CAPÍTULO 7 #3
—¿Ya estás despierto? —preguntó el señor Benavent, encendiendo la lámpara—. ¿Cómo te encuentras?
—Todavía un poco mareado —respondí—, pero ya no tengo ganas de vomitar.
—No te preocupes, hijo —dijo, sentándose junto a mi cama—, pronto se te pasará. Ya veo que te has dado cuenta de que hemos llegado a Santa Cruz. Hemos echado el ancla al mediodía. Y ya he bajado a tierra en busca de provisiones.
—¿Y mañana? ¿Podremos salir un rato a tierra?
—Sí —asintió—. Después de llenar los barriles de agua, toda la tripulación bajará a refrescarse en tierra firme. Lo harán rápido, he visto antes una cala de arena cerca.
—¿Y Aranda? ¿Le has preguntado algo de lo que pasó?
—He hablado con él esta tarde. Le he preguntado cómo podía ser tan negligente.
Pero no he sacado nada en claro. Creo que no le importa nada de lo que le digo.
Debe de tener algo de demencia o lo que sea; si no, no puedo entender cómo puede comportarse así.
Lo voy a vigilar todo lo que pueda, y cuando comience a hacer más calor moveré la cama a cubierta.
Así podré estar más cómodo mientras vigilo el barco por las noches —hizo una pausa—.
Por cierto, Salinas sigue metido en su litera.
Parece que se hizo daño al caerse borracho sobre la cubierta anoche.
No para de quejarse del brazo, pero no estoy muy seguro de si le duele de verdad o solo lo finge porque tiene miedo al capitán.
De todas formas, esta vez lo dejaré pasar.
Y tú, por favor, intenta estar lo más lejos posible de ese imbécil.
—¿Y cómo es Santa Cruz? —pregunté—. ¿Es grande el pueblo?
—Es pequeño —contestó él—. No tiene más de cuatrocientas casas.
Todas tienen dos pisos y son de piedra. Tiene un convento de monjas, una iglesia y dos fuertes militares que protegen la entrada.
Y si subes unos kilómetros arriba, hacia la isla rocosa, hay un lugar al que llaman Laguna.
Es un estanque de agua dulce. Se extiende en una llanura enorme de color verde, detrás del pueblo.
—¿Una laguna? —pregunté sorprendido.
—Sí —asintió—. Es hermosa, y muy tranquila.
Allí hay muchos edificios y chalets elegantes, algunos conventos más y dos iglesias con campanarios altos y cuadrados.
Las calles son muy amplias y, en el centro, hay una gran explanada con jardines.
Están llenos de flores, naranjos y limoneros.
Me ha dicho uno de los granjeros de allí que crecen muy bien con la brisa del viento.
—Jolín… suena muy bien —comenté—. Tengo ganas de verlo.
—También está el puerto comercial principal de la zona. Y hay otros pueblos y rutas alrededor de la isla donde venden y cambian productos. Bueno… no te cuento más. Ya lo verás por ti mismo mañana .
CAPÍTULO 8
El señor Benavent me prometió antes de irse que si al día siguiente ya estaba recuperado del todo me llevaría al pueblo, y también a subir la colina hasta la Laguna de la que tanto hablaba.
Por desgracia, a la mañana siguiente volvía a tener algo de fiebre.
Me dijo que en esas condiciones no podía ir a ninguna parte.
Yo le insistí en que me sentía con fuerzas, o al menos eso quería creer.
Sus palabras me cayeron del cielo como un ladrillo en la cabeza, aunque sabía que tenía razón.
Aun así, estaba convencido de que nadie tenía más ganas que yo de pisar tierra.
La cama me estranguló entre sus sábanas después de que el leve dolor de la fiebre en la cabeza y en el cuerpo se me pasara.
Al despertarme, escuché el ruido de las pisadas y voces en la cubierta.
Volvió a repetirse tres o cuatro horas después.
Era el ir y venir del bote largo mientras subían los barriles de agua.
La segunda vez, el ruido se alargó más de lo normal.
Los marineros aprovecharon para bajar en grupos.
Primero en un bote, luego en otro. Habían terminado con sus tareas y se estaban preparando para su excursión a tierra para refrescarse.
Sus voces eran como las de un grupo de niños pequeños que se van a casa después de haber pasado más de ocho horas estudiando. Oí cómo se reían, y bailaban sobre el suelo de madera de la cubierta, haciendo claqué.
De un momento a otro los golpes cesaron, y solo quedaron los sonidos normales de un barco reposando tranquilamente sobre el mar.
El aparejo golpeteó. El casco crujió. El ancla se balanceó hacia un lado.
A veces escuchaba el arrastre de los pies de Salinas en aquella noche.
También oí a alguien gritar y saludar a otro desde lejos, desde otro barco.
Los hombres regresaron por la tarde. Hicieron el mismo ruido que cuando se marcharon, pero para mi suerte ya se me había pasado el dolor de cabeza .
Entre ellos iba el señor Benavent, que me vino a visitar poco después de su llegada. Se acercó a mí y me puso la mano en la frente. La fiebre había desaparecido.
—Entonces… —le dije—, ¿puedo levantarme ya y subir a cubierta?
Él me miró un tanto perplejo, con una expresión boquiabierta, ávida casi, como si acabara de ver el espíritu de mi abuelo con sus propios ojos.
—No —respondió él—. Porque ahora estás enfermo de otra cosa.
—¿Ah, sí? —exclamé—. ¿De qué?
—De impaciencia —dijo, riéndose—. Ahora en serio, no me vuelvo a reír de ti, José María. Pero acuérdate de ponerte la chaqueta.
Me vestí rápidamente y me puse la chaqueta.
Llegué a cubierta justo a tiempo para contemplar la isla por última vez antes de que la luz se extinguiera.
Era rocosa y montañosa. Las casas eran pequeñas y compactas a su lado, y se acurrucaban unas con otras por miedo a lo que tenían detrás.
En realidad, esa composición pintoresca era muy agradable a esa hora, cuando la tarde avanzaba lentamente hacia el crepúsculo.
Las paredes blancas de las fachadas se oscurecían hasta convertirse en un gris piedra, los tejados planos de color rojizo se escondían tras la sombra de la montaña, y las pequeñas ventanas miraban fijamente el mar bajo la luz del atardecer.
Los dos edificios más grandes —los conventos— y la iglesia parecían vigilar el resto de edificios desde lo alto.
Al apartar la mirada hacia un barco que estaba anclado cerca, vi a Francisco Salinas en la cubierta principal. Ya se había recuperado del brazo —o fuera lo que fuese— y, por lo visto, bastante bien, porque estaba en medio de una pelea con otros marineros.
Olvidé lo que dijo el señor Benavent de mantenerme alejado de él, y me acerqué a mirar.
Salinas estaba fuera de sí. Daba saltos y agitaba los puños en el aire como si peleara contra algo invisible. Verlo se había convertido en un espectáculo gracioso. Pensé en el cierto parecido que tenía con las rabietas del capitán cuando se convertía en una marioneta de hilos transparentes.
Hay quienes no saben controlarse por debilidad de juicio, y eligen ser como el capitán, o como Francisco Salinas. Y para los más exquisitos, como mi abuelo, que no era menos malo que el veneno.
Por lo que pude escuchar tan pronto como me acerqué, Salinas se había puesto así porque uno de sus compañeros no le había comprado el paquete de pescado salado que le había prometido.
Durante la excursión, él se había quedado tumbado en la hamaca, demasiado borracho como para bajar a tierra con los demás.
Su rabia no era algo nuevo. Se había estado pudriendo durante años.
Y tener la tripa llena de alcohol solo había hecho que esa bola se hiciera más grande.
Los demás marineros también habían bebido lo suficiente para hacer crecer su rabia.
El capitán y el señor Benavent no estaban cerca para poner orden.
Vi la figura de Héctor Aranda en el toldillo, observando el espectáculo. Su sombra se recortaba contra el cielo rojo y delgado del oeste. A su lado, un farol de luz anaranjada brillaba en la popa sin parpadear.
Salinas gritaba y gemía, jadeando, cambiando sus palabras insultantes en cada frase mal vocalizada por el alcohol —ahora era por el pescado, pero antes era por el brazo—.
Aranda bajó despacio por la escalera. Me pregunté si esta vez metería mano en el asunto y lo dejaría en su sitio.
Iba siendo hora de que hiciera algo. Salinas había empezado a meter una y otra vez la mano en los bolsillos, buscando su cuchillo.
Finalmente lo encontró y lo sacó. Miró a su alrededor con sus ojos envueltos de venas rojas e hinchadas.
Estaba a punto de hundírselo a alguien. Los hombres que se encontraban en aquel momento en cubierta dieron dos pasos atrás.
De no haber sido porque el primer oficial se acercó y les llamó la atención, aquello habría acabado mal .
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Aranda fríamente. Su voz retumbó en mi cabeza.
—¿Qué pasa? —replicó el contramaestre, encendido también—. ¡Pues pasa de todo! Este imbécil nos quiere abrir en canal por un mísero paquete de pescado. Me estaba riendo de él hasta que sacó su navajita. ¡El jodido loco!
—Salinas —dijo Aranda con voz tranquila—. Ven aquí. Tengo algo que decirte.
Se volvió con el cuchillo en la mano y echó un escupitajo a sus pies. Sus ojos ahora eran dos trozos de carbón caliente.
Los otros miraron en silencio. Algunos de ellos no pudieron evitar sonreír.
Puede que les hiciera gracia o por simple morbo al ver actuar a Aranda por primera vez.
Los marineros a los que tanto admiraba ahora me parecían estudiantes del colegio de Don Manuel.
Tenían la misma espera sádica de ver sangre de alguno de los dos.
Pero Aranda no apartó la vista.
—He conseguido tu pescado —dijo después de tanta espera.
Todos se quedaron mirando el escenario. Cuando se miraron entre ellos estallaron en un montón de carcajadas. Uno de ellos se cayó al suelo, sin poder parar de reír. En cambio, yo solo pude hacer una mueca, seguida por la presión de los demás hombres.
Eso funcionó para que Salinas se calmara. Se acercó a Aranda y metió de vuelta el cuchillo en su pantalón.