CAPÍTULO 7 #4
—Gracias, señor, gracias. Estoy muy agradecido…
y también —añadió tras una pausa— lo están mis pobres tripas —se giró hacia los demás—.
Reíos, reíos, pero si tuvierais los intestinos tan jodidos como los míos después de comer carne, también suplicaríais por un poco de pescado.
Pero no os guardo rencor, que conste. Dentro de mí no hay odio —miró de nuevo a Aranda—. ¿Cuánto has traído, señor?
—Suficiente —respondió el primer oficial. Se quedó quieto como un espantapájaros. Sus ojos se movían de un lado a otro—. Te lo daré cuando bajes .
Dicho esto, Salinas se alejó por la cubierta muy despacio.
Por un momento deseé que alguna tabla se rompiera bajo su peso y se quedara atrapado sin poder salir.
Los marineros se agruparon alrededor de Salinas, riéndose y contando chistes sobre su sobrepeso.
Pero no parecía afectarle. Esa aceptación tan calmada no tranquilizó a nadie.
Ya no tenían miedo del cuchillo, pero tampoco les hacía gracia. El loco se había tranquilizado, y de algún modo, les daba más miedo que verlo rabiar como de normal.
El sol se hundía más allá del horizonte, en un lugar desconocido para mí, y la oscuridad caía sobre el cielo en forma de manta negra.
Las nubes sobre la isla se teñían de un púrpura trágico e incoherente con el paisaje.
Presencié una obra de teatro sádica, una comedia oscura que termina trágicamente con la muerte de todos.
Pronto se cansaron de él. El capitán había subido a cubierta, y los hombres se dispersaron, aburridos, sin saber qué hacer que no fuera echar un trago de alcohol.
—Ven, hijo. Entra. No quiero que el aire frío de la noche te vuelva a poner enfermo —me llamó el señor Benavent desde la puerta del camarote.
Lo seguí a través del pasillo de paredes tapizadas en rojo y dorado, y de ahí entramos al camarote de estribor. Él dormía ahí.
Los cuadros fueron lo primero que me llamó la atención al entrar, colgados un poco torcidos de las paredes. Mostraban a una mujer hermosa y a un niño desaparecido, tal vez muerto también. Estaban encima de su cama como ángeles guardianes.
En su mano sujetaba una pluma, y sobre la mesita de noche, junto al cabecero, había un cuaderno abierto.
No dijo nada en relación al numerito que había montado Salinas y los demás marineros.
Supuse que había estado aquí dentro concentrado en sus cosas.
Yo tampoco le comenté nada. No quería que supiera que no le había hecho caso y no me había mantenido lejos de Salinas.
Me convencí a mí mismo de que era una tontería, algo a lo que no le iba a dar mucha importancia.
Pero cuando me señaló el cuaderno y dijo que estaba escribiendo su diario —donde no se dejaba nada de lo que ocurría ni nada que fuera «fuera de lo común»—, sentí un golpe de culpa en el pecho.
Gané a esa culpa diciéndome a mí mismo que se lo contaría en otro momento.
Su caligrafía era elegante y perfecta, y no tardó mucho en llamarme la atención. Yo también empecé a sentir ganas de imitarlo, y sin darme cuenta, se me pegó el hábito de escribir todo lo que pasaba a mi alrededor en mi cuaderno.
Le pregunté si tenía pensado publicar su diario en algún momento, como lo hizo Hernán Cortés.
Me dijo que lo haría, pero solo si el viaje era digno de mostrarlo al mundo o encontrábamos algo raro.
Luego me confesó que no lo hacía por ese motivo, sino para mantener la cabeza ocupada y no perder el control de sí mismo.
Sus ojos se apagaron de pronto. Había salido la tristeza que había guardado en lo más hondo de su corazón. La misma que vi por primera vez en la cocina de la granja. Era un dolor que todavía no se había manifestado, pero no tardaría mucho en hacerlo.
Luego comenzó a contarme todos los beneficios y usos que tenía escribir, alejándose de sus pensamientos. Llamó «el pasatiempo de la mente» a escribir.
—Los hombres normales —dijo— se entretienen con lo material, al igual que hacen los niños con sus juguetes. El escritor se ocupa de la parte espiritual.
Sin que nos diéramos cuenta del tiempo, sonó la campana de la hora de la cena. El señor Benavent se levantó, guardó su diario en un cajón junto a unos papeles que había dejado sobre la taquilla. No soportaba el desorden, y le gustaba tener todo en su sitio.
Fuimos a sentarnos con el capitán y Aranda. Acababan de entrar por la puerta.
La cena fue un poco apagada, sin temas de conversación que nos mantuviera distraídos.
El señor Benavent permaneció en silencio casi todo el tiempo, con el ceño fruncido y la mente perdida en algún lugar lejano.
Intentó hacer un par de bromas y animar el ambiente, pero duró lo mismo que dura una cerilla al viento.
Como siempre, Aranda solo se limitó a hablar lo justo y necesario, respondiendo con frases cortas y concisas.
El capitán estaba demasiado ocupado llenando su gran estómago y vaciando la botella de vino.
Cuando le subió el alcohol, arrancó a hablar sobre su familia y sus amistades —o al menos, lo que él consideraba tales— sin que nadie se lo pidiera. Era un tema que sacaba siempre que encontraba la oportunidad, o aun sin encontrarla.
El capitán dejó la copa sobre la mesa y mostró una sonrisa de dientes amarillentos al señor Benavent. No le devolvió la sonrisa.
—Siento mucho no haber bajado a tierra. Me habría gustado mucho presentarte al Gobernador Civil de Santa Cruz —dijo.
—No sabía que conocieses al Gobernador —respondió el señor Benavent, totalmente indiferente.
—No lo conozco personalmente —replicó el capitán un poco ofendido—. Pero mi primo, que es registrador en Cáceres, tiene buenas relaciones en el ministerio, y más de una vez le han abierto las puertas de los despachos de los Gobernadores. Créeme, tiene mucha influencia.
—Bueno, me habría complacido acompañarte a visitar al Gobernador.
El rostro del capitán se vació de color hasta ponerse como el papel. Los ojos grandes se agrandaron más aún, poniéndose vidriosos.
—¿Complacerme, dices tú? ¿Complacerme? Yo sigo siempre el consejo de mi tío don Agustín Romero. Era un hombre de letras y un funcionario importante. Decía que el que no reconoce a la autoridad, nunca llegará a merecer respeto, y un Gobernador Civil es un Gobernador Civil por lo que tengo entendido.
—Sí, muy probablemente sea así —dijo el señor Benavent, con el mismo entusiasmo de antes .
La respuesta del señor Benavent le había parecido frívola, cruel e incomprensible.
El capitán no atacó directamente a Aranda, pero dirigió todo su enfado hacia él.
Soltó pullas sobre lo mal que se le daba controlar a los hombres.
Luego dio a entender que la verdadera razón por la que no había bajado a tierra era que, si el Gobernador lo hubiera invitado a cenar —como dio por hecho—, no habría estado pendiente de la llegada de los marineros.
Con el ron y el vino de mala calidad que venden en los bares de la plaza se podría haber liado una buena.
El señor Benavent no respondió. Lo miró incrédulo, con una expresión en el rostro que no decía nada, pero a la vez lo decía todo.
El primer oficial, Aranda, se levantó de su silla con su aire ausente de siempre. Sus ojos negros se movieron en diagonal, buscando algo que no estaba allí, y sin decir ni una palabra más, salió del camarote .
CAPÍTULO 9
El viento se levantó durante la noche. Soplaba del noreste y pronto se volvió tormentoso. Nuestra posición en el ancladero se volvió peligrosa.
Al amanecer, ya teníamos todo listo para partir. A los marineros les costó un gran esfuerzo levantar el ancla por el viento. El barco gimoteaba en el agua violentamente. Salimos de allí como pudimos. El mar se agitaba como una olla a presión a punto de estallar.
El capitán puso rumbo a Brasil. Navegamos con el viento a favor —el alisio del noreste—, a nueve o diez millas por hora durante todo el día y la noche. No paramos ni para un mísero descanso.
Al día siguiente, el viento se suavizó un poco, provocando un sonido escalofriante, una especie de graznido. Se volvió constante y dudoso.
Seguimos hacia el sureste. La ligera brisa y el buen tiempo nos acompañaron a lo largo del día.
Durante el tiempo de navegación por mar abierto, me entretuve observando a los peces que salían del mar con alas en vez de aletas y luego se volvían a esconder en sus profundidades.
Revoloteaban como pájaros —de hecho parecían golondrinas— alrededor de la proa.
Por la noche se acercaban sigilosamente al faro de popa.
La primera vez que los vi, sentí la extraña sensación de estar en algún momento de mi pasado, como si ya los hubiera visto antes en algún otro lugar.
Puede que así fuera —como he contado en el capítulo 1—, cuando todavía era un niño y acompañé a mi padre en una de sus travesías por las Indias Occidentales.
A veces uno o dos de esos peces pájaro caían sobre la cubierta y los hombres se acercaban a recogerlos, hambrientos. Son peces pequeños, pero tienen muy buen sabor, parecido al del arenque seco.
Vi al grandullón sudoroso de Salinas recoger uno que se había metido en el bote largo, sin que nadie lo viera .
Se lo escondió detrás de él, y esperó a que se fueran todos para quedárselo él, en vez de llevárselo al cocinero como hicieron los demás. Ese bruto quería devorarlo crudo.
Se lo conté de inmediato al señor Benavent, pero solo se rió.
—Seguro que el signo del zodiaco de Salinas es Piscis —dijo.
Una semana después de haber salido del puerto de Santa Cruz, pasamos cerca de las Islas de Cabo Verde, a unos quince kilómetros de distancia.
Ya había caído la noche sobre nosotros, y lo único que pudimos ver fue el fuego que surgía del cráter del volcán de la isla de Fogo.
Fue un destello de color rojo en mitad de la oscuridad.
El señor Benavent me dejó quedarme despierto hasta tarde para contemplarlo.