Epílogo
No fue casualidad que Samuel pasase justo en ese momento, entre la maragota y el sargo, por el aparcamiento del puerto de Cudillero, ni fue casualidad tampoco que Antonio y sus amigos cambiasen de planes a última hora, aquel domingo en Llanes.
Estos dos hechos fueron clave en el transcurso de esta historia, propiciando la protección necesaria y el blindaje final con los que el niño del charco pudo dar esquinazo a su propio sino para convertirse en el feliz niño del acebo, custodiado por los tres guardianes y, a salvo de su incierto linaje, de su azarosa estirpe y de su encharcada procedencia.
Porque, de no ocurrir de este modo, ¿cuál habría sido su destino?, ¿quién le hubiese cubierto las espaldas?
Samuel y Antonio se hicieron estas preguntas compartiendo la certeza de que esos hechos no fueron fortuitos, sino propiciados, pero ¿cómo explicarlo?
Para Leucipo de Mileto (Siglo V a. C): «Nada procede del azar, sino de la razón y la necesidad». Afirmación reformulada muchos siglos después por Leibniz en el principio de razón suficiente : «S i ocurre hay una explicación por la que ocurre así y no de otro modo ».
Explicación desconocida, atribuible al destino, a Dios invocado por los rezos de la Pobre Diabla o, tal vez, solo se trate de justicia poética: una bala blanca había alcanzado a la oveja negra.
¿Logrará Rosanna la justicia que merece?