XIV. Laura. Gijón, 2015-2023 #2
»Por cierto, en casa de Carlos, el otro día, has causado una gran impresión. Me ha dicho literalmente: «esta es la tuya Samuel, vete a por ella» y, te advierto que, Carlos es la persona que mejor me conoce. Sabe más cosas de mí que yo mismo.
—Mira que eres pesadito. ¡No eres mi tipo!
—Caerás, Laurita, caerás; ya lo verás.
Antonio llegó con un poco de retraso. Había llamado advirtiéndolo y una vez estuvieron los tres reunidos les pidió disculpas y les ofreció una explicación, aunque no se la habían pedido.
Venía del taller por una avería en el coche.
Le habían dado hora para recogerlo y se habían retrasado mucho.
Era muy puntual y la falta de palabra de los demás lo ponía de muy mal humor…
Después de quitarle importancia al retraso, Laura les dijo lo que había decidido:
—Seré guardiana del niño. Necesitáis una mujer. No os puedo dejar solos con esto: la cagaríais.
—¡Anda, lo que me faltaba por oír! —se rió Samuel—.
—En serio, te lo agradezco muchísimo, Laura, de corazón.
—Harás justicia, Laura. Pondrás al niño definitivamente a salvo: ¡Bienvenida a este selecto club de ángeles de la guarda! —dijo Antonio con solemnidad, apretándole la mano.
—Por mi parte, ya está cumplida mi misión. No hay ni rastro del registro ni del historial en el hospital de antes de que se lo llevasen de Servicios Sociales.
—¿Pero lo has hecho ya? —preguntó Samuel incrédulo.
—Política de hechos consumados. Genio y figura, ya me conoces.
Durante esos días Laura le había dado muchas vueltas a ese asunto.
Por lo que se podía sacar en conclusión del informe y las hipótesis de la SAC, había una madre, aunque involuntaria.
Una pobre diabla, a la que utilizaron como una conejilla.
¿Sería esa mujer consciente de lo ocurrido?
¿Supo que tuvo un hijo sano? y, si era así, ¿tendría algún pensamiento amargo sobre ese hijo que le arrebataron?
—No sabemos si hay alguien más sufriendo por este niño. En alguna parte hay una madre y eso, a pesar de todo, me entristece —repuso Laura pensativa, con la mirada perdida.
Tras estas palabras, los tres permanecieron callados, reflexionando sobre lo que Laura acabada de decir. Era la primera vez que hablaban abiertamente de la madre biológica del pequeño. De nuevo aparecía una sombra cuando ya se las prometían felices.
Fue Samuel el primero en hablar.
—Yo también lo he pensado después que Antonio me diese a conocer el informe policial, pero ¿qué podemos hacer ya por ella?
No sabemos nada en realidad. No sabemos dónde está, si vive o si se acuerda del niño.
Solo son hipótesis. De todas formas lo peor es que el responsable, ese malnacido, sigue por ahí como si nada. No debería quedar impune.
—Bueno, lo cierto es que sí tenemos algo de la madre —reconoció Laura.
—¿Cómo dices? —reaccionó Samuel extrañado.
—Mira —dijo Laura mientras ponía sobre la mesa lo que acabada de sacar de su bolso.
—¿Pero cómo es posible? —intervino Antonio incrédulo.
—Veréis. A los pocos días de que nos llevasen al niño al hospital, le cayó mientras lo bañaba.
Es normal que una vez que la cicatriz del ombligo se seca, caiga de forma espontanea.
Yo la guardé en un sobre, junto con la copia del DNI que te había hecho el primer día que fuiste de visita al hospital, para entregarla si la policía la solicitaba, pero nadie la reclamó nunca y se quedó en mi cajón.
Con los años estuve tentada a tirarlo a la basura, pero por la razón que fuese, no lo hice nunca…
—La pinza umbilical, lo único que llevaba cuando lo encontré. No me había vuelto a acordar —contestó Samuel con entusiasmo.
—Como veis lleva el trozo del cordón umbilical que lo unió a su madre durante nueve meses. Siempre queda prendido en la pinza
—Pero no tiene rastro de ADN de la madre, en el laboratorio lo habían analizado.
Laura les aclaró que, en el cordón umbilical el ADN es el del feto. Solo una parte de la placenta tiene el ADN de la madre. Sin embargo, no era esa la cuestión que quería poner encima de la mesa. Era más un asunto sentimental. Creía que lo más justo era que lo guardase Samuel.
Estaba convencida de que llegaría el día en que Ángel preguntase por sus orígenes, antes o después conocería su condición de adoptado y sería responsabilidad suya, ya que los padres poco de ello sabían, decidir qué y cómo contarlo.
—¡De ninguna manera, Laura! Para eso hemos hecho todo esto, para que el niño no sepa jamás lo ocurrido —respondió Samuel extrañado.
—Se hará preguntas, Samuel; es inevitable.
Querrá conocer detalles de su madre biológica.
Se puede idear una historia que no tiene por qué ser la verdad: su madre murió en el parto y no tenía familia que pudiese hacerse cargo de él, por ejemplo.
La pinza le ayudará a establecer un vínculo que le sirva para aceptarlo.
—Samuel, —intervino Antonio que, al igual que ella, ya le había dedicado su tiempo a esas ideas— lo que dice Laura tiene sentido. Hay que tenerlo previsto.
—En eso he pensado muchas veces; es cierto.
Lo que le dirán María y Carlos cuando haga las preguntas.
Ahora no sabe nada todavía, pero algún día tendrán que decírselo.
Estoy de acuerdo. Pero esa es una decisión que les corresponde solo a ellos.
No obstante, yo guardaré la pinza encantado, como recuerdo, y, por si un día, como dices, pudiera serle útil para aceptar su condición.
Ahora bien, de ningún modo sabrá la verdad: esa verdad ya no existe.
Todos tenían claro, ya que lo habían consultado, que cuando los adoptados cumplían la mayoría de edad ellos mismos podían pedir su expediente administrativo en los Servicios Sociales y los padres no podían negarse.
No tenían certeza de qué era lo que recogía ese expediente con exactitud y si hacía mención a las circunstancias individuales.
—Por supuesto, que la vedad no —acepto Laura—. Hemos borrado todos los rastros, pero el expediente administrativo no y viendo lo visto… No sé.
—Por eso no tienes que preocuparte. No hay nada.
—¿Cómo?—preguntaron al unísono Laura y Antonio.
No lo había contado antes por no comprometerlos más, pero, en su día, lo había dejado resuelto—confesó Samuel—.
Habló con el abogado sobre ello y negoció otro acuerdo con el funcionario.
Conociendo sus antecedentes, sabía que no era de fiar; si esa información quedaba en los Servicios Sociales, podría ser accesible para cualquiera que diese con ese pájaro y estuviese dispuesto a pagar.
El expediente administrativo comenzaba con la entrega a los padres y todo el papeleo.
En los apartados reservados para la familia biológica, solo se indicaba origen desconocido.
Como si lo hubiesen dejado en la puerta.
—¿Has falseado eso también? ¿Otro delito? —pregunto Laura con los ojos muy abiertos y gesto escandalizado.
—Sí, otro más, pero por un precio más económico, de cliente… Ya sé, ya sé que no tiene gracia; no hace falta que me pongas esa cara. Además el mal ya estaba hecho; esto era ponerle el cerrojo.
—Todos nosotros hemos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance, y más incluso. Nos hemos ensuciado las manos los tres para alcanzar un blindaje que, esperemos, sea suficiente.
»De todos modos yo coincido con Laura. Lo más probable es que el niño se haga preguntas el día de mañana, pero lo que le cuenten es solo decisión de los padres.
Para lo demás, tendremos que confiar en que el destino se ocupe de ese malnacido y que la madre, esa pobre diabla, no haya sufrido demasiado por ello.
No podemos llevarlo más allá de donde lo hemos hecho.
Ahora solo nos queda esperar justicia, aunque sea poética.
Somos balas blancas para la oveja negra —dijo Antonio con resignación.
—Eso que has dicho me suena, lo de las balas blancas …
—Sí, es una canción de hace muchos años que yo adapto a mi manera: tres balas blancas… alguna alcanzará a esa oveja negra.