XVI. La pobre diabla. Elbasan-Madrid, (2012-2024)
Sus grandes ojos ámbar, casi dorados, tenían la culpa de todo; chispas que llamaban la atención de todo el mundo y paradójicos responsables de su perdición.
***
No se quería arriesgar: la habían advertido que acudiese a primera hora porque la discoteca solía completar rápido el aforo y se podría quedar fuera, así que consiguió que todas las amigas se subieran al autobús un poco antes de lo previsto.
Se había comprado con los ahorros un vestido azul para la ocasión —demasiado corto, según su padre—, que se puso con unos zapatos con un poco de tacón que le había prestado su madre: los que usaba para los días festivos cuando se arreglaba un poco.
Una de las amigas consiguió un frasco de laca de uñas de color rosa y todas se las pintaron iguales antes de coger el autobús.
Ya verían cómo se lo quitaban, después de la disco, para volver a casa.
Cuando llegaron, la cola para entrar era ya muy larga y avanzaba muy despacio. Ellas, muy nerviosas y excitadas por la novedad, chillaban, mientras se retocaban el pelo unas a otras, deseosas de llamar la atención.
Quedaba ya poco para que les tocase, apenas tenían cinco personas delante, pero un portero dijo entonces que el aforo estaba completo y para entrar deberían esperar hasta que otros fuesen saliendo.
Ellas entonces protestaron, haciéndose oír.
Un hombre, un poco mayor y muy bien vestido, se acercó, les pidió que lo acompañasen y le dijo al portero:
—Estas bellezas son amigas mías, así que pasan.
La pista estaba llena de gente bailando muy animada. Sonó la canción de moda y todos enloquecieron danzando y cantando a coro.
Tras una hora de bailoteo, agotadas, se acercaron a la barra: podrían pedir un refresco con el dinero que se habían ahorrado con la entrada. Mientras esperaban, el hombre se acercó de nuevo y les preguntó qué querían tomar. Estaban invitadas.
—Con esos ojos podrías ser portada de las mejores revistas de moda —dijo el hombre —. Yo soy jefe de una agencia de modelos y desde que te he visto en la cola de la entrada me he quedado impresionado. Podría ayudarte a conseguirlo.
Ella, la infeliz, lo había creído. Era muy joven, muy ingenua y algo atolondrada. Se hizo muchas ilusiones. Se vio como una de esas modelos que triunfaban en las pasarelas, París, Milán…
Cuando Rosanna se lo planteó por primera vez a sus padres le dijeron que no, que no tenía edad todavía para esas aventuras.
Insistió a diario hasta la saciedad, como solía hacer cuando se le metía algo en la cabeza, y al final, lo consiguió.
Como los padres no podían financiarle ningún viaje, les pareció que, al menos, si no salía lo de modelo, vería mundo.
No le querían dar falsas esperanzas a su hija, pero tampoco les pareció descabellada la idea: Rosanna era preciosa.
Un día le anunció a su madre que, por fin, se iba a Londres para hacer una prueba de fotografía en una agencia. Era una gran oportunidad que le permitiría iniciar su carrera como modelo. La agencia le pagaba también el viaje.
Su madre la acompañó al aeropuerto: vio cómo se alejaba, moviendo la mano en un adiós, por el finger del avión con una maleta bastante pequeña.
El hombre le había dicho que no le hacía falta mucho, eran solo unos días y además, si la maleta era muy grande tendrían que facturarla y pagar más. Rosana no quiso abusar.
—Llámame en cuanto llegues, Rosanna, para quedarme tranquila.
—Sí, mamá, descuida, en cuanto llegue te llamo. Te lo prometo.
De Londres no llegó a ver nada y tampoco pudo llamar a su madre. El viaje, inicio del ascenso de su carrera, coronó finalmente en España, aunque no para ser modelo, sino víctima de una red de trata de mujeres. Desde aquel nefasto día del verano de 2012, en Elbasan no habían vuelto a saber de ella.
***
Cuando supo de su embarazo, un par de años después, intentó huir y regresar a su país en dos ocasiones.
Todo fue inútil. Creía haberlo planeado bien, pero la alcanzaron las dos veces y la amenazaron, de nuevo, con hacerle daño a su familia.
De no ser por su estado la hubiesen molido a palos.
Le habrían aplicado uno de sus correctivos, lo sabía de sobra.
Era una rehén y se lo habían dejado claro desde el principio.
No tenía ni idea de quién podía ser el padre: alguno de los puteros con los que la obligaban a trabajar, pero sí sabía que ella era la madre y no hacía falta más. El niño era suyo y eso le bastaba para amarlo: durante nueve meses había crecido dentro de ella, poco a poco.
Las últimas semanas lo había sentido moverse y había visto esos pequeños bultos cambiando de posición en su vientre : «Eso debe de ser un pie», imaginaba ilusionada.
Tras el parto le dijeron que su hijo prematuro había nacido muerto. Sabía que mentían; ella lo había visto nacer: un niño muy pequeño al que oyó llorar con fuerza. Ese recuerdo le dejaba el alma negra, hueca y aullante como un túnel.
«¿Por qué no había sido todo un mal sueño y se despertaba en Elbasan junto a su madre?» se atormentaba pensando.
Después de perder a su hijo, supo que aquello era definitivo y claudicó, derrotada y sometida.
Había sido una ilusa; la habían manipulado fácilmente con falsas alabanzas y su ingenuidad había llevado a su propio hijo, aunque no lo había buscado y también la habían engañado con eso, al mismo infierno en el que ella se había metido sola.
Conocía, por otras mujeres con las que compartía esclavitud, lo que hacían con los hijos de las prostitutas rehenes: le habían contado historias siniestras.
No lo había rescatado a él; no lo había protegido, así que ella tampoco se sentía con derecho a salvarse.
No creía merecerlo y no le quedaban fuerzas ya para luchar contra los ultrajes y las palizas, aunque seguía preguntándose a diario: «¿Qué habrá sido de aquel bebé tan pequeño al que no pude, ni siquiera, coger en mis brazos un solo momento? ¿Vivirá?».
La pobre diabla —la que un día en Elbasan fuera la joven, ingenua y atolondrada Rosanna— se culpaba a sí misma y rezaba.
Rezaba llamando a las puertas del cielo y le pedía a su Dios que alejara a su hijo del negro hado que lo acechaba; le suplicaba que lo enviara a un hogar donde fuese amado y protegido.
Solo ese deseo aliviaba su baldío tormento, que creía ya sin redención.
***
En Elbasan, su madre, después de 24 horas sin noticias de su hija, angustiada, acudió a la policía: le aconsejaron poner una denuncia por desaparición.
Pasados unos días, un inspector la telefoneó para preguntarle si había alguna novedad y había recibido la ansiada llamada de Rosanna.
Tras conocer la respuesta, el inspector le confesó la verdad: se habían registrado otros casos como el suyo en la ciudad en los últimos años, por lo que todo apuntaba a que su hija había sido víctima de una red de trata de mujeres de calado internacional. Sin mucho tacto añadió:
—Deben hacerse a la idea y rezar por ella; es lo único que pueden hacer. No creo que la vuelvan a ver.