El niño del charco XII. Samuel y Antonio. Gijón, noviembre-diciembre de 2022 #4
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XII. Samuel y Antonio. Gijón, noviembre-diciembre de 2022 #4

Pasados dos días, Antonio recibió una llamada de Samuel. Si estaba disponible, lo citaba para ese mismo día en la terraza de una cafetería del centro a las cinco de la tarde; a esa hora estaría muy poco concurrida. Antonio estuvo conforme y así quedaron.

Llegó con diez minutos de adelanto sobre la hora concertada y se sentó en la mesa más alejada de las mesas ocupadas; era importante poder hablar con tranquilidad y discreción. A las cinco y dos minutos apareció Samuel. Antonio, al verlo, le indicó con la mano que se acercase y se levantó:

—Hola Samuel. ¿Cómo está? —dijo Antonio mientras extendía la mano para estrechársela.

—Estoy bien, gracias. Intrigado por lo que quiere decirme.

—Samuel, le voy a ser completamente sincero. Déjeme que le cuenta toda la historia y luego usted valora, ¿de acuerdo? ¿Me permite que lo tutee?

—Sí, por supuesto, Antonio, te escucho.

Antonio comenzó su relato. Le contó cómo un día de diciembre, muy poco tiempo atrás, mientras hacía una ruta con unos amigos por un pueblo de Llanes, se tropezaron con un niño que buscaba un acebo para su tío.

El niño les había hecho gracia a todos, por noble e inocente.

Por alguna extraña razón que él no podía explicar racionalmente, ese niño le había hecho recordar el caso del niño del charco de 2015.

Estaba a punto de jubilarse y se había propuesto descubrir algo más sobre aquel caso que lo había marcado como ningún otro. Si no lo hacía ahora, perdería su última oportunidad, y quedaría para siempre en su conciencia como un caso no resuelto.

Su investigación no les había llevado a ningún lado, solo hipótesis.

Recuperó el expediente y revisó toda la documentación.

No había nada de lo que tirar, solo testigos, y por ellos empezó.

No había conseguido nada nuevo hasta que lo había llamado a él y su reacción lo había sorprendido.

Supo que mentía. Luego fue atando cabos sueltos y pidiendo algunos favores hasta que dio con el niño y su familia.

Antonio le ofreció a Samuel el informe policial que en su día habían elaborado sobre el caso, para que lo leyese él mismo.

Samuel, mientras leía, rezumaba indignación y suspiraba entre dientes: «malnacido». Ya se había imaginado algo así, convencido de que su madre no lo había abandonado de esa manera. Había leído bastante sobre mafias y trata de personas, pero aquello, resultaba inconcebible.

—Samuel, ¿tú crees en las conexiones de las personas?

¿Crees que hay hilos invisibles que nos conectan de alguna forma que no podemos explicar, qué trascienden lo entendible?

Como cuando ves a alguien por primera vez y tienes la seguridad de que ya lo conocías de antes, pero sabes que es imposible.

Yo tuve esa sensación cuando vi a ese niño en el monte aquel día y, cuando siguiendo la pista lo vi saliendo de casa con sus padres, lo supe: la leyenda del hilo rojo; el destino lo puso en mi camino.

—Tiene gracia que hables de esa leyenda. Yo siempre me he sentido atraído por la cultura nipona.

Entre la comunidad de padres adoptantes en Japón, la leyenda supone que la vinculación entre el hijo adoptado y los padres ya está realizada de antemano por un hilo rojo.

Este hilo ayuda a las personas a encontrar el amor y, aunque se puede estirar y enredar, no se puede romper.

Las dos personas unidas por el hilo están destinadas a quererse entre sí, a pesar de las circunstancias.

Samuel había tenido la misma sensación aquel día cuando lo recogió:  el niño sabía que estaba en casa y él lo supo también. Se habían unido los dos extremos del hilo.

—Y decidiste convertirte en su ángel de la guarda, en su guardián.

—No podía permitir que el sistema lo separase de mí. Hice lo que tenía que hacer para protegerlo: asegurarme de que llegaba a un buen hogar y, sobre todo, no perder su contacto. Ya no podía.

—Lo sé; yo estoy haciendo lo mismo.

—No entiendo lo que me quieres decir, Antonio.

—Yo quiero ayudarte. Quiero asegurarme de que nadie le vuelva a hacer daño por aquello. No quiero dejar cabos sueltos y hay uno.

—¿Puedo preguntarte ahora cómo nos has localizado?

—Pedí un favor a un compañero. Le dije que eras sospechoso de estafa y seguimos la señal de tu móvil durante unos días.

Con las ubicaciones y una consulta en el padrón municipal fui atando cabos.

Luego hice un pequeño seguimiento vigilando la vivienda, hasta que los vi saliendo de casa y la conexión final la obtuve consultando las redes sociales, Facebook.

—Es imposible, yo no tengo ningún perfil en las redes.

—Ya lo sé, pero tu amigo Carlos sí y compartió una foto de vuestro grupo de montaña coronando el Urriellu , amigos de la infancia. Todo encajaba.

—¡Las dichosas redes sociales! Pero aclárame una cosa: ¿Ahora soy un sospechoso para la policía?

—¡No, hombre, qué va! El caso no existe; no eres sospechoso de nada, aunque es verdad que me podría meter en un lío si se llega a saber. Así que estoy en tus manos.