XV. El malnacido. Madrid, 2015-2024 #3
Estaba todavía adormilado cuando lo desnudó con bastante dificultad.
En la vida había cogido a un niño tan pequeño; era como un muñeco, pero desmadejado.
Debajo del pijama llevaba un pañal y al retirárselo comprobó que era, efectivamente, un varón, pero lo que se encontró lo enfureció muchísimo: tenía puesta una de esas pinzas para el cordón umbilical.
El niño de su sueño no la llevaba. No sabía quitársela, además, seguro que sangraba mucho y la sangre tampoco formaba parte del sueño.
Las cosas no tenían que salir así; no eran como tenían que ser.
Para colmo el pañal estaba sucio… El bebé había hecho sus necesidades.
Se sorprendió de la cantidad, con lo pequeño que era, y del olor repugnante que perfumó el ambiente.
Lo limpió como pudo con el propio pañal.
Cabreado metió al niño en el saquito, para que no se enfriase mientras tanto.
Al pensarlo con un poco de más de calma hubo de admitir que era lógico: llevaban muchas horas de viaje y él había parado para ir al servicio.
El pequeño tenía derecho también a aliviarse, además, eso demostraba que, como le habían dicho, era autónomo en sus funciones vitales.
Cuando el segundo hombre enfiló la recta por el paseo hacia el pueblo se decidió.
Con el coche llegó hasta el aparcamiento.
Ese hombre ya estaba de espaldas, y el del dique seguía a lo suyo, mirando al mar.
Sacó al niño del saco y buscó un charco; eligió el más grande, justo por detrás del coche.
Aunque alguien mirase en ese momento hacía allí, no podría ver nada, el coche lo tapaba todo.
El bebé comenzó a llorar con más intensidad cuando lo dejó sobre el charco, al notar el frío del agua y él, por precaución, salió pitando.
Una vez en el mirador, se posicionó y preparó su cámara.
El hombre del carrito empezaba a recoger y al segundo hombre ya no se lo veía por la recta, pero había aparecido un tercero en el escenario con una cazadora verde militar.
Enfoco entonces la cámara hacía el charco y no se lo podía creer: desde ese puesto, justamente, no se veía el charco del niño, lo tapaba una zona verde con un poco de elevación y el quitamiedos de la curva.
—¡Me cago en…! —juró en voz alta.
No le quedaba otra opción que bajar por la carretera a buscar mejor posición. Así lo hizo.
Tras recorrer unos cuentos metros, maniobró —después de cruzarse con una furgoneta de reparto— para dejar el coche en sentido contrario y así visualizar el charco, grabarlo todo y salir disparado si fuese el caso. Ese sí era un ángulo muy bueno, aunque el coche quedaba demasiado expuesto.
En escena había aparecido una pareja que caminaba por detrás del hombre de la cazadora verde, mientras que el del carrito había emprendido la marcha de regreso al pueblo.
Calculó que sería el hombre de la cazadora verde el primero en llegar.
El niño ya lloraba a pleno pulmón cuando el de la cazadora verde se paró al llegar al aparcamiento y giró la cabeza en todas direcciones buscando, hasta que fijó la vista, y comenzó a aproximarse.
Al llegar a la posición del niño le gritó algo a la pareja que venía por detrás, agitando también los brazos mientras se quitaba la cazadora, que a continuación se colocó debajo de la axila.
Se desplazó ligeramente para agacharse tapando con su cuerpo al niño.
Lo recogió del suelo y lo envolvió, aunque él no pudo verlo con claridad.
Cabreadísimo de nuevo: no sabía si al final el niño se había reído, igual que en su sueño.
La pareja se acercó al hombre con el niño en brazos y le pareció que, en ese momento, miraba en su dirección, al mismo tiempo que se acercaba el hombre del carrito que también miraba hacia arriba. Lo habían visto; tenía que largarse.
En cuanto salió del pueblo y cogió la autovía de vuelta, furioso y ansioso, paró en la primera gasolinera que encontró y, en la parte de atrás del aparcamiento, se metió un par de rayas más.
Todo había sido un desastre: el coche, la pinza del niño, el charco —eso había sido error suyo, reconoció— y ese idiota de la cazadora.
No era eso lo que tenía que hacer; no era eso.
Cuando emprendió la marcha de nuevo, estaba un poco más calmado.
Llegando a Benavente se desvío por una carretera secundaria y encontró un par de contenedores de obra en las afueras de un pueblo, al pie del camino.
Allí mismo tiró todo lo que había pertenecido al bebé: el pijama, el saco y el pañal, metidos en una bolsa de plástico en uno de los contenedores y la sillita en el otro.
Sin más paradas se dirigió a Madrid y llegó a última hora de la tarde; dejó el coche en la zona reservada para devolución de vehículos de la sucursal de alquiler y cogió un taxi para volver a su casa.
Tras darse una ducha, metió toda la ropa corriente en una bolsa de basura y la tiró en un contenedor de la urbanización.
Pasó el resto del día en casa. Cenó tranquilamente y durmió del tirón.
Su vida siguió por los mismos derroteros.
Batman seguía siendo su proveedor habitual y él, cada vez, se hacía un poco más dependiente.
Así se mantuvo varios años hasta que el banco le embargó la otra discoteca y se vio obligado a vender lo poco del patrimonio que le quedaba ya. Empezó a asustarse de verdad.
Su antiguo socio, el de la discoteca, se desentendió de él en cuanto captó que se le estaba acabando el dinero, dejándole además un pufo de mucho cuidado.
Desde aquel día en Cudillero, el sueño del niño del charco había dejado de visitarlo por las noches.
De vez en cuando ojeaba la grabación —la única copia que guardaba bajo llave—, pero era muy frustrante.
No tenía nada que ver con el subidón de lo soñado y se despertaba con el calzoncillo húmedo.
Se había quedado sin nada: quiso manipular su mundo onírico, pero había fracasado.
Comprendió demasiado tarde que los sueños, sueños son.
Por más que lo intentaba con las mujeres, y con las drogas, desde el sueño no había vuelto a conseguir el orgasmo. Solo lo conseguía con la risa de aquel bebé que ya se había esfumado.
Una noche que estaba muy colocado, tampoco llegó a nada con la chica que le había enviado Batman, así que le dio una paliza y la largó de cualquier manera, por pura impotencia .
Con Batman había tenido ya varios encontronazos. Le había fiado en muchas ocasiones y esa noche, después de recoger a la chica y comprobar cómo la había dejado, le dijo que se había acabado:
—Yo soy camello de gente de nivel, no de pringados. Además, te pasas mucho con las chicas y ninguna quiere hacer este servicio, ni las más arrastradas. Ya no puedes pagar cocaína ni putas sanas. Tendrás que pasarte al crack .
—¡Qué dices, Batman! ¡Con quién crees que estás hablando! Yo no soy como esa chusma del crack que deambula por las calles pidiendo. No te pases, ¿eh?
—Yo tengo un negocio, ¿entiendes? Y tú ya no eres rentable.
Empiezas a ser como esa chusma que dices y ya no le das buena imagen a mi bussines.
De momento, si no tienes dinero no me llames, ¿lo pillas?
Ya tienes conmigo una deuda considerable.
No te vuelvo a fiar ni un céntimo y, a partir de ahora, si quieres que te cante la pasta por delante; que no soy una ONG.
Y mira, aunque soy proxeneta y no profeta, me aventuro a adelantar tu futuro: chungo, muy chungo.
—¿Y te atreves a vacilarme así con el dinero que has ganado conmigo? ¡Eres un cabronazo! ¡No tienes vergüenza!
—«Vergüenza» dices tú…Lo que me faltaba por oír —concluyó Batman.
Después de aquello cambió de proveedor y descubrió que era, además, mucho más barato que Batman, pero, es justo decirlo, la droga era de mucha peor calidad. Dadas sus últimas experiencias decidió que unos días del sexo, también podía prescindir.
No le quedaba ya nada que vender, salvo la antigua empresa de neumáticos que, por suerte, seguía siendo rentable.
El problema era que en esta, aunque era accionista mayoritario, no tenía el control.
El otro socio, el que fuera la mano derecha de su padre, era un hombre chapado a la antigua, de los de antes y llevaba la empresa con mano firme.
Seguía yendo a trabajar todos los días a las ocho de la mañana con traje y corbata, a pesar que tenía edad para jubilarse.
Ya su difunto padre decía que Agustín, como se llamaba, controlaba todo lo que pasaba en la empresa y sabía hasta lo que se gastaba en grapas.
Con Agustín había tenido varios enfrentamientos, pese a que no se atrevía con él —era un hombre de mucho carácter que no se dejaba intimidar—. Como gerente de la empresa, Agustín le había puesto a él un sueldo como accionista principal, pero con nómina de oficinista, tan solo por tenerlo lejos.
Lo cierto era que la empresa seguía siendo muy rentable y a la venta podría sacarle una buena suma, de la que a él le correspondía un poco más de la mitad.
Ya tenía un comprador muy interesado que llevaba tiempo tentándolo con la compra y como era lo único que le quedaba, se armó de valor y fue a visitar a Agustín para planteárselo.
—Mira. A ti nadie te ha dicho las verdades y como falta tu padre, te las voy a decir yo: solo eres un yonqui que no ha servido para nada nunca. Has despilfarrado todo el patrimonio que él levantó con trabajo y mucha vista.
»Él era un lince y tú siempre has sido un malcriado y un inútil.
Nunca te dijeron « no» a nada, por eso has acabado así.
Tu madre te consintió siempre y cuando ella falleció tu padre ya no tuvo tiempo a cambiarte…
Él lo sabía, pero su muerte repentina no le permitió dejar las cosas arregladas de otra manera.
»Si consiento ahora que vendas esta empresa, perderás lo último que te queda. A mí no me hace falta el dinero, tengo suficiente, pero no puedo permitir que lo hagas por el respecto que le tuve a tu padre y por su memoria. No lo merece —dijo Agustín con contundencia.