XV. El malnacido. Madrid, 2015-2024 #4
—¡Déjate de sermones! A ver si te enteras: yo soy socio mayoritario y tú oposición es simbólica.
Tengo un buen comprador y es una buena oportunidad.
Tú te llevarías tu parte, que es un buen pico y yo me llevaría la mía, que invertiré en otro negocio que vaya más con mi filosofía de vida.
Tengo alguna idea y necesito capital para empezar, ¿entiendes?
—Yo lo que entiendo es que tu negocio es el mismo de siempre, el de los vicios y que con ese capital harás lo mismo que con todo lo demás: dilapidarlo de la misma manera, hasta que termines tirado en la calle.
—Yo no soy como esa chusma de la calle. ¡Cómo te atreves!
—Me atrevo, claro que me atrevo, y te diré más: si vendes esta empresa, en nada, acabarás como ellos, mendigando por unas monedas para poder colocarte, pero si estás dispuesto, puedo hacer una última cosa por ti.
Puedo financiarte una cura de desintoxicación.
Está en tu mano y no creo que te sobren las oportunidades.
Se marchó de allí dando un portazo. Se iba a enterar aquel viejo dándole órdenes. La empresa casi era suya, por lo tanto la vendería con su aprobación o sin ella.
Llamó al contacto que le había hecho la oferta. Este le dijo que sin el acuerdo de todos los socios no le interesaba y no quería comprar solo su parte, aunque fuese la mayor, quería el cien por cien de las acciones y el control.
Tras colgar el teléfono con el comprador, frustrado, llamó a su nuevo camello y le pidió que le fiase, pero este le dijo:
—Yo no fío. Si no puedes pagar coca, tengo mercancía más barata…
Y esta vez, por primera vez, se puso de crack —lo único que podía pagar ya—. El sueldo de oficinista que cobraba de la empresa de neumáticos le había dado para la primera semana del mes. Estaba en la ruina.
No tardó mucho en verse en la calle; había tocado fondo.
El banco le había embargado también la casa, que había sido la familiar, por un aval que su socio había hecho para una de las discotecas y él había firmado, aunque no lo recordaba.
Supo entonces que lo único que podía hacer era someterse al viejo Agustín y entrar en un programa de desintoxicación.
Cuando volvió por la empresa de neumáticos, con la cabeza gacha, Agustín tardó en reconocerlo. No podía dar crédito del deterioro físico que había sufrido en tan poco tiempo.
—Eres como un cadáver, casi no te reconozco. ¡Menos mal que tu padre no vive para ver esto! ¡pobre hombre! Con lo que luchó en la vida para darte una buena posición y con el patrimonio tan respetable que te dejó y lo has perdido todo.
—Todo no, me queda esta empresa todavía —puntualizó él.
—Todavía, eso es; en eso llevas razón —sentenció Agustín.
El internamiento en la clínica fue un suplicio del que prefería no acordarse.
Estuvo veinte meses encerrado y salió de allí con un diagnóstico complejo.
Según el psiquiatra sufría un trastorno obsesivo compulsivo y otras cosas, que lo obligaba a tener control médico de por vida, además de una revisión quincenal y medicación diaria.
Después del primer mes, más o menos, de estar limpio comenzó a tener un nuevo sueño. Al dejar las drogas había recuperado esa capacidad otra vez.
El sueño era el del niño del charco, pero ahora se habían cambiado los papeles y él era el hombre de la cazadora verde que hacía exactamente lo que había hecho el de la realidad: se acercaba al bebé que lloraba, se quitaba la cazadora, lo recogía y lo envolvía acercándolo al pecho.
El bebé no se reía; simplemente dejaba de llorar, agradecido.
Pasadas las Navidades del 22 al 23 recibió el alta de la clínica de desintoxicación. Seguía cobrando el sueldo de oficinista de la empresa de neumáticos que le permitía pagar un pequeño apartamento que Agustín le ayudó a alquilar.
Nunca había reparado en la posibilidad de que aquel niño siguiese vivo. Se había despreocupado completamente de él, pero ahora deseaba conocer su paradero: si vivía era de su propiedad. Tuvo una nueva ocurrencia...
Comenzó la búsqueda. Primero rastreó las noticias de la época, recordaba la fecha perfectamente, por ver si se había publicado algo en la prensa local.
Solo encontró una reseña de lo ocurrido, pero no daban ninguna información sobre las circunstancias, solo que el niño se encontraba bien y lo habían trasladado al hospital más cercano. Había sobrevivido pues.
Localizó el hospital más cercano, el Universitario y llamó preguntando por un caso de abandono de un bebé en Cudillero, en una fecha concreta, que según las noticias, habían trasladado allí.
La persona de centralita le dijo que la información y la identidad de los ingresados estaba protegida por confidencialidad, pero, no obstante, lo que sí le podía decir era que ni en la fecha que él le señalaba, ni en fechas cercanas se había registrado ningún ingreso por abandono.
Era un caso de hacía más de siete años y el hospital no tenía nada, ni ingreso, ni historial.
No lo habían llevado a ese Hospital, —eso era seguro, le había dicho la persona que lo atendió—. No estaba en el sistema.
Llamó a varios hospitales más y obtuvo la misma respuesta: no había ningún ingreso por abandono en esas fechas.
En Servicios Sociales le hablaron de protección de datos, de confidencialidad y de información restringida. De ahí no iba a sacar nada.
Por último, lo intentó con la policía. Buscó por la red y llegó a la conclusión de que el caso por territorialidad y características se tuvo que asignar a la Policía Judicial de una comisaría de Gijón.
Llamo y contestó una chica muy amable que le dijo también que no podía facilitarle ninguna información sobre ningún expediente, aunque lo que le comentaba no le sonaba de nada.
Él le dijo que no necesitaba ninguna información concreta solo saber si se había abierto un caso de un bebé abandonado en Cudillero en esas fechas: había encontrado en la prensa la noticia antigua y trabajaba para un canal de televisión que estaba realizando un reportaje de investigación sobre abandono de niños en España.
La chica entonces consultó su base de datos y le dijo que no había nada registrado en el sistema.
Ese caso que él comentaba no lo habían llevado allí.
Lo intentó en otra comisaría con el mismo cuento del reportaje de investigación y con el mismo resultado: el caso no existía.
El niño seguía vivo, pero su rastro había desaparecido. No sabía nada, ni siquiera la identidad de los testigos, ni del hombre de la cazadora verde. Estaba convencido de que alguien había hecho desaparecer el rastro del niño. El pequeño, al parecer, tenía guardianes.
En otros tiempos, se lamentaba, cuando tenía dinero lo hubiese conseguido: el dinero permite comprar cualquier cosa, hasta un niño de carne y hueso. Abatido, sintió de nuevo la aplastante sensación de fracaso que lo perseguía desde que había fallecido su padre, dejándolo solo y a la deriva.
El nuevo sueño era persistente, aunque había cambiado: no lograba recoger al niño, que se hundía en un pozo sin fondo. Se despertaba insoportablemente angustiado. Tampoco ayudaba el descontrol de la medicación, y lo poco responsable que era con las visitas al psiquiatra.
Una noche, no pudo más y salió en busca de consuelo —no le costó mucho encontrarlo, sabía de sobra dónde buscar—.
Unos meses más tarde la policía acudió a una callejuela en una barriada de las afueras de Madrid por una llamada al 112.
Habían encontrado un cadáver entre dos contenedores: muerte por sobredosis.
Varios testigos lo identificaron como un yonqui habitual de la zona que, aunque se daba muchos aires de grandeza, vivía en una pensión barata de la calle de al lado y mendigaba de vez en cuando.
En un periódico de tirada nacional se pudo leer en las necrológicas:
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El señor Don Alfonso De la Fuente Zabaleta
Falleció en Madrid, el 15 de marzo de 2024, a los 51 años de edad.
D.E.P .
Su familia y amigos ruegan una oración por su alma.
El funeral de cuerpo presente se celebrará el 16 de marzo a las cinco de la tarde en la iglesia parroquial de Santa Cruz.