El niño del charco XII. Samuel y Antonio. Gijón, noviembre-diciembre de 2022
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XII. Samuel y Antonio. Gijón, noviembre-diciembre de 2022

Aprovechando el puente de noviembre, Samuel y sus amigos habían organizado una nueva ascensión al Picu Urriellu.

Ya no eran tantos como antes, ni tan jóvenes, pero aún así lograron reunirse siete, incluido Carlos, que llevaba varios años sin acudir a aquellas citas.

Aunque no estaba muy en forma, parecía muy contento de estar allí.

Como vía de aproximación a la base se habían decidido por el acceso al refugio de la Vega Urriellu , situado en la cara Oeste.

Dejaron los coches en el embarcadero de ganado y comenzaron la subida en suave pendiente hasta alcanzar el paso Collado Valle j o desde donde ya se empezaba a ver el Picu en toda su majestad.

A partir de aquí, el camino fue aumentando en dificultad y pendiente hasta alcanzar el Refugio, dejando atrás Las Zetas, una fuerte subida en zig-zag.

Unos ocho kilómetros de recorrido que hicieron en algo menos de tres horas, a paso bastante tranquilo.

Ya en el refugio hubo una nueva discusión entre dos de los montañeros, que no se ponían de acuerdo casi nunca, sobre la vía de escalada equipada por la que preferían hacer el ascenso:

—Mejor vamos por la vía  Rabadá-Navarro , por variar, que siempre vamos por donde tú dices —dijo uno de ellos.

—A ver hombre, no es una cuestión de variar. Es que esa la conocemos menos; hace años que no vamos por ahí y no sabemos cómo está ahora.

—La conoces menos tú, que nunca quieres escalar por esa vía. Yo la pasé hace muy poco y está perfectamente. Se pasa sin problemas.

—Hace poco. ¿Cuánto es?

—Hace un par de meses, con otro grupo de montaña.

—No sé… Yo no lo veo. ¿Para qué arriesgar?

Samuel hizo lo que solía hacer siempre en estas ocasiones, dejarlos discutir un rato y luego tomar él la decisión final, a la que normalmente nadie ponía objeciones:

—Yo creo que esta vez lo mejor es optar por la vía Sur Directa, que es la más sencilla.

Somos muchos y no todos igual de experimentados, ni con la misma forma física.

Hoy lo importante es llegar arriba todos juntos sin que ninguno sufra demasiado o se lesione, ¿no os parece?

—preguntó Samuel conociendo la respuesta.

Para acceder a esta vía tomaron una senda a mano derecha que los llevó a La Canal de la Celada e iniciaron la ascensión al Anfiteatro , donde pasaron a trepar en cordada corta hasta el último paso, la Cresta Cimera que, quizá, es el más impresionante por su estrechez y exposición vertical a ambos lados, para finalmente alcanzar la cima —a una altitud de 2519 m—, en la que se hicieron varias fotos.

Satisfechos, los siete amigos cogidos por los hombros, sonreían a cámara.

A Samuel aquello le parecía mágico y, aún después de haberlo hecho muchas veces, le seguía resultando emocionante.

***

Antonio estaba a punto de prejubilarse; solo le faltaban seis meses.

Por él, hubiera seguido trabajando un poco más, pero los términos que le habían ofrecido —con el cien por cien de su salario— le habían ayudado a decidirse.

No era la primera vez que lo tentaban, y las condiciones de entonces tampoco eran malas, pero a él le gustaba su trabajo.

Aunque resultase ingrato la mayor parte de las veces y la burocracia hiciese mella con frecuencia en su ánimo, conservaba el profundo respeto por la justicia que había tenido desde pequeño: era un policía vocacional.

A la vuelta del fin de semana que habían pasado con su amigos en la casa rural de Llanes, Antonio y su mujer aprovecharon para ir a pasar unos días a Madrid, ya que tenían de vacaciones el resto de la semana del puente de diciembre.

Desde aquellos días en Llanes no dejaba de pensar en aquel caso del 2015 que había quedado sin resolver, y en cuanto se incorporó se puso con ello.

Durante la investigación de 2015 no habían podido descubrir absolutamente nada; no habían obtenido ni una sola pista.

Todo lo que tenían eran conjeturas e hipótesis.

Por eso, se propuso aprovechar los meses que le quedaban de servicio para intentar averiguar algo más o saber, al menos, qué había sido de aquel niño.

Andrés, su compañero de entonces, había ascendido a inspector y lo habían trasladado a Burgos —de donde era oriundo— hacía ya varios años. Al principio se enviaban algún mensaje, pero con el tiempo fueron perdiendo el contacto. Ahora se felicitaban la Navidad y poco más.

El comisario y el inspector jefe de aquel tiempo tampoco habían mostrado mucho interés por el caso en su momento, ya que no había cobrado ninguna trascendencia en los medios.

Ellos no lo habían vivido en primera persona como él, así que lo olvidaron y archivaron enseguida.

Además, también los habían trasladado a otros destinos.

Por lo tanto, a esas alturas, nadie en comisaría estaba realmente enterado de aquella investigación, salvó él.

Eso le permitiría tomarse ciertas licencias si hiciese falta, porque no quería jubilarse sin tener alguna noticia que le ayudase a cerrar, siquiera un poco, ese capítulo.

Recuperó el expediente del archivo y volvió a repasar toda la información que habían recabado. Lo único real eran los testigos y el niño; todo lo demás especulaciones, así que empezó por localizar a los cuatro testigos principales: la pareja, el hombre del plumífero azul y el piloto.

La primera llamada se la hizo a Ricardo, el hombre que había telefoneado al 112 para dar el aviso:

—Buenos días, Ricardo, soy el inspector de policía Antonio Carrera, ¿me recuerda?

—Claro inspector, cómo no lo voy a recordar. ¿Quién habría podido olvidar aquello? Hace siete años ya, ¿verdad?

—Sí, fue en octubre del 2015.

—¿Es qué ha habido alguna novedad?

—No, ninguna. Por eso le llamaba, para saber cómo se encuentran ustedes y por si han recordado o han tenido conocimiento de algún detalle más desde entonces.

—No inspector, nada nuevo, les hubiésemos llamado. Yo estoy bien, me afectó menos a que mi mujer.

Elisa, desde entonces, había tenido pesadillas y, durante los primeros días después de aquello sufrió un par de crisis de ansiedad.

Ricardo tuvo que llevarla a urgencias, donde le recetaron unas píldoras para ayudarla a dormir que seguía tomando, aunque con menos frecuencia que al principio.

Elisa no había querido llamar a los terapeutas que le había ofrecido la policía; no se sentía cómoda contándole su vida a nadie.

Era de naturaleza  muy nerviosa desde niña, pero nunca había querido ir al psicólogo.

—Quisiera, de todos modos, agradecerles su discreción.

La información del hallazgo del bebé en aquellas circunstancias tan desagradables no trascendió, y no hubo ni una sola noticia en la prensa que hiciese mención a ellas, por lo que el abandono de ese niño pasó casi desapercibido —le agradeció Antonio.

—Por eso no nos tiene que dar las gracias.

Usted nos convenció con argumentos de peso y cualquiera con un mínimo de sentido común hubiese hecho lo mismo.

Lo principal era el bien del pequeño; eso era lo más importante de todo.

Nosotros del niño nos acordamos muchas veces, inspector, ya que no supimos qué fue de él.

Esperamos que haya encontrado una buena familia, que lo cuide como es debido.

—En la policía, solo sabemos que fue adoptado enseguida, y nos consta que en Servicios Sociales hacen una selección muy estricta de los padres que solicitan la adopción, así que podemos dar por hecho que el niño está en buenas manos con la familia que le hayan asignado.

—Pues nos alegramos de que así sea. Se lo diré a mi mujer, que seguro que agradece saberlo. Si algún día cogen a las personas que hicieron eso, nos gustaría enterarnos. A ver si se hace justicia.

—Nada me gustaría más que coger a esas personas ,y como usted dice, hacer justicia; pero va a ser muy difícil, Ricardo.

El siguiente de la lista era José Luis, «el charlatán», como lo había llamado Andrés.

Antonio lo telefoneó a continuación. Le hizo las mismas preguntas que le había hecho a Ricardo y obtuvo más o menos las mismas respuestas, pero mucho más largas.

Antonio quiso agradecerle también  su discreción de aquellos días.

—Bueno, inspector, ahí tengo algo que confesarle: ya sabe lo tarde que era aquel día cuando pudimos volver a casa y mi mujer, Maruja, estaba esperándome para comer de muy mal humor, todo hay que decirlo.

Le llegaban los morros a la puerta, creyendo que se me había pasado la hora en el Bar de Paco con los compadres.

Me había llamado varias veces y yo no le había contestado, así que al llegar ese día a casa le conté lo acordado.

»De mano se quedó conforme, pero enseguida empezó a darle vueltas al tema y a preguntarme cosas con mucho detalle. Yo ya me estaba poniendo nervioso, entre el atragantón que tenía y Maruja acosándome; sabía que era cuestión de tiempo que me pillase en una mentira. Menuda es ella.

»Hablé con Ricardo y con Elisa y estuvieron de acuerdo: le diríamos la verdad y le rogaríamos, con los argumentos que ustedes nos dieron, que no lo dijese a nadie por el bien del niño.

Una tarde quedamos los cuatro y se lo contamos todo, tal cual, con todos los detalles.

Maruja, conmovida, se dio cuenta ella sola de que eso no se le podía contar a nadie y cumplió como una santa.

Ya ve usted, no se lo dijimos ni a nuestros hijos.

José Luis le contó, además, que desde entonces había tenido la misma pesadilla recurrente en varias ocasiones, aunque con los años se iba espaciando más en el tiempo.

—No sabe cuánto lo siento. ¿No llegó a ir terapia con los especialistas que le recomendé? —preguntó Antonio.

—Pues no, la verdad. Realmente yo dormir, duermo bien. No tengo trastorno del sueño; solo es la pesadilla y eso es cosa del subconsciente, que va por su cuenta.

—Ya, comprendo. Pues nada más entonces; solo agradecer su colaboración y su silencio. Dígaselo, por favor, también a su mujer.

—Se lo diré, descuide.

Le tocó el turno a Samuel. Lo llamó varias veces, pero no obtuvo respuesta.