El niño del charco XV. El malnacido. Madrid, 2015-2024 #2
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XV. El malnacido. Madrid, 2015-2024 #2

Estaba convencido de que el lugar donde ocurría el sueño era Asturias.

En el aparcamiento de un puerto pesquero, no sabía exactamente cuál, aunque conocía muy bien la costa asturiana porque veraneaba desde pequeño allí con su familia.

Tenían una casa de campo preciosa sobre un acantilado en una zona de veraneo muy concurrida y cotizada que vendió, al año siguiente de morir su padre, para invertir en la discoteca.

Su padre era muy aficionado a la pesca y solía ir al puerto de Cudillero.

A veces, de niño, lo acompañaba, aunque aquello no era lo suyo.

No tenía paciencia suficiente y se aburría como una ostra, esperando que un pez se decidiera a picar el anzuelo.

No entendía cómo había tantos aficionados que se podían pasar horas así, casi sin moverse, mirando al mar.

Un fin de semana decidió volver a Asturias y dar una vuelta por Cudillero, como si fuese un viaje de localización de exteriores. Se rio de su propia ocurrencia.

Pudo comprobar que el puerto de Cudillero era perfecto: un aparcamiento al fondo, después de una recta bastante larga, con un amplio paseo paralelo a la carretera que al final seguía hacia arriba en una curva de ciento ochenta grados.

Esa disposición ofrecía una  panorámica estupenda que permitía visualizar todo el puerto.

En época de veraneo, ese paseo estaba muy concurrido, pero el resto del año era bastante tranquilo: solo algunos lugareños y muy poco tráfico. No había, además, ninguna cámara en toda la zona; eran carreteras secundarias. Ya tenía el escenario: exactamente lo que él necesitaba.

***

Tras recibir la llamada definitiva en la que le comunicaban que era el adjudicatario del niño, buscó en la web de la AEMET la predicción del tiempo en Asturias: Cudillero por horas indicaba lluvias abundantes durante la noche del jueves al viernes.

La mañana de viernes ya despejaba. Tenía que aprovechar esa lluvia.

Un viernes de octubre por la mañana era perfecto, poco concurrido, aunque no desierto. No tenía ni un minuto que perder.

Buscó una empresa de alquiler de coches.

Pidió un monovolumen de cualquier marca, no le importaba con tal que fuese corriente, en gris.

Quería un modelo del que hubiese miles por las carreteras y que se mimetizase con el colorido del asfalto y de la naturaleza asturiana.

Lo dejó reservado y pagado a nombre de una de las empresas.

Contactó con el de la voz enlatada de nuevo, para decirle que le podían entregar al niño esa madrugada con lo necesario para un viaje de unas cinco horas.

Le preguntó si lo podían sedar; el de la voz le dijo que sí, que podían sedarlo para varias horas.

Le dio instrucciones claras y concisas sobre la hora y el lugar de la entrega.

Como era un pago importante, esta vez, sería en efectivo.

Tenía que acudir a un polígono industrial de las afueras, a las cinco de la mañana con el dinero preparado.

Por suerte, un par de semanas antes había firmado la venta de otro piso y le quedaba todavía bastante efectivo.

Una parte importante la había cobrado en negro, así que, este tema lo tenía resuelto.

Tendría que poner en venta otro de los pisos, eso sí.

A la vuelta hablaría con el agente de la inmobiliaria.

El siguiente paso ir a un centro comercial y buscar un atuendo apropiado, también corriente.

Entró en una tienda de una cadena de ropa barata y se hizo con un pantalón tejano, una camiseta gris claro, una sudadera gris oscuro y un anorak negro, además de unas deportivas también negras.

Como le pareció una buena idea para completar el disfraz, se compró una visera y unas gafas de sol, igual de baratas.

Reservó habitación en un hotel del propio polígono para que nadie que lo viese con el coche y con el disfraz esa noche, lo pudiese reconocer.

En ese hotel, así vestido, sería uno más.

De ese modo, tampoco perdería tiempo en el desplazamiento y saldría directo hacía Asturias en cuanto le entregasen al niño.

En el establecimiento del alquiler de coches se cabreó muchísimo: el coche que le habían asignado era blanco.

Era un monovolumen corriente, eso sí, pero blanco.

Les había pedido expresamente uno gris, o en su defecto un color oscuro, negro incluso, o verde, pero nada de colores.

Ellos habían entendido lo de los colores, pero como era blanco, dieron por hecho que le serviría.

La cuestión era que de esas características no tendrían nada disponible hasta el día siguiente.

Había ido hasta el establecimiento en taxi, así que, salió de allí con el coche blanco y muy cabreado, pero no tenía tiempo para buscar otro.

Se registró en el hotel. No le solicitaron el DNI; pagó en efectivo por adelantado y no pidió factura.

Se había propuesto hacer las cosas con cabeza y para eso necesitaba estar despejado.

Después del cabreo del coche, aunque le hubiese venido bien un poco de relax, se contuvo, pediría algo de cenar y se pondría una película para dormir, porque para llegar a la hora convenida, tenía que madrugar bastante.

Así lo hizo, pero después de cenar estaba insomne; le ocurría cuanto estaba nervioso.

No le hizo falta llamar a Batman, simplemente llamó a recepción.

Durante el trayecto de ida hacia el hotel había visto todo un desfile de carne humana en exposición.

La avenida principal del polígono estaba muy concurrida de personajes ofreciendo sus servicios.

Pidió una caribeña, generosa de pechos; algunas de las que había visto por la avenida los tenían enormes. Esa noche tenía ese capricho.

La experiencia no fue según lo deseado: el sexo, sin drogas, no era lo mismo.

No había podido llegar a nada con aquella mujer, que tampoco era gran cosa, la verdad.

Caribeña sí era y de pechos grandes también, pero la cirugía que le habían practicado era de lo peor que había visto nunca, una chapuza de mucho cuidado.

Eso tampoco ayudaba. Le pagó lo acordado y la despidió sin más; no quería llamar la atención.

Acudió puntual a la cita, con el coche y el disfraz de hombre corriente.

Al intercambio acudieron dos hombres grandes de aires marciales, con acento del este que no supo identificar.

Les dio el dinero y ellos le entregaron una de esas sillas de bebé que se colocan en el coche con forma de medio huevo.

Dentro había un bebé diminuto. Llevaba una especie de pijama entero, de una sola pieza y bastante grueso que le quedaba enorme.

Les había pedido también un saquito para meterlo dentro cuando llegase el momento.

El bebé, dormido como un tronco, era blanco y se lo veía sano.

No le pareció oportuno comprobar que era un varón ya que lo del pijama de una pieza era un problema.

Tendría que fiarse. Le colocaron la sillita con el bebé en el coche, en el asiento de copiloto y la sujetaron con el cinturón de seguridad, por lo visto esa silla era especial para eso.

Menos mal, porque él de bebés y sillas, no tenía ni idea.

Contaba con el tiempo justo para llegar a Cudillero y tantear el terreno antes de que ese pequeño se despertase. Esperaba que la sedación durase cinco o seis horas más, como mucho, —eso les había pedido al menos—, porque cuando fuese el momento lo necesitaba despierto y bien despierto.

El viaje transcurrió sin contratiempos, aunque notó mucho lo corriente que era el coche, sobre todo bajando el Huerna.

Paró en un área de servicio un momento, lo justo para comer algo, tomar un café e ir al baño.

Sabía que tenía que contenerse, pero no pudo, era mucha la tensión y se metió una rayita.

Al bebé, como seguía durmiendo, lo dejó donde estaba.

A las diez y media de la mañana entraba en Cudillero, pero por prudencia por la parte de arriba, por el mirador, así no tendría que atravesar el pueblo y nadie lo vería. Esperaba que el niño se fuese despertando para el momento oportuno.

La atalaya era perfecta y dominaba todo lo que pasaba por abajo. Desde allí, pudo ver que había en el aparcamiento varios charcos y de varios tamaños, alguno le serviría.

Había comprado una cámara con teleobjetivo para grabarlo todo y revivirlo siempre que le apeteciese: su sueño hecho realidad.

Vio cómo un hombre con un plumífero azul pasaba por abajo, por el paseo del muelle y se dirigía al dique arrastrando un carrito con varias cañas de pescar. Poco después, paso otro hombre caminando más deprisa, y también varios coches.

El del carrito preparó los aparejos, echó el anzuelo y enseguida sacó un pez muy pequeño que devolvió al mar.

Podría ser una maragota pero a pesar del teleobjetivo no lo pudo ver con claridad.

Mientras, llegó el segundo hombre donde estaba el del carrito; charlaron un poco y se despidieron.

Volvía sobre sus pasos, a buen ritmo. El del carrito sacó del mar otro pez más grande, tal vez un sargo.

El niño comenzaba a hacer ruidos. No era llorar, era un sonido más suave, como un ronroneo; parecía que iba a despertarse.

El segundo hombre, ya de vuelta, estaba pasando justo en ese momento por el aparcamiento. Calculó que le faltarían veinte minutos, como mucho, para llegar al pueblo. El hombre del carrito seguía a lo suyo pescando en el dique y el paseo desierto: era el momento de preparar al niño.