El niño del charco XIV. Laura. Gijón, 2015-2023
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XIV. Laura. Gijón, 2015-2023

Después de su primera cita con Samuel, ya en su casa, al acostarse, Laura se reafirmó en lo que había creído desde el principio: lo fácil que sería enamorarse de él. Era muy atento, culto, con mucho mundo y guapo a rabiar, arrollador.

Su compañía y su conversación le habían resultado más que agradables, pero sabía que comenzar una relación sentimental con él sería un error imperdonable dada la predisposición que acarreaba para los desengaños amorosos. Lo último sería volver a sufrir.

Él le había dejado claras sus intenciones y lo que buscaba en las mujeres, precisamente lo que a ella menos le interesaba ahora de los hombres, la parte carnal.

No estaba por la labor de aguantar las embestidas eróticas de él que, acostumbrado como parecía estar al sexo, antes o después se aburriría.

Ella no buscaba un romance, ni una aventura.

Se había dado por vencida y había alcanzado, al fin, el equilibrio y la solitaria paz interior que necesitaba. No le había mentido.

Su vida sentimental se podría resumir en muchos escarceos y dos rupturas bastante traumáticas.

La primera fue con el que ella creía que era su gran amor y con el que llegó a convivir dos años hasta que se marchó —luego lo supo— con otra: un día, al llegar a casa después del trabajo, se encontró con las maletas de él en la puerta.

La segunda pocos años después, con un médico con el que trabajaba.

Vivieron juntos cuatro años e intentaron tener un hijo, pero después de muchas vueltas y muchas pruebas supieron que ella no podía concebir, lo que cambió la relación por completo.

Estaba dispuesta a probar otras alternativas: habían hablado de la fecundación in vitro e incluso de adopción, pero todo fue inútil.

Él se asiló en sí mismo y terminó apartándola a ella también.

Entre los dos se instaló el reproche, silencioso y sibilino; el sentimiento que no aporta nada en las relaciones y lo precipita todo al fracaso.

Al cabo de un mes de aquella primera cena con Samuel, ella le envió un mensaje. Le preguntaba si estaría por Gijón y libre el siguiente sábado; esta vez invitaba ella. Samuel le contestó que no tenía planes para esa noche, así que volvieron a quedar.

Laura había reflexionado mucho sobre ese paso, si darlo o no y llegó a la conclusión de que podrían, al menos, intentar forjar una relación de amistad sólida, siempre y cuando los dos supiesen lo que podían esperar del otro.

Samuel y Laura comenzaron, después de aquella segunda cita y contra todo pronóstico, una duradera amistad.

Desde entonces, se veían con frecuencia y participaban juntos en expediciones de montaña y otros viajes. Se confesaban y se apoyaban mutuamente, convirtiéndose en compañeros en el viaje de la vida, sin relación erótica y sin romance. Amigos de verdad, sin más objetivos.

Samuel la tenía al corriente de todas sus conquistas, de las que pronto se cansaba y menguaban con los años. Laura imaginaba que se debía tanto a la falta de oportunidades como a la falta de interés de él: la cola de pavo real tenía ya menos plumas.

No se equivocaba: si su relación con Samuel se hubiese complicado sentimentalmente sería otro fracaso y habría sufrido otra vez, además de perder al amigo fiel que ahora disfrutaba.

* * *

Durante varios días, después de su encuentro con Samuel y Antonio en el piso de la playa, estuvo muy reflexiva y bastante ausente, incluso en el trabajo. La había descolocado por completo aquella revelación:

«¿Cómo era posible que ella no supiese nada de todo aquello si llevaban siete años tan amigos y compartían tantas cosas?», pensó.

Una explicación podría ser que Samuel no confiase lo suficiente en ella, pero tampoco se lo había dicho a los padres del niño y la única persona que lo sabía era Antonio y no por su voluntad.

«No era por falta de confianza por lo que nunca le había contado nada, sino una estrategia de defensa, para proteger al niño», la conmovió ese pensamiento.

Tenía muchas dudas sobre qué decisión tomar. Por un lado estaba el niño: quería protegerlo, pero lo que se jugaba era mucho y no era solo porque la pillasen. Era más por una cuestión de honestidad. Siempre había hecho lo correcto, o al menos, lo había intentado. El debate era otro.

Recordaba las palabras de Antonio sobre la justicia y en eso tenía que darle la razón: en este caso, la información no había servido para capturar al culpable, pero esa misma información podía llegar a perjudicar muchísimo a la víctima. Eso no era justicia, sino todo lo contrario.

Samuel la había llamado para ofrecerle una visita a casa del niño. Podría conocerlo a él y a sus padres; verlo en su vida cotidiana. Esa vida que había burlado su destino y que ellos habían decidido proteger como bíblicos ángeles de la guarda.

—Te estás poniendo muy ñoño, Samuel, y no te pega nada. Un macho alfa como tú no dice esas cosas, hombre — contestó Laura al teléfono.

—Ya estás otra vez con lo de macho alfa , pero mira que eres plomazo, chica. Ya te he dicho que ese niño es muy importante para mí. Cambió mi vida desde que lo vi por primera vez y no solo a mí, sino a todos nosotros.

»Su madre, María, a la que quiero que conozcas, cuando toma un par de vinos siempre me da las gracias. Ángel ha sido una alegría para toda la familia y por eso me permite darle al niño ciertos caprichos que no le hubiese permitido, de ningún modo, a otros.

—Bien, Samuel, ya veo lo importante que es para ti. No sabía que estabas tan comprometido con ese niño y me parece conmovedor, de verdad.

»Durante estos años me he acordado de él, de vez en cuando, y le deseaba lo mejor, pero desde que me habéis contado lo ocurrido no he podido desentenderme ya.

Era tan pequeño cuando nos lo trajeron, tan indefenso que, cuando el otro día te oí contar cómo lo habías encontrado, me pareció un auténtico milagro que haya sobrevivido, así que no me importaría conocer a sus padres y, sobre todo, volver a ver de nuevo a ese Angelito.

Samuel encargó en el Bar de Paco un arroz con bugre para recoger el domingo y llevarlo a casa de Carlos y María.

Le pareció una forma romántica de cerrar el círculo, a fin de cuentas esta historia había comenzado por culpa del arroz con bugre que se le había antojado aquel día en Cudillero.

Él invitaba, quería presentarles a una amiga muy especial.

—¡Anda!, así que tienes un nuevo lío. Es raro que tú, tan reservado con esos asuntos, nos la quieras presentar —dijo Carlos cuando se lo planteó.

—No es ningún lió. Te lo he dicho, es una amiga, amiga, ¿te enteras? Es la enfermera que conocí en el hospital cuando llevaron allí al niño, la que le puso el nombre. Somos amigos desde entonces.

—¿La que le llamaba Angelito?

—La misma. Es una mujer extraordinaria y por eso me da calabazas cada vez que le hago una proposición. Me dice que no soy su tipo, con mucha guasa. Te gustará, ya verás.

—Es muy lista entonces. Una auténtica heroína, rara avis . Solo por eso, ya me cae bien —afirmó Carlos mientras se le escapaba la risa.

El domingo, Laura y Samuel fueron juntos a recoger el arroz y luego, directos a casa de Carlos, para que no se enfriase.

El arroz, como era de esperar, estaba fabuloso. Pasaron un día entrañable y Laura pudo observar con detenimiento a Samuel con el niño.

Les había prestado mucha atención a los dos a lo largo del día y pudo confirmar que el niño reverenciaba a Samuel; este, a su vez, parecía hechizado por el pequeño. Lo miraba embelesado, con ternura, y cada vez que Ángel hacía cualquier cosa, Samuel se henchía de orgullo.

«Hubiese sido un buen padre», pensaba Laura ensimismada «Una pena que sus caminos no se hubiesen cruzado un poco antes».

El niño era, en verdad, un cielo. Todavía inocente, se lo veía feliz en su entorno. Era cierto que vivía en un buen hogar y sin duda era querido por los suyos. Lo que le habían contado Antonio y Samuel sobre el hilo rojo parecía real: esas dos personas estaban singularmente conectadas.

Volvieron a quedar los tres a los pocos días, otra vez en casa de Samuel y en esta ocasión llegó Laura primero.

—Estabas en lo cierto y le has buscado una buena familia: a ese niño dan ganas de quererlo —dijo Laura después de los saludos.

—Sí, te lo dije, pero oye, con lo poco impresionable y lo analítica que eres tú, ¿tienes tanta certeza con tan poca cosa? Solo has estado con ellos unas horas.

—Me ha bastado y te voy a decir porqué.

—¿Otra de tus teorías?

—Puede; creo que se trata de equilibrio .

En el tiempo que había pasado con ellos, María y también Carlos les dijeron « no» a sus hijos en varias ocasiones.

Esto, que podía parecer una tontería, no lo era en absoluto: Laura estaba harta de ver en su trabajo y entre sus amigos a padres que solo sabían decir « sí» a todas las demandas de sus hijos; algo cómodo cuando son pequeños y esas peticiones son asequibles.

Cuando crecen siguen demandando, pero es cada vez  más difícil satisfacerlos y entonces empiezan las lamentaciones de los padres. Los hijos son, en muchos casos, unos tiranos ingobernables porque no les han dicho que «no» lo suficiente.

Uno de sus sobrinos adolescente tenía a los padres atormentados: su hermano no dejaba de decir que no podían con él, sin embargo, la abuela se había cansado de repetirles durante años que el niño estaba muy consentido.

Se demostró que era cierto, pero se habían dado cuenta tarde.

Ahora tenían que atarlo muy corto, lo que les resulta mucho más difícil y agotador.

—De eso me has hablado algunas veces, es verdad. Pero un sobrino no es lo mismo que un hijo. La teoría está muy bien; la práctica es otra cosa… Los que no tenemos hijos no lo sabemos. Esa moralina tuya no la puedes usar para todo: Laura la predicadora, todo a decretazo limpio

—Vale, vale, no empieces con eso, ya me bajo del púlpito.

»¡Ay los hijos! la mayor de mis decepciones: ahí soy graduada —repuso Laura con un suspiro.

—¡Uy! ¡Qué cosas! Mira que si al final, ¡ni yo soy tan alfa , ni tú tan sigma !