XII. Samuel y Antonio. Gijón, noviembre-diciembre de 2022 #3
Buscó en Google Maps las ubicaciones que le acababa de enviar su compañero.
En esos últimos cinco días, Samuel había estado en su casa y en otro domicilio dos calles más atrás, que Antonio comprobó era la dirección del portal del edificio donde vivían sus padres, también figuraban varios restaurantes, dos supermercados y la zona de vinos.
Además, aparecía una dirección de un pueblo en las afueras de Llanes cuyo nombre le sonó enseguida; había estado allí hacía poco.
La ubicación era de una vivienda unifamiliar.
Lo que más le llamó la atención fue que ese mismo día, un martes, en el listado también aparecía la dirección de un colegio de esa misma localidad.
Lo del colegio no tenía mucha lógica, ya que Samuel no tenía ni hijos ni sobrinos; ningún niño próximo a la familia en edad escolar. Quizá había ido a ver alguna competición o el partido del hijo de un algún amigo. Eso podría ser.
Consiguió, a través del Ayuntamiento, la ficha de empadronamiento de la vivienda unifamiliar. Otra licencia más que le estaba permitiendo su condición de inspector de policía. Con este asunto ya llevaba unas cuantas. Se disculpó a sí mismo pensando «Para lo que me queda en el convento…».
La ficha enumeraba los ocupantes de la vivienda: un matrimonio con tres hijos, el más pequeño nacido en 2015. La fecha de nacimiento que aparecía en el padrón municipal era el tres de noviembre y el nombre del niño, Ángel. A Antonio le saltaron las alarmas.
Decidió hacer una visita discreta por el pueblo y los alrededores de la casa. Le gustaba el senderismo, aprovecharía. Dejaría el coche en el aparcamiento público que ya conocía y pasaría caminando por delante de la vivienda, por si veía algo.
Así lo hizo, pero estando fuera de servicio.
Un miércoles pasó sobre las cuatro de la tarde.
No había movimiento en la casa. Otro día pasó un poco más tarde, sobre la seis, nada.
Tendría que ir más tarde o un fin de semana.
Resolvió hacerlo el domingo por la mañana, así él dispondría de más tiempo y era más probable que la familia estuviese en casa.
El domingo siguiente, dejó el coche en el aparcamiento y se dirigió a la carretera que llevaba hasta la vivienda en las afueras del pueblo, en una zona donde había otras viviendas unifamiliares parecidas, todas con un pequeño jardín alrededor.
Caminaba con paso corto para avanzar despacio y tener más tiempo para observar; no quería llamar la atención parándose más de la cuenta.
El día estaba soleado, así que se puso una gorra con visera, gafas de sol y ropa cómoda.
Eran las once y veinte de la mañana cuando vio, justo al doblar la curva donde comenzaba una pequeña subida que llevaba hacía la vivienda, que un hombre, una mujer y un niño salían de la casa. Se dirigían a un monovolumen gris aparcado en la entrada, justo delante del portón del garaje.
El pequeño llevaba puesta la ropa deportiva de lo que parecía un equipo de fútbol, con botas de pista y unas espinilleras en las manos.
A la distancia a la que se encontraba no podía verles la cara con claridad, pero al niño lo reconoció enseguida: era el niño que buscaba un acebo para regalarle a su tío.
No podía creerlo. Era el niño del acebo.
Aquel día había tenido una sensación muy extraña al hablar con él, como si ya se conociesen de antes, y luego, al regresar al coche con sus amigos, le vino a la cabeza de nuevo el caso del niño del charco.
Hacía tiempo que no pensaba en ese asunto, pero en ese preciso instante lo había recordado. No podía ser casualidad; era imposible.
«¿Habrá realmente líneas invisibles que conectan a las personas? ¿Tenía algún sentido todo aquello?», se preguntó Antonio.
Siguió caminando para no llamar la atención. En cuanto pudiese, volvería sobre sus pasos, cogería el coche y regresaría a la comisaría, aunque no estaba de servicio; había varias cosas que necesitaba comprobar.
Lo primero, buscar por la redes sociales.
Samuel no tenía ningún perfil —lo cual era un caso atípico—, así que probó con los nombres del padre y de la madre que conocía de la ficha del padrón y…
¡bingo! El padre, Carlos, sí se había abierto un perfil en Facebook.
No tenía mucha actividad, más bien poca, pero había compartido la publicación de un grupo de montaña que había coronado el Picu Urriellu hacía muy poco tiempo, en noviembre.
Se habían hecho una foto en la cima: siete hombres cogidos por los hombros con mucha confianza, sonreían a cámara.
Uno de ellos era Samuel, que estaba casi igual que cuando él lo había conocido, aunque con alguna cana más.
El texto de la foto lo dejaba claro: compañeros de colegio, amigos desde la infancia.
Ya tenía la conexión que buscaba. Solo le quedaba una última cuestión.
Revisó todas las notas de la investigación y encontró un dato qua había registrado de forma posterior a la entrega del informe: se trataba de la fecha del alta médica que la enfermera le había comunicado.
El pequeño había recibido el alta el día dos de noviembre y los Servicios Sociales se habían hecho cargo de él el día tres.
La fecha de nacimiento que constaba en el padrón era 03/11/2015, exactamente el mismo día en que los Servicios Sociales del Principado habían recogido al menor.
No sabía si ese era el procedimiento en caso de no tener datos concretos sobre el nacimiento de un niño o si se trataba de un error, pero descartaba por completo que fuese una casualidad.
No tenía la certeza absoluta, pero todo indicaba que Samuel, de algún modo que desconocía, había conseguido que el pequeño terminase adoptado por la familia de Carlos, un amigo de la infancia.
Sencillamente, no podía ser una casualidad; y recordó entonces lo que le había dicho su compañero Andrés en 2015: «Samuel se ha autoproclamado ángel de la guarda».
Todo cuadraba. ¿Qué podía hacer? Si el niño abandonado era el de los ojos color vaca del valle, sin duda su guardián había hecho un gran trabajo: al menos en apariencia, se veía feliz.
No quería entrometerse; su trabajo no era ese, sino perseguir y encerrar a los malos y, en este caso, no había estado ni cerca.
Tendría que meditar su siguiente paso, si es que decidía darlo, porque el pacto de silencio le concernía también a él.
Durante varios días le dio vueltas al asunto.
Se debatía: por un lado, pensaba que, dado que el niño estaba perfectamente y había terminado en lo que parecía un hogar feliz, no tenía ningún sentido inmiscuirse, ya que no iba a aportar nada; por otro lado, eran muy pocas las personas que conocían la historia completa de ese niño.
Los otros testigos solo conocían la primera parte, el origen de la historia, pero desconocían la segunda: el destino final.
Tenía pruebas de su lealtad a la causa, puesto que no habían dicho ni una palabra en todos estos años.
Además, aunque un día decidiesen hacerlo, no podrían relacionarlo con un niño concreto, porque la identidad del pequeño estaba perfectamente blindada por los Servicios Sociales.
Sabía que por ese lado no había nada que temer.
La otra persona, además de él, que lo sabía todo era Samuel, testigo principal y por lo que suponía, guardián del pequeño.
Solo un tercero, el desconocido, sabía toda la verdad sobre el origen de ese niño, y ese desconocido era el único que podría estar en disposición de hacerle daño.
Los psicólogos de la SAC habían establecido en el perfil del sospechoso que no había razones para creer que estuviese interesado en el pequeño, salvo para llevar a cabo la representación de su fantasía, y habían desestimado entonces la posibilidad de que siguiese en peligro.
Sin embargo, aquello solo era una teoría; si él había localizado al pequeño, no se podía descartar completamente que otros también lo consiguiesen.
No quería jubilarse dejando este cabo suelto.
«Lo mejor», pensó, «será arriesgarme y sincerarme con Samuel».
—¿Sí?
—Samuel, buenos días, soy Antonio Carrera, inspector de policía.
—Sé quien es Antonio. ¿En qué puedo ayudarle?
—¿Está usted en España?
—Sí, estoy en Gijón.
—Perfecto. Es que mire: me voy a jubilar en breve y quería aclarar un poco con usted el caso del niño. Me gustaría que nos viésemos un día en un lugar fuera de la comisaría, donde usted me diga.
—Antonio, ya le dije el otro día que no tengo nada nuevo que contarle sobre aquel caso. Yo solo fui un testigo y son ustedes los responsables de hacer su trabajo y coger a los culpables, ¿no le parece?
—Estoy completamente de acuerdo, pero coger a los culpables ya no va a ser posible y ahora mismo me preocupa mucho más proteger a los inocentes.
—No le comprendo; no sé lo que me quiere decir.
—Samuel, estoy hablando de proteger a Ángel.
Otra vez, el vacío del largo silencio que ocupó la línea telefónica delató a Samuel. La brecha estaba abierta, así que no esperó más para insistir.
—Me gustaría tener una charla con usted y, por favor, no tema: nos mueve el mismo interés, el bien del niño.
—No sé. Bueno… Déjeme pensarlo. No me llame; ya le llamo yo.
—De acuerdo, espero por su llamada entonces.
Después de colgar, Antonio reflexionó sobre la reacción de Samuel. Lo bueno era que no se había atrevido a negarlo, luego estaba en lo cierto; había dado en el clavo. También era lógico que mostrase desconfianza: al fin y al cabo, estaba metiendo las narices donde no le llamaban.
No tenía la más mínima pista de quién era el culpable, cuando eso sí que era asunto suyo; a diferencia del paradero del niño, que había dejado de ser de su competencia en cuanto se hicieron cargo de él los Servicios Sociales. Tenía que darle a Samuel un poco de tiempo.