún nos falta descubrir la del Delfín.
Después de contar esta tontería, sigo con lo importante, no me culpen.
Al pasar el ecuador, el viento silbaba su lúgubre música, y no estábamos a muchos kilómetros de allí. Los cambios eran previsibles para cualquier marinero con experiencia, pero aun así pusieron de mal humor a todos los hombres. El capitán se incluía entre ellos. Los retrasos lo sacaban de quicio.
Sus constantes gritos al contramaestre —cuando el señor Benavent no estaba cerca— eran más graciosos que terroríficos. Fueron de utilidad para mantener a la tripulación distraída.
No servía de nada que el capitán intentara quejarse delante del señor Benavent.
Cuando lo hacía, este le respondía que era lo que cualquier hombre de mar debía esperar al pasar el ecuador.
Al capitán no le quedaba otra que agachar la cabeza y asentir si no quería quedar en ridículo frente a los demás hombres.
El clima no dejó de cambiar, siendo pesado para todos a bordo.
A mi me sirvió para vivir nuevas experiencias.
Llegó una remesa de nubes, empujada por un fuerte viento del oeste.
Cuando paró, el barco se quedó flotando sobre unas olas perezosas, balanceándose.
Seguidamente apareció un tornado de la nada a lo lejos, sobrepasando el mar, como un enorme gigante.
Una ráfaga de viento nos sorprendió antes de que los hombres pudieran recoger la vela. El barco se escoró hasta rozar el agua con los portillos. Cuando se estabilizó, corrimos como locos a veinte kilómetros por hora, cortando la superficie marina con olas de espuma desde la proa.
La recompensa fue un bonito cielo de atardecer.
Una mezcla de colores que se fundían en un incendio congelado en el aire, una ensalada homogénea de vestiduras en púrpura, canela, amarillo, verde y azul.
Las nubes desgastadas y de diferentes formas se apilaban capa tras capa sobre el horizonte occidental.
Esos cielos solo los pude ver en las regiones más cercanas al ecuador.
En aquel lugar, la luna brillaba más de lo que solía hacerlo.
Se podía comparar con la intensidad de Marte en el cielo oscuro de la noche.
Las estrellas se multiplicaban una tras otra, suspendidas sobre nosotros como lámparas de oro fundido y lava.
A unos tres grados al sur del ecuador, volvimos a recuperar el viento constante del noroeste. Nos llevó directamente hasta la costa de Brasil.
Era por la mañana temprano cuando rodeamos el Cabo de San Agostinho —el punto más oriental—.
Después de navegar en zigzag durante un buen rato por el lado sur, anclamos el barco junto a otros muchos, tanto grandes como pequeños —era el fondeadero habitual del puerto—.
Nos encontrábamos a diez kilómetros de Natal.
Allí el cielo estaba despejado y se reflejaba de un azul intenso. El mar era tan transparente y brillante como el cristal limpio.
Miré la costa con impaciencia. Detrás de unas colinas bajas había un paisaje montañoso lleno de vida.
Tenía un aspecto agradable, salpicado de bosques y sabanas verdes y frondosas.
Cerca de la costa, había agrupaciones de casas pequeñas —del mismo tamaño que la casa de mis abuelos en Cullera—.
Eran las casas donde vivían los pescadores locales.
A lo lejos estaba la ciudad, a unos cinco kilómetros de la costa. Era grande e importante. Los muros de los edificios más grandes resplandecían al sol tan blancos como un hueso blanqueado.
Tenía muchas ganas de pisar tierra, y más después del mal trago que me llevé en Santa Cruz por no poder bajar .
Cuando acabamos de desayunar, el señor Benavent se me acercó por detrás y me dijo que me llevaría con él esa misma tarde.
No tenía pensado quedarse mucho tiempo anclado en ese puerto.
Ya nos habíamos abastecido en las Islas Canarias.
Solo íbamos a pasar un día allí para llenar todos los toneles de agua y comprar algo de fruta —limas y naranjas, que allí abundaban—.
También quería darles algo de tiempo a los hombres para que bajaran a tierra y descansaran un poco después del esfuerzo que tuvieron que hacer en los últimos días .
CAPÍTULO 10
Era importante que el capitán bajara a tierra con nosotros esta vez. Era el único de toda la tripulación que chapurreaba algo de portugués, y podía negociar con los comerciantes para conseguir lo que nos hacía falta.
Había muy pocos españoles por la zona, y casi todo el tráfico que venía de Europa pasaba por los barcos portugueses, como los que vimos fondeados cerca del nuestro, con la bandera de Portugal colgando desde arriba.