El niño del naufragio CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

Los otros aplaudieron como marionetas de trapo, riéndose y burlándose. El contramaestre recuperó su orgullo y se calmó un poco.

Sus palabras hicieron que se me revolviera el estómago.

—¿Y cómo es que te asustas de un fantasma? ¿Crees en los fantasmitas? —le solté, sin pensarlo demasiado—. ¿No crees que eres un poco mayorcito ya?

—¿Yo? —gritó, golpeando el suelo con el pie—.

¡No me jodas! No tiene nada que ver… No soy el único que cree en ellos.

Nunca se había hablado antes de maldiciones y cosas raras, y ahora todos sentimos que algo no va bien dentro del barco —se inclinó un poco y bajó la voz para que nadie más lo escuchara—.

No es culpa del capitán, que conste, ni del señor Benavent, que es un hombre como Dios manda, y aquí todos lo seguiríamos hasta el fin del mundo, pero…

Y entonces levantó la mano y señaló hacia atrás, hacia la toldilla, donde el señor Aranda estaba de pie, quieto, mirándonos, como si ya supiera que hablaban de él.

—Mira chaval —continuó el contramaestre, que bajó de tono hasta parecer un burbujeo en una charca tapada—.

No quería insultarte ni ofenderte. Pero toda la tripulación ya está nerviosa como para tener estos sustos.

Ya no sabemos qué pensar. Yo soy tan valiente como el que más, pero si hablamos de espíritus… es otra historia.

—Puede que lo que viera el cocinero no fuera más que a este muchacho moviéndose entre las sombras por abajo —dijo uno de los marineros, señalándome con la barbilla—. ¿Bajaste al pique de proa antes?

—No —respondí—, pero vi a Salinas viniendo por ese camino. Quizá lo había confundido con el fantasma.

No había terminado la frase cuando el propio Francisco Salinas apareció de la nada, caminando a su paso tambaleante por la cubierta principal.

Justo en ese momento, una ola golpeó el barco, haciendo que se balanceara.

Salinas cayó al suelo hecho un ovillo, maldiciendo a todo el mundo.

Tras intentar levantarse unas cuantas veces sin, lo consiguió.

Se sostuvo de pie, agarrándose de la barandilla del barco, jadeando como un animal herido.

Sus ojos turbios y parpadeantes nos miró.

—¡Eh! ¿Qué pasa aquí, compañeros? —gritó—. ¿Qué es esta maldita reunión bajo la luna?

—Estábamos hablando del fantasma —dijo el marinero que me había preguntado.

—¿Fantasma? —soltó Salinas, soltando una carcajada ronca—. ¡Pero qué estás diciendo, idiota! No existen los fantasmas. ¿Miedo a un fantasma? ¡Anda ya! ¡Si queréis, os canto una copla para quitaros el miedo!

Se puso a cantar sin que nadie se lo pidiera, fanfarroneando con la borrachera. Sus ojos giraron en busca de pelea, hasta que los fijó en mí. Entonces soltó la barandilla y se dirigió hacia mí, tambaleándose como si el suelo se moviera más que el barco.

—Aquí tenemos a un joven valiente que no tiene miedo a los fantasmas —dijo—. ¿Verdad, amiguete?

Mientras lo decía, me echó su cara hinchada por el alcohol encima.

Su aliento apestoso y caliente entró por mis fosas nasales de inmediato, y me aparté dando un par de pasos a un lado.

Eso hizo que se enfadara. Me preguntó si pensaba que tenía alguna enfermedad o algo, que por qué me apartaba de él.

—Siempre he detestado a los putos niños. ¡Ya verás cómo te pongo en tu sitio! —dijo con un gruñido.

Sacó el cuchillo de marinero que guardaba en su bolsillo e intentó abrir la hoja con sus dedos maltrechos. El contramaestre se lo quitó de un tirón. Parecía saberse la escena de memoria.

—¡Déjalo en paz, puto borracho inútil! —le dijo—. ¡Y lárgate antes de que te eche por la borda!

Salinas se frenó en seco. Balbuceó que solo estaba bromeando, y que no tenía intención de hacerme daño.

Solo quería darme un pequeño susto. Añadió que me había cogido cariño, y soltó un montón de tonterías sentimentales.

Se fue de allí apartando a los demás marineros de su camino, bajo la mirada del contramaestre, que no le quitó el ojo hasta que desapareció de su vista.

Sus quejas de borracho se fueron apagando, hasta que de repente empezó a insultar, cada vez más alto. Después de unos pasos más, tropezó otra vez y cayó de bruces en la cubierta. Esta vez no pudo levantarse.

Antes de volver a mi camarote, eché un vistazo hacia la toldilla. Allí seguía el señor Aranda mirando el mar, quieto como una estatua de mármol bajo la blanquecina luz.

Me acosté de nuevo, y esta vez conseguí quedarme dormido, pero en un dormir liviano e inquieto, poblado de sueños que parecían demasiado vívidos para no ser más que sueños. Indudablemente, más vívidos que ningún otro sueño que había tenido en mi vida.

En ellos aparecía mi abuelo putrefacto con el bastón, echándome la bronca por haberlo matado; a veces Francisco Salinas abriéndome en canal con su cuchillo de marinero, y otras veces los dos juntos mezclados en una especie de pantomima oscura y perturbadora.

Cerca de hacerse de día, soñé que naufragábamos.

No conseguí descansar nada aquella noche .

Al despertar, me di cuenta de que realmente el barco se sacudía y se ladeaba con violencia.

El día había amanecido con nubes grises y negras.

Era la primera vez desde que estaba en alta mar que me sentía mareado, y me dolía la cabeza como si me hubiera dado contra una pared.

Estaba demasiado débil y enfermo como para levantarme cuando llegó la hora de desayunar.

Un rato después de sonar la campana, el señor Benavent vino a mi camarote. Cuando abrió la puerta, lo primero con lo que se encontró fue con un niño pálido y descompuesto, incapaz de incorporarse aunque fuera un poco.

Se acercó, puso su mano sobre mi frente y salió sin decir nada. Tardó pocos minutos en volver. Trajo con él una botella de cristal con un líquido transparente, igual a la que había matado a mi abuelo.

Traté de negarme a tragar esa medicina, pero el señor Benavent me agarró por el mentón y me metió la cuchara a la fuerza.

Las náuseas tardaron horas en irse, y la medicina no hizo su efecto hasta más tarde.

Le pregunté si ya estábamos cerca del puerto. Sentir el aire sobre mi cara me haría sentir un poco mejor. También me apetecía dar un paseo por tierra firme.

Me contó que el viento había cambiado al noroeste, y nos había dejado sin poder entrar en La Orotava. Ahora teníamos que bordear toda la isla para llegar a otro puerto. Para animarme, añadió que en la otra parte de la isla el mar iba a estar más calmado.

—Descansa —dijo, envolviéndome con otra manta que había traído y poniéndome la mano de nuevo en la frente—. Abrígate bien. Parece que te has resfriado. Tienes un poco de fiebre. La medicina que te has tomado debería ayudarte a dormir bien. ¿Tuviste frío en cubierta anoche?

Me sorprendió la pregunta. Pensé que se refería a cuando estuve fuera después de acostarme en el camarote, no antes.

—¡Ah! —dije—. ¿Te lo ha contado el señor Aranda?

—¿Contarme? —preguntó—. ¿Contarme qué ?

—Pues… lo del fantasma. Y lo de Salinas —dije yo.

—Tranquilo, hijo —dijo muy suavemente—. Solo estabas soñando.

Si no me hubiera sentido tan débil, creo que me habría reído. El señor Benavent tenía el rostro tan serio y convincente que estaba seguro de que no sabía nada de lo de ayer.

Antes de que se enterara por otros, fui yo mismo quien le contó lo que había pasado anoche, con Francisco Salinas y los demás. Se sentó en una silla junto a mi cama y me escuchó en silencio, sin interrumpirme para regañarme por haber salido sin su permiso.

Cuando terminé se quedó mirando al suelo, pasándose los dedos a través de la barba, buscando una respuesta a lo que le acababa de contar.

Al final levantó la vista y me pidió que no le contara nada de eso al capitán.

Pensaba que era mejor no decirle nada. Sabía que si el capitán se enteraba, echaría toda la culpa a Aranda por no haber vigilado bien a la tripulación, y las cosas ya estaban bastante calentitas en ese momento.

—Además, él no ha dicho ni una palabra —añadió—.

Si lo hubiera hecho, ya me habría enterado.

Hablaré con él personalmente. Y también investigaré cómo se las arregla Salinas para conseguir alcohol.

Si lo ha robado de nuestras reservas o, lo más probable, que lo haya metido de contrabando.

Ese sí que es el verdadero fantasma que ronda nuestro barco. Deberíamos controlarlo un poquito.

No me sorprendió que quisiera ocultárselo al capitán. Últimamente, las estaba tomando todas con Aranda. Lo tenía en el punto de mira, y lo regañaba por cualquier cosa. Los demás hombres ya no recibían los gritos del capitán, ni siquiera el carpintero lento.

El señor Benavent se marchó del camarote, y me prometió que volvería cuando me encontrara un poquito mejor. Me dijo que no se me ocurriera salir en esas condiciones, ni aunque me doliera menos la cabeza. También me pidió que me abrigara y que me quedara acostado por el resto del día .

El movimiento del barco se había tranquilizado un poco, y la medicina comenzaba a hacerme efecto.

Me quedé dormido casi de inmediato, cayendo primero en un sueño superficial e inquieto, que en las dos últimas horas se había hecho más profundo.

Cuando desperté, ya era por la tarde. El ojo de buey del camarote dejaba entrar una luz cenicienta y reconfortante de color azul y blanco, haciéndome creer que todo lo de fuera estaba bien.

El barco apenas se movía, y lo hacía más lentamente, sin ser angustioso y sin causarme náuseas.

Me incorporé de la cama y miré hacia fuera con un poco de esfuerzo —seguía sintiéndome tan débil como un trapo mojado—. Al fin habíamos llegado al puerto.

A medio kilómetro de lo que llegaba a ver a través del ojo de buey, había una tierra escarpada y alta, con algunas casas de piedra que brillaban bajo la luz cálida de la tarde. Los tejados de ladrillo rojo parecían arder en llamas.

Al rato entró el señor Benavent para ver si estaba despierto —ya había pasado varias veces antes, mientras dormía.