XI. Ángel. Llanes, diciembre de 2022 #2
Su madre lo felicitó: lo podrían llevar perfectamente en el coche de pie en el asiento de atrás, sujetando la maceta con el cinturón.
El abuelo no se creía que lo hubiese encontrado él solo:
—¡Qué sí abuelo! Lo he encontrado yo solito. ¿A qué sí, papá? Tuve que buscar mucho rato; cortar muchas malezas y artos y me dolían mucho las manos. Mira. Todavía las tengo rojas.
—¿Y cómo cortabas los artos, Ángel? —preguntó su abuelo.
—Con las tijeras de podar que me dejó usar papá. Las pequeñas que están en la cabaña.
Su abuela entonces lo acercó a ella y dándole un beso muy apretado en la mejilla, dijo:
—¡Ay mi Angelito, qué listo es!
En la mesa de al lado, se sentaron tres amigos de Ana, a la que saludaron al pasar.
A él le parecía que el del flequillo, al que llamaban Charlie, le gustaba a su hermana, porque se había puesto como un tomate al verlo.
Tenía muchas fotos suyas en el teléfono y la había oído hablar de él con las amigas y en algún cuaderno había pintado corazones alrededor del nombre.
Por la tarde, después de comer, preparó con su padre una maceta de buen tamaño que tenían en casa de otra planta que se había secado; la llenaron de tierra y plantaron el acebo.
Su madre le dijo que el lunes iría a buscar una cesta grande, rústica, para poner la maceta dentro y llevarlo así a París.
La semana fue ajetreada, entre el cole, el mundialito de fútbol y los preparativos del viaje.
En el mundialito, su equipo había llegado a la final, pero la perdieron. Aunque estaba muy bien haber quedado finalistas, a él le hubiese gustado ser campeón. Marcos había ido a verlo y él deseaba con todas su fuerzas dedicarle un gol a su hermano mayor, pero no pudo ser.
La madre encontró en una tienda de decoración de Gijón una cesta para poner la maceta; parecía uno de los cestos que usaba la abuela para la leña de la chimenea, aunque nuevo.
El viaje a París se hizo un poco pesado. Su madre les recordó varías veces, como cien durante el trayecto, lo bien que habrían ido en avión, y el tiempo que habrían ganado. Lo peor iba a ser la vuelta: él calculaba que su madre repetiría lo del avión otras cien veces, por lo menos.
Sus padres tenían pensado llevarlo a Disneyland. Él preguntó si podrían ir también al fútbol, a ver al París Saint Germain de Messi y de Neymar, pero en esos días no había partido.
En mayo, Samuel lo había llevado a Madrid a ver al Real en la semifinal de Champions contra el Manchester City.
El Bernabéu estaba lleno hasta los topes; las entradas eran carísimas, según su madre, pero Samuel había dicho que no importaba, un día era un día.
Lo pasó fenomenal y, a pesar de que su madre protestó bastante porque había perdido dos días de clase, mereció la pena.
Los compañeros del equipo del cole se quedaron alucinados cuando se lo contó.
Ya en París, se perdieron varias veces buscando la dirección del piso de Samuel y eso que llevaban puesto el navegador.
Después de varias vueltas llegaron, al fin, porque ya estaba más que harto de estar sentado y metido en el coche.
Lo dejaron en un parking que no estaba muy lejos y llamaron a Samuel para decirle que habían llegado ya.
Samuel se ofreció a bajar al portal a buscarlos, pero él no quiso: quería llevarle el acebo hasta la puerta y ver la cara que ponía.
Dio entonces aviso al portero y, en cuanto llegaron al portal, salió a recibirlos.
Les preguntó si eran «los españoles», con un acento bastante bueno, desde luego mucho mejor que el francés de su padre.
El portero puso las maletas en el ascensor, que era enorme, y le preguntó si quería que le llevase la planta.
—No es una planta. Es un acebo y prefiero llevarlo yo solo, pero gracias de todos modos.
— Asebu , —repitió el portero—, mu bonitó.
Se abrieron las puertas del ascensor y ya pudieron ver a Samuel al final del pasillo esperándolos. Él llevaba el acebo cogido con las dos manos —la cesta tenía dos asas para poder cargarla— y pesaba un montón. Casi no veía porque las ramas le tapaban la vista, aunque había oído a Samuel decir:
—¿Pero qué es lo que me traes aquí? ¿Un acebo hembra? ¿Y puedes tú solo?
Menos mal que el pasillo no era muy largo; ya no podía más cuando Samuel le cogió el acebo y lo puso en el suelo. Acto seguido, lo sujetó por debajo de los brazos, lo levantó en el aire y lo abrazó apretado contra el pecho como hacía siempre, dándole un beso muy sonoro.
—¡Mira que ha salido espabilado este Angelito! —les dijo Samuel a sus padres.
La madre tenía razón, el piso era enorme y la terraza también, en una zona había dos tumbonas y en otra una mesa y varias sillas.
En un espacio, donde se disponían muchas macetas con plantas y daba el sol, dejaron el acebo.
Samuel dijo entonces que el cesto le gustaba mucho, que parecía un paxu como los de la leña de las chimeneas de las casas de los pueblos.
—¡Muchas gracias, Ángel! El acebo es una preciosidad y encima con bolas rojas, justo lo que yo quería. Aquí al sol crecerá muy bien y, cada vez que lo riegue, me acordaré de las montañas de Asturias y de ti, lo que más quiero de este mundo —dijo emocionado.