El niño del charco XV. El malnacido. Madrid, 2015-2024
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XV. El malnacido. Madrid, 2015-2024

Recibió la llamada, por fin. Después de año y medio esperando, tenían lo que él necesitaba.

Su contacto, al que no había visto nunca —solo le hablaba por teléfono desde números distintos— le había dicho que había una puja abierta.

Si quería tener alguna opción, no le quedaba otra que superar las cantidades que ofreciesen los otros aspirantes y para eso tenía que entrar en un enlace que le iba a proporcionar él.

Era una web de acceso restringido para lo que, primero, tenía que aceptar una invitación que llevaba parejo el ingreso en efectivo —en un cajero y en el número de cuenta indicado— de una cantidad ya fijada.

En otro mensaje, que le enviarían a una dirección de correo habilitada específicamente para eso, le facilitarían una clave de acceso y, luego, otra clave más de confirmación.

Hizo todo lo que le habían pedido. La puja comenzó con cinco participantes, que a medida que aumentaban las cantidades se fueron echando atrás, hasta que solo quedaron dos.

Finalmente fue el adjudicatario. Por una barbaridad de dinero el bebé era suyo: varón, blanco, recién nacido y sano, pero carísimo.

El parto se había adelantado un poco y el bebé tenía apenas veinticuatro horas; era muy pequeño, pero autónomo en todas las funciones vitales y muy despierto, según le dijeron. Podrían entregárselo al día siguiente o, si lo prefería, esperar hasta que fuese un poco más grande.

Tenía que actuar con rapidez y tomar la decisión en función de un par de consultas que era necesario hacer.

***

A los cuarenta y dos años, era un hombre bastante rico.

No es que se hubiese hecho a sí mismo, pero disponía de un gran patrimonio.

Las mayores empresas las heredó de la familia: una cadena de supermercados y un negocio de neumáticos.

Su padre, ya viudo, había visto el negocio del ladrillo y decidió fundar, además, una constructora, promotora e inmobiliaria: cinco promociones en seis años, a finales de los noventa y primeros del dos mil, se forraron.

La crisis de la burbuja inmobiliaria ya los pilló invirtiendo en otros sectores.

Su padre lo había visto venir y se había retirado a tiempo de la promoción, aunque no pudo disfrutar mucho de su dinero, había fallecido seis años antes, a pesar de que no era muy mayor.

Fue una muerte sin anunciar, fulminante por un infarto.

Él se quedó entonces al mando de todo: huérfano e hijo único.

Desde entonces se había dedicado a invertir en otros negocios, diversificando. Poseía varias empresas con varios socios, aunque no todas eran igual de rentables y algún fracaso que otro había sufrido.

Su padre llevaba los negocios de otra manera, pero él era mucho más agresivo, le gustaba el riesgo.

Como tenía claro que la noche movía mucho dinero, abrió varios locales de copas y un par de discotecas con un socio —muy popular, muy conocido en las redes y con muchos contactos—, que era también amigo.

Una de las discotecas había ido bastante bien, la otra una ruina.

Él había puesto el capital social inicial, más las ampliaciones para intentar salvarla, pero no pudo ser.

En una de las fiestas que había organizado su socio para relanzar un poco la discoteca con algún tronista invitado, probó la cocaína por primera vez.

Esa noche habían terminado su socio, él y algún otro que no recordaba con varias prostitutas de lujo en una fiesta privada.

Así fue como conoció a Batman, que era como se hacía llamar su proveedor.

Batman tenía a las mejores chicas, parecían supermodelos y no había fiesta privada de gente guapa que se preciase sin la aparición de alguna de ellas; le fue cogiendo gusto a esa vida.

Batman le conseguía todo lo que quería, chicas de todas las razas, de una en una o por parejas.

En una ocasión estuvo con tres a la vez: una africana muy negra, una asiática muy flaca, y una albanesa blanca como la leche.

Ese día además de la coca tuvo que meterse un éxtasis, que para el sexo era lo mejor, según le había dicho Batman.

El sexo sin más, ya lo aburría, así que experimentaba con otras cosas.

Si las chicas le decían que no a alguna ocurrencia, las echaba de cualquier manera; ya las pondría Batman en su sitio.

Le había dicho muchas veces que no hacía falta que fuesen bellezas: lo que él necesitaba eran putas sumisas y complacientes, que hiciesen lo que pedía.

En su reunión con el gerente de la mayor de todas las empresas, que seguía siendo la cadena de supermercados, el contable les explicó que llevaban varios años con resultados negativos y que ese año iba peor, que no quedaba otra, si quería salvar la empresa, que reducir gastos.

Él, como único socio, tenía nómina y su gerente le advirtió que el sueldo que se había puesto era insostenible.

Era la empresa que, además, pagaba los coches y otros gastos de representación.

Llegó a casa de muy mal humor, así que para relajarse llamó a Batman, que enseguida le envió una chica con mercancía.

No recordaba lo que había hecho con ella; se había dormido.

Despertó sobresaltado y empapado en sudor.

Su sueño había sido muy extraño: un bebé varón, muy pequeño, muy blanco y desnudo, lloraba con intensidad sobre un charco en el asfalto.

Un hombre con un traje negro se acercaba despacio y se detenía a observar de frente al niño que, al verlo, dejaba de llorar y comenzaba a reírse a carcajadas.

Él contemplaba la escena desde la distancia, pero al mismo tiempo veía al niño con los ojos del hombre: disfrutaba de un plano en movimiento, como una cámara que, al desplazarse, le proporcionaba diferentes perspectivas.

El sueño empezó a repetirse con cierta frecuencia hasta que lo pudo relacionar. Le sucedía si recibía malas noticias: la cadena de supermercados presentó —como era de esperar— concurso de acreedores. Esa noche tuvo el sueño de nuevo, exactamente igual que las veces anteriores.

Se planteó más de una vez ir al psicólogo, pero sabía que lo primero que le prescribiría sería tratar todas sus adicciones.

Terapia en algún centro de desintoxicación, encerrado por largo tiempo.

No le pareció buen plan. De hecho, el sueño no lo atormentaba, al contrario, se sentía bien cuando contemplaba al pequeño y cuando se echaba a reír era un auténtico subidón.

Cada noche se acostaba ilusionado con que el sueño acudiese a su llamada. Se hacía preguntas sobre su significado, incluso echó un vistazo a la obra de Freud. «¿Podemos controlar los sueños?¿Se puede elegir qué soñar?», se preguntaba.

Hacía tiempo que no disfrutaba como antes del sexo con las mujeres.

Los mejores orgasmos que recordaba los tenía con el niño de sus sueños, pero, como había comprobado, solo aparecía con las malas noticias que, invariablemente, se asociaban a los fracasos en sus negocios.

Una gran paradoja: quería el sueño, pero no las malas noticias que lo desencadenaban. Tuvo entonces una ocurrencia...

Sabía por sus tratos con muchas de aquellas mujeres que algunas se quedaban embarazadas.

Él mismo había pedido una, unos meses atrás, por probar.

Era una mulata muy joven, pero a él no le gustó mucho la experiencia con la gestante: cuando estaba desnuda notó que se le movía algo dentro del vientre, bultos que aparecían y desaparecían; ella le explicó que era la criatura cambiando de postura y a él le dio repelús.

La chica, que tenía ya mucha barriga y mucho miedo, le pidió con insistencia que no le hiciese nada… , le tenía pánico a Batman.

Otra chica le había contado también que a una de sus compañeras, después de dar a luz, le habían quitado al bebé. Al parecer, los vendían como si fueran animales, según había dicho ella.

Cuando se lo comentó a Batman este le dijo que eso eran « palabras mayores» y que él en asuntos de esa envergadura no estaba metido, pero que haría todo lo posible por enterarse, preguntando con discreción a alguno de los jefes de la organización a la que pertenecía.

Lo que fuese por uno de sus mejores clientes.

Menos mal que aún le quedaba mucho patrimonio del que le había dejado su padre: cuatro pequeñas empresas que iban tirando, la discoteca que empezaba a remontar y unos cuantos pisos de la última promoción que iba vendiendo poco a poco, según hacía falta.

El dinero de las cuentas del banco, los fondos y las acciones los había invertido y no tenía ya ninguna liquidez.

A los pocos días de su conversación, Batman lo telefoneó. Le dijo que estuviese atento, lo llamarían en breve desde un numero terminado en 696; irían dándole instrucciones. Batman no quería saber nada más; cobraría su servicio y punto. A partir de ahí ya no era cosa suya.

Dos días más tarde lo llamaron desde un número con esa terminación.

Una voz enlatada —lo que le pareció un poco siniestro— le dio unas cuantas instrucciones.

La primera, ingresar en efectivo, desde un cajero, distintas cantidades en varías cuentas que le facilitaron, en señal de sus buenas intenciones; era la condición para entrar en la lista de espera.

Desde aquello ya había pasado un año y medio.

Hubo durante ese tiempo algunos momentos de dudas: era muy arriesgado.

Podrían cogerlo, delatarlo o chantajearlo.

No eran simples proxenetas, se lo habían dejado claro; eran mafia, del crimen organizado.

Estaría para siempre en sus manos, pero el sueño era obsesivo y ya estaba metido hasta atrás en todo aquello y, además, llevaba pagada una buena suma solo por entrar en la lista. No había vuelta atrás.

El contacto de la voz enlatada lo había vuelto a llamar en otras dos ocasiones para ofrecerle un bebé, pero uno no era blanco, y el otro era niña. No le servían. Tenía que seguir esperando.