El niño del charco XII. Samuel y Antonio. Gijón, noviembre-diciembre de 2022 #2
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XII. Samuel y Antonio. Gijón, noviembre-diciembre de 2022 #2

Antonio seguía en el mismo punto muerto. Hizo una búsqueda en el sistema para ver si en los años siguientes se había dado algún otro caso con circunstancias parecidas o secuestros de recién nacidos. Nada, no había nada que pudiese tener la menor conexión.

Se acordó entonces de los compañeros de Delitos Sexuales que habían colaborado en aquella ocasión: uno de ellos ya se había jubilado y el otro había pedido el traslado. Por eso, decidió pasarse por la oficina de esa unidad para preguntar a algún otro compañero del departamento.

—Buenas, soy Antonio Carrera de la judicial. ¿Con quién podría hablar que esté al tanto de delitos sexuales de Gijón?

—Conmigo mismo, soy Sebastián. Dime, qué necesitas.

—Tengo un asunto en el que pueden estar implicadas algunas prostitutas y me vendría bien saber si en estos últimos años habéis tenido algún caso de nacimientos clandestinos, de trata de niños, o alguna noticia de clínicas ilegales en la zona —mintió Antonio.

—No, que recuerde no hubo ningún caso en el que estuviesen implicados bebés, ni siquiera niños, ni tenemos constancia de que haya alguna de esas clínicas clandestinas en Asturias, de momento.

Sí tenemos referencias, pero de provincias más grandes.

Hemos tenido algunos casos de niños, hijos de prostitutas que por denuncias de vecinos o familiares terminan en Servicios Sociales o incluso por nuestra intervención, pero legales, con documentación y partida de nacimiento oficial.

Nada que pueda estar relacionado con la trata.

De mujeres sí, por supuesto, cada vez tenemos más llamadas denunciando estos hechos.

Son todas mujeres indocumentadas, y muertas de miedo, ya sabes. Lamento no poder ayudarte más.

Llamó a los Servicios Sociales, por si pudiesen ampliar la información que tenía.

Como era lógico, existía un protocolo muy estricto sobre protección de datos, por lo que ya no se molestó ni en preguntar.

Para ello tendría que solicitar una orden judicial y eso, obviamente, no era posible.

Tendría que seguir buscando por otro camino.

Solo le quedaba contactar con Samuel, así que volvió a insistir. Lo intentó en varias ocasiones más sin obtener respuesta. Seguramente estuviese fuera de España por viaje o por trabajo, probaría de nuevo otro día.

Se dedicó a otros asuntos; quería dejar todo lo posible cerrado antes de su jubilación.

Pasada un semana, volvió a llamar a Samuel. No sabía si es que no había visto sus llamadas perdidas o si, al no reconocer el número, no les había hecho caso; pero no le había devuelto la llamada. Aun así, insistió varias veces más.

—Buenos días. ¿Samuel?

—Sí, soy yo. ¿Quién llama?

—Soy Antonio Carrera, el inspector de policía que llevó el caso del abandono del niño en Cudillero. Le he llamado estos días de atrás en varias ocasiones y no he podido localizarlo, ¿me recuerda?

—…

—¿Está usted ahí? —insistió Antonio.

—Sí, perdone, es que estaba distraído. He estado de viaje, fuera de España. ¿Hay alguna novedad?

—No, novedad ninguna, por eso le llamaba; por si usted en algún momento pudo recordar alguna cosa que no nos hubiese dicho entonces.

—No tengo nada distinto de lo que les dije en su día. ¿Me llama para eso?

—Bueno y también para saber cómo se encuentra. Si ha tenido algún problema con aquello, alguna pesadilla. ¿Llegó a ir a la terapia que le recomendé?

—No, sinceramente no vi la necesidad. Después de los primeros días, que estuve más confuso, lo superé bien. Una vez que volví a mi vida, me fui olvidando del asunto y tampoco he tenido ninguna pesadilla. Como le digo, lo superé sin dificultad.

—Pues me alegro de que haya sido así. Los otros testigos han tenido menos suerte que usted y todavía arrastran algún trauma, incluso pesadillas.

—Es una lástima, porque parecían buena gente.

—Y lo son, desde luego. Han cumplido su palabra y nunca han comentado nada del caso con nadie; de ahí que no trascendiese a la prensa. Es de agradecer. También usted cumplió con el pacto de silencio.

—Sí, por supuesto, es de agradecer. Yo, como los demás, tampoco he comentado nada con nadie. ¿Necesita alguna cosa más?

—No, simplemente saber cómo estaba y darle las gracias por su silencio.

—No se merecen.

Después de colgar lo tuvo claro, Samuel le había mentido.

Ese primer silencio cuando le dijo quién era resultó más largo y más incómodo de lo necesario y luego se puso a la defensiva.

No le cuadraba nada ese desentendimiento cuando había sido el testigo principal y, además, se le había notado muy afectado e implicado con el niño. Ya sabía por dónde seguir.

Lo primero fue consultar los datos personales de Samuel y el Registro de la Propiedad: soltero y sin hijos, comandante de líneas aéreas comerciales.

No tenía ningún problema con Hacienda; estaba al día y pagaba sus impuestos.

Tampoco arrastraba deudas pendientes, expediente alguno en el Ayuntamiento, ni multas de tráfico.

Figuraba como propietario de un apartamento en la calle Rufo Rendueles de Gijón, su residencia habitual, dos plazas de garaje en un edifico cercano a su casa y un bajo en una calle muy comercial del centro.

Nada de lo que poder tirar; no tenía tacha alguna.

El siguiente paso fue rastrear las redes sociales. No aparecía ningún perfil con su nombre ni en Facebook, ni Instagram, ni en X, ni siquiera en Linkedln. Si tenía alguna cuenta, debía ser con un nombre falso, pero no lo creía; parecía que el hombre era muy discreto.

Entonces, Antonio recordó que, cuando el pequeño estaba hospitalizado y él llamaba casi a diario para interesarse por su salud, la enfermera Laura —tuvo que consultar sus notas para recordar su nombre— le había dicho que Samuel, el hombre que había recogido al niño, también había llamado al hospital para lo mismo.

No le cuadraba para nada lo que le había dicho Samuel esa mañana.

¿Qué estaba ocultando? Decidió llamar al hospital otra vez, por si de casualidad la enfermera estaba por allí y podía contarle algo más.

Llamó a la centralita del hospital y tuvo suerte: Laura, la enfermera de neonatos, estaba de guardia. Pidió que le pasaran con ella:

—Hola, soy Laura. ¿Quién es?

—Laura, soy Antonio Carrera, inspector de policía. Es sobre un caso del 2015, por el abandono de un bebé en Cudillero. Era muy pequeño, apenas tres días y lo tuvieron ingresado ahí hasta que lo recogieron de Servicios Sociales, ¿lo recuerda?

—Sí, desde luego que lo recuerdo. También me acuerdo de ti, aunque no me acordaba de tu nombre. Tutéame, Antonio, por favor.

—Vale Laura, de tú entonces. Verás. Es que estoy revisando mis notas sobre aquel caso, por ver si hay algo que se nos hubiese escapado en aquellos momentos.

Como quedó archivado sin resolver, de vez en cuando lo ojeamos por si hubiese alguna novedad que nos pueda dar alguna nueva pista y como te digo, al revisar mis notas veo que en su día me habías dicho que Samuel, el hombre que rescató al niño, llamaba para interesarse por él, ¿cierto?

—Sí, así es, pero no veo cómo te puedo ayudar yo.

—¿Sabes qué fue del niño después de que se lo llevaran de Servicios Sociales?

—No, Antonio. Solo sabemos que entró en el programa de adopción. A partir de ahí se blinda al niño con un protocolo estricto de protección de datos. No sabemos nada de él, como es lógico, pero eso tú ya lo sabes también.

—Es cierto Laura, lo sabemos, claro y de Samuel, ¿has sabido algo más? ¿Sabes si después del alta siguió interesándose por el niño?

—Samuel y yo somos muy amigos desde entonces, pero no hemos vuelto a hablar del tema del niño.

Si se interesó después por él a mí no me lo ha dicho.

No obstante, tendría el mismo problema, la protección de dados.

Lo mejor, de todas formas, es que se lo preguntes directamente a él, ¿no crees?

Yo, si quieres, te puedo dar su teléfono.

—No, Laura, no hace falta, su teléfono lo tengo ya. No sabía que eráis tan amigos.

—Sí, lo somos. ¿Necesitas algo más? Es que tengo que volver al trabajo.

—No, gracias, Laura por tu colaboración. Un placer volver a hablar contigo.

—Lo mismo digo, Antonio.

Después de colgar, Antonio quedó pensativo: «Así que Samuel y Laura se habían hecho muy amigos… Qué cosas. Samuel, necesariamente, debió pasarse por el hospital cuando el niño estaba ingresado; es difícil creer que se hayan hecho tan amigos solo por teléfono».

Cada minuto que pasaba, Antonio se convencía más de que Samuel estaba ocultando algo, ¿pero qué?

No podía vigilarlo; no tenía capacidad para hacerlo él mismo y tampoco se lo podía pedir a nadie oficialmente, ya que este era un caso archivado.

No sabía cómo conseguir más información sobre Samuel, por lo que decidió tomarse otra nueva licencia: «De perdidos al río», se dijo.

Llamó a un compañero que le debía unos cuantos favores; lo convencería con alguna milonga sobre una investigación que estaba llevando.

Así fue cómo consiguió que rastreasen la señal de su teléfono móvil. A su compañero le contó que era un sospechoso, al que querían descartar como tal, de un caso de estafa. Él tampoco le preguntó más.

Esperó uno días para pasarse por allí y lo encontró en su sitio.

—Buenas. ¿Qué tal?

—Hombre, Antonio, precisamente iba a llamarte yo. Tengo el registro de ubicaciones de tu hombre de los cinco últimos días. Hoy ya no hay nada; ha salido de España.

—Sí, es posible; viaja mucho. Dime. ¿Hay algo interesante?

—No gran cosa, se ha movido poco y por los alrededores. Ni siquiera se ha acercado por puntos oscuros, de los que tenemos en la lista negra, ya sabes.

—Ya, ¿y alguna dirección que se haya repetido especialmente?

—Sí, eso sí. En estos últimos días ha estado en varias ocasiones en las mismas ubicaciones, te las paso. Ya depende de ti sacar conclusiones.

— OK , ya me ocupo yo, aunque no parece que nos vaya a llevar muy lejos. Oye, te debo una.

—No hay problema hombre, te echo una mano con gusto. Alguna tendré que devolverte.