XIII. Los guardianes. Gijón, 2023
A los pocos días de su encuentro, Samuel telefoneó a Antonio.
Había meditado mucho sobre lo hablado y tuvo que admitir que tenía razón: era necesario hacer desaparecer al niño del charco, como si nunca hubiese existido.
Consideraba que todavía, si alguien tuviese interés, podría encontrar algún resquicio por el que colarse.
Le había dado muchas vueltas al asunto del informe de la SAC. Era de fiar y tenía lógica, pero no podían estar seguros al cien por cien de que aquel malnacido no mostrase interés por el niño de nuevo en algún momento. Si una vez había pagado por él, podría considerar que era de su propiedad.
La prensa, en su día, había publicado muy poca cosa, pero sí hubo noticias de que el pequeño había salvado la vida y de su traslado al hospital. El sujeto conocía la fecha y el lugar de los hechos; por lo tanto, la noticia le sería fácil de localizar.
—Sí, eso es verdad, aunque poco más que eso podría descubrir —respondió Antonio.
—Ya, pero en el hospital tendrán registrado el ingreso y la intervención de la UVI móvil. Si hay registro e historial de paciente siempre hay posibilidad de obtenerlo; tú lo sabes y yo también.
Estaban de acuerdo. Eso podría ser un problema, pero Antonio no veía cómo resolverlo. Allí no podían llegar. La única persona que conocían en el hospital era Laura, que ya les había dicho a ambos que del niño no sabía nada.
—Tendríamos que contárselo todo.
— ¿Te fías tanto de ella como para eso?
—Me fío y te doy mi palabra de que jamás le dirá nada a nadie. Otra cuestión es que acceda a hacer una cosa así. Es muy estricta con el trabajo y cumple con las normas; no se salta ni una —afirmó Samuel.
Laura era ahora enfermera jefe del servicio de neonatos. Había conoció a Ángel cuando la policía lo llevó al hospital con solo tres días de vida; le había puesto nombre y lo había tratado con cariño. Fue lo más parecido a una madre que el pequeño había conocido hasta llegar a María.
En los últimos años hubo muchos cambios en el personal del hospital, entre traslados y jubilaciones. Estaban seguros de que eran muy pocos los que podían recordar aquel ingreso.
Acordaron que Samuel la llamaría primero. Si ella accedía podrían quedar los tres en su casa, donde habría tranquilidad e intimidad para hablar en confianza.
—¿Qué dices? —preguntó Samuel —¿Te parece bien?
—Perfecto, me avisas y sin problema.
—Así lo hacemos entonces. Te doy un toque con el día y la hora.
Telefoneó a Laura. Le dijo que necesitaba que le echase una mano con un asunto que para él era capital; no le podía adelantar nada por teléfono y quería, además, presentarle a un amigo que también estaba metido. Ella estuvo de acuerdo y quedaron para el viernes por la tarde a las seis en su casa.
El viernes, Antonio llegó el primero; subió hasta el piso de Samuel, un decimosegundo.
Quedó impresionado con las vistas: el sol se ponía ya sobre La Campa, el Elogio recortaba sobre el Cerro la última claridad amarilla del día y la playa se extendía hasta la Providencia.
Las luces, vistas desde la altura como luciérnagas, titilaban suspendidas e inmóviles, comenzando a iluminar la ciudad con timidez.
Al momento llegó Laura.
—Hola Laura. ¿Qué tal?¿Cómo estás?
—Bien y muy intrigada con este asunto, la verdad.
—Os presento, aunque ya os conocéis: Laura, este es Antonio, el policía que llevó aquel caso del abandono del niño por el que tú y yo nos conocimos.
—Hola Antonio. Precisamente hablamos hace poco. Justo me habías llamado para preguntarme por aquel niño.
—Encantado, Laura. Estaba deseando conocerte en persona. Samuel habla maravillas de ti.
—De Samuel no te fíes, que es un embaucador… —contestó Laura riéndose abiertamente.
Samuel les ofreció asiento y les preguntó si querían tomar algo y sin más cortesías abordaron el asunto.
—Laura, lo que tenemos que contarte es una cuestión muy delicada y muy importante para nosotros. Entre los dos te expondremos toda la historia del niño abandonado, hasta hoy. Te ruego que no nos interrumpas.
Primero, Antonio le habló de la investigación y su nulo resultado. Como ya no había informe alguno —había triturado también la copia que tenían en papel—, se lo relató bastante fielmente respecto al original y la indignación de Laura fue en aumento a medida que lo escuchaba.
Le llegó el turno a Samuel y contó su parte.
Le enseñó la breve grabación que le había hecho al pequeño en el hospital cuando ella le había dejado pasar.
Laura se emocionó un poco al ver al bebé de nuevo.
Le enseñó además varias fotos de Ángel en la actualidad, con su equipo de fútbol, en la playa, y en París con el acebo hembra.
—Entonces, ¿este es el hijo de tus amigos?¿El ahijado del que tanto hablas? Claro, ahora caigo, Ángel, el Angelito —dijo Laura.
—Exacto.
Le habló Antonio también sobre el pacto de silencio que los otros testigos habían prometido y cumplido como soldados, aún a pesar de llevar, cada uno como podía, la carga de sus pesadillas.
Por último, le relataron la forma en que Antonio había dado con el niño a través de Samuel y el acuerdo al que habían llegado ambos como caballeros guardianes, con el único fin de proteger al niño y borrar su rastro como el niño del charco, de tal modo que esas aguas no pudiesen volver a salpicarlo nunca más.
—Laura, nos hemos expuesto contándote toda la verdad. Nadie, a excepción de nosotros dos, sabe todo esto, y tú desde ahora.
—¿Y los padres no lo saben?
—Nadie, Laura. Solo saben lo que salió en prensa, muy poco y sin detalles.
—No veo cómo puedo ayudaros yo. Por lo que decís, nadie tiene toda la información y no hay caso policial ni expediente que consultar; de Servicios Sociales tampoco se puede sacar nada, por lo tanto, el rastro ha desaparecido.
—No del todo Laura, queda el registro y el historial médico del pequeño mientras duró su ingreso —afirmó Samuel.
—Ya veo. Y vosotros lo que pretendéis es que yo me deshaga de todo ello, ¿no es cierto?
—Eso es.
—Ya, pero es que lo que me pedís es completamente ilegal. Me juego mi puesto; me podrían expedientar y sería una falta grave. Podría perder mi trabajo. Además, se descartaba que ese malnacido estuviese interesado en el niño como tal, ¿no?
—Todo lo que dices es cierto, Laura. Podrías perder tu trabajo si se llega a saber. Pero el malnacido es un psicópata. ¿Quién puede fiarse?
—Ya, tienes razón, pero yo no puedo tomar una decisión como esta a la ligera. Tengo que pensarlo; necesito tiempo.
—Desde luego, Laura, tienes que pensarlo bien. Es una decisión muy seria y es verdad que podrías poner en peligro tu carrera. Como ves, yo ya he puesto en peligro la mía, aunque tengo cierta ventaja porque estoy a punto de jubilarme.
—Haremos una cosa —intervino Samuel—. Deberías conocer a Ángel.
—¡Eso es chantaje, Samuel! No me lo esperaba de ti, ¡hombre! —repuso Laura.
—Deberías conocerlo, Laura, en serio. El destino lo puso en tus manos, igual que en las nuestras y no podemos luchar contra eso. Tienes que ser la tercera guardiana.
—Sigue siendo chantaje, Samuel. Debo meditarlo con mucha calma. Quiero filtrar todo lo que me habéis contado y analizarlo, de verdad.