XII. Samuel y Antonio. Gijón, noviembre-diciembre de 2022 #5
Antonio le preguntó, a su vez, cómo había conseguido controlar la adopción: era imposible tanta casualidad. Sabía que la lista de espera era larga y con aspirantes muy válidos y el niño, además, era una perita en dulce: recién nacido, blanco y completamente sano.
Samuel le contó que partía con ventaja porque conocía la existencia del niño antes de que estuviese disponible para la adopción y había convencido a sus amigos para que se diesen de alta en el sistema de adopciones como solicitantes, antes del alta médica del niño.
El resultado de la criba de aspirantes ya era mérito de Carlos y María, los padres.
Sabía que eran los candidatos perfectos.
—No lo discuto, pero la lista de solicitantes es de años, Samuel, y tú lo resolviste en cuestión de días. No cuela.
Samuel había reparado en la expresión «perita en dulce» y recordó que su abogado, al conocer las características del niño, la había utilizado también. Esto le dio muy buena espina y decidió que, llegados a ese punto, no tenía más remedio que delatarse:
—El abogado que contraté para esto es un experto en esos asuntos. Conoce el sistema a la perfección y no es barato precisamente, ¿comprendes?
—Comprendo; es de los que conocen atajos entonces.
—Yo no soy rico, pero me defiendo bien económicamente; el esfuerzo era necesario y podía permitírmelo.
Pensándolo bien, si en esta sociedad el dinero puede comprar un bebé indefenso para esclavizarlo, como aparece en ese informe, también el dinero puede liberarlo, ¿no crees? Es una cuestión de equilibrio.
Antonio no quiso forzar más a Samuel. Sabía que se trataba de soborno y, viendo lo fácil que le había resultado manipular el sistema de adopciones, no le pareció muy tranquilizador.
Todo ello reforzaba la idea del cabo suelto…
la clave: ¿Y si un día el sujeto, el malnacido al que no habían cogido, se interesaba de nuevo por el niño?
¿Si un día lo recordaba y quería saber qué había sido de él?
Samuel reconoció que eso era lo que más le preocupa.
Por lo que acababa de leer en el informe de la SAC, según el perfil del sospechoso, se valoraba como poco probable que tuviese interés en el niño más allá de la representación, pero solo era una teoría.
Lo cierto era que Antonio lo había localizado con relativa facilidad, independientemente del hilo rojo.
La tecnología y sobre todo el dinero tejen también lo suyo; ya lo habían visto.
—Ese malnacido tiene dinero; eso es seguro. Pero hay otra cosa que me parece capital. ¿Alguien más que los testigos directos y nosotros conoce las circunstancias del abandono?
—No, Antonio, yo no se lo he contado nunca a nadie: ni al abogado, ni a los padres, ni a Laura, la enfermera de neonatos, que como ya sabes es mi amiga.
—¡Ah, sí! ya te lo ha dicho.
—Sí, somos muy amigos desde entonces. Es una mujer estupenda, todo un personaje, con una teoría para cada cosa.
—Desde luego tiene personalidad, eso es evidente. Pero volviendo al tema: si nadie más que tú y yo conoce toda la historia, tenemos que dejarlo todo cerrado y bien cerrado.
No había ni una sola noticia sobre el caso que mencionase lo del charco y los otros organismos, que en su día colaboraron en la investigación, tenían el asunto más que archivado y, una parte muy pequeña de la información.
Todo lo que se sabía estaba recogido en el informe que no tenía, en realidad, ninguna utilidad.
Si el sospechoso pasase por delante de ellos, en ese instante, no podrían hacer nada.
No había ni una sola prueba que lo relacionase con ese caso.
—No sé si me estoy explicando —dijo Antonio.
—Entiendo lo que dices, pero no sé a dónde quieres llegar.
—Mira Samuel. Después de tantos años de profesión, sé cuando gracias a nuestra labor se hace justicia y cuando nuestra labor, precisamente, la entorpece.
Para Antonio, justicia sería darle al niño una oportunidad en la vida, que no cargase con los pecados de otros. Si alguien llegase a relacionar a Ángel con el niño del charco, la noticia le destrozaría la vida probablemente, y ellos no podían permitir eso.
El informe, en realidad, no tenía ninguna utilidad, salvo demostrar que habían hecho su trabajo, nada más. Sin embargo, si algún día cayese en manos de otras personas o alguien reparase en él, por curiosidad, podría trascender.
Si sencillamente desapareciese, nadie lo echaría de menos y dejarían cerrada con llave una puerta que deseaban que no se abriese nunca más. Si Antonio había logrado localizaros y relacionarlos, otros también lo podrían hacer.
—Y tú, ¿harías eso por el niño?—preguntó Samuel sorprendido.
—Sí, Samuel, lo haría. Yo quiero ser también su guardián y de este modo no quedará ni rastro del niño del charco, salvo en la memoria y las pesadillas de alguno de nosotros.
—Yo te estaría muy, pero que muy agradecido, Antonio. Ese niño es ahora lo más importante en mi vida… Y, por cierto, el acebo que buscaba ese día Ángel era para mí.
—Ves. Son los hilos invisibles; cada vez lo tengo más claro —afirmó Antonio.