XI. Ángel. Llanes, diciembre de 2022
Por lo general, su madre tenía que despertarlo por las mañanas porque le gustaba la cama; sin embargo, ese domingo se había despertado solo. Los fines de semana le dejaban dormir con sus hermanos: unas veces con Marcos y otras Ana. Esa mañana, no parecía que Marcos estuviese de muy buen humor:
—¿Qué te pasa hoy qué no paras? Si no me dejas en paz no te dejo dormir más conmigo, te quedas en tu habitación, que ya me has preguntado si estoy despierto cuatro veces…
—Entonces, ¿no vienes con papá y conmigo?
—Hoy no puedo, ya te he dicho que tengo que estudiar física, que mañana hay examen y necesito sacar buena nota —respondió Marcos de mala gana.
Estaba muy nervioso porque, por fin, su padre lo iba a llevar a la cabaña a buscar el acebo que quería regarle a su tío Samuel.
Este le había pedido de regalo para Navidades un acebo hembra con bolas rojas, —los machos no las tienen—, para ponerlo en la terraza de su casa de París.
El problema era que no podía ser muy grande, ya que tenían que transportarlo en el coche.
Su madre no había parado de protestar: por lo visto ya tenía reservados los billetes de avión y, por culpa del acebo, iban a tener que darse la paliza en coche hasta París.
Ella pretendía enviarlo por mensajería, pero él se había negado; temía que se estropease y, además, quería entregárselo a su tío él mismo y ver la cara que se le ponía. Era una sorpresa.
Ya tenía siete años y no había ido nunca a París.
Esta sería la primera vez, aprovechando que en el puente de la Constitución no tenía cole.
Sus padres ya habían estado varias veces, y también sus hermanos, antes de nacer él.
Su madre decía que el piso de Samuel era un pisazo: con una terraza muy grande en el ático de un edificio con vistas a los Campos Elíseos.
No disponía de mucho tiempo. Tenía que encontrar el acebo ese domingo, porque se iban ya el jueves por la mañana. Los tres días que faltaban era imposible ir a buscarlo: él tenía cole y su padre trabajaba. Además, por las tardes le tocaba jugar el mundialito de fútbol con el equipo del colegio.
Después de desayunar, se preparó para subir a la cabaña que el abuelo había heredado de la familia en el pueblo de al lado. Se puso su sudadera roja de más abrigo, un plumífero azul marino y las botas de montaña.
Alrededor de la cabaña había un prado para pasto, pero como el abuelo no tenía vacas, se lo dejaba a un vecino para que llevase las suyas a pastar.
Ese era buen trato para los dos: el vecino tenía más pastos para sus vacas del valle y el abuelo mantenía el terreno limpio sin ocuparse de segarlo.
Además, el vecino, de vez en cuando, les regalaba chuletones que su abuela preparaba a la piedra para chuparse los dedos. Le encantaba esa carne.
Su padre ayudaba al abuelo, —el padre de su madre— a cuidar la cabaña y a desbrozar los alrededores, así que subían con cierta frecuencia.
Le había pedido que le dejase buscar el acebo a él solo en el monte.
Su madre se había negado, como siempre: «¿Cómo vas a ir tú solo al monte?
Con lo pequeño que eres. De eso nada, que te acompañe tu padre».
Al final, su padre había accedido, aunque solo por los sitios cercanos a la cabaña.
Además, para buscar entre la maleza, le prometió que le dejaría unas tijeras pequeñas de podar; así podría cortar los rastrojos y los artos que le molestasen y no pincharse con ellos.
Lo más difícil ahora, en invierno, sería encontrar una hembra que no fuese muy grande.
No podía meter en e coche un acebo ya crecido y, si eran my pequeños casi nunca tenían bayas rojas.
Si no teñían bolas, la única forma de saber si era macho o hembra era por las flores, que son distintas en unos que en otros, pero en invierno no florecen, solo en primavera.
Tendría que tener muchísima suerte para encontrar uno no demasiado grande que ya tuviera bayas.
Llegaron a las diez y su padre dejó el coche abajo para subir por el sendero caminando hasta la cabaña. La mañana estaba muy soleada y el cielo despejado, aunque hacía un poco de frío. Las vacas ya estaban pastando.
Se pararon un rato en una de las fincas del amigo del abuelo para ver a Lord Jim, el toro que había ganado un concurso de la raza Asturiana de los Valles.
Era descomunal y, a veces, se escapaba. Un día había bajado corriendo por todo el camino hasta la zona donde se aparcaban los coches y nadie lograba cogerlo.
El abuelo contaba que iba detrás de todas las vacas y muchas veces se metía en las tierras de otros ganaderos para estar con ellas: a Lord Jim le gustaba variar.
Si se enfadaba daba bastante miedo y, aunque parecía muy torpe y muy lento cuando estaba pastando, si quería, corría muy rápido.
Pero aquel día parecía tranquilo entre las vacas y los terneros de su manada.
Al llegar a la cabaña, su padre sacó una llave enorme, más grande que su propia mano y muy antigua, para abrir una puerta con dos cuarterones independientes.
Primero se abría el cuarterón de arriba, pero como él no llegaba a la cerradura su padre lo aupó.
Él solo metió la llave, pero no tenía fuerza para girarla porque la cerradura estaba oxidada, muy dura y se atascaba.
Una vez abierto el cuarterón superior, metió la mano y abrió el pasador del de abajo; a eso sí llega él solo, sin ayuda.
La cabaña era muy pequeña, de pastor. Hacía mucho tiempo que ya no vivía nadie allí; antes, la familia del abuelo la usaba para pasar el verano con el ganado, pero ahora solo iban de vez en cuando para ver que todo estuviera bien. A veces, con buen tiempo, subían a comer todos juntos.
En ella guardaban la desbrozadora, otras herramientas que tenían para trabajar la tierra y varias tijeras de podar. Su padre le dejó coger las más pequeñas y fue con él hacia la parte de abajo de la cabaña, justo por encima del camino.
Allí había una finca bastante grande que estaba descuidada. El antiguo dueño, que también era amigo del abuelo, había fallecido y su familia vivía fuera, así que no la limpia nadie. Ni siquiera las vacas podían pastar porque está lleno de maleza de monte bajo y de artos.
—Aquí puedes buscar, Ángel, por entre los rastrojos y los artos es posible que haya algún acebo, ya sabes que no puede ser muy grande, ni muy pequeño tampoco, porque no tienen bastante raíz ; a ver si tienes suerte y encuentras uno hembra.
—Vale papá, pero tú vete, que yo lo quiero buscar solo, ¿eh?
—Sí, me voy a la cabaña, voy a ir preparando para desbrozar la parte de atrás. Cualquier cosa me llamas y mucho ojo con las tijeras. No vayamos a tener un disgusto, ¿vale?
—¡Papá, ya tengo siete años!No soy tan pequeño.
Su padre se fue y él quedó por allí, buscando. Iba abriéndose camino cortando con cuidado los artos que le estorbaban —así no se pinchaba—, como le había enseñado el abuelo.
Llevaba ya mucho rato buscando y solo había encontrado dos acebos: uno era muy pequeño y no tenía bolas y otro, más grande, tampoco tenía.
Estaba un poco cansado porque las tijeras pesaban y para cortar los rastrojos tenía que hacer mucha fuerza y le dolían las manos.
Su padre ya lo había llamado varias veces para saber si estaba bien y si había encontrado algo.
Cuando lo volviese a llamar, a lo mejor, le pediría que fuese a ayudarlo.
Estaba llegando ya al final de la finca abandonada cuando, cerca de un muro bajo de piedra, justo al cortar uno de los artos que le estorbaba para pasar, lo vio: era un acebo de algo más de medio metro de alto y ya tenía bolas rojas. Era una hembra.
—¡Papá, papá, que ya lo he encontrado! ¡Ven!
—¡Muy bien hijo! Estoy aquí detrás de la cabaña, ahora voy.
Mientras llegaba su padre, cortó todas las malezas que estaban alrededor para poder sacarlo con toda la raíz.
—¡Vaya acebo más guapo, y cuántas bolas tiene ya! ¡Qué suerte, Ángel! Ahora vamos a ir, poco a poco, sacando tierra con esta azada pequeña que he traído y luego ya en casa le preparamos una maceta para que no sufra. ¿Con quién hablabas antes?
—Con unos caminantes que pasaban y me preguntaron por la vacas que estaban sueltas y por lo que hacía yo.
—¿Y tú qué les has dicho?
—La verdad, que estaba buscando un acebo para regalarle a mi tío.
—Ah, pues entonces no les has dicho la verdad, ¿no? Samuel no es tu tío; es tu padrino.
—Ya lo sé, papá, me lo has dicho muchas veces y mamá también, pero es más fácil decir tío que padrino, que hay niños en mi cole que no saben lo que es un padrino y si digo tío lo entiende todo el mundo. Además, a mí me gusta más que Samuel sea como de la familia.
Sacaron el acebo con mucho cuidado para que no se deteriorase ni perdiese muchas bolas y lo llevaron a la cabaña. Le envolvieron la raíz en una bolsa para que no soltase tierra. Su padre terminó de desbrozar la entrada de la cabaña. Lo recogieron todo, cerraron y volvieron al pueblo.
Estaba contentísimo. Cuando Samuel viese el acebo que había encontrado él solo, se iba a quedar pasmado.
Regresaron a casa y su madre había salido. Le había enviado un mensaje a su padre: estaba en la terraza de la plaza tomando el aperitivo con los abuelos.
Pasó por la habitación de Marcos, que seguía estudiando física, para contarle que había encontrado el acebo:
—¡Ves como no hacía falta que fuese yo, bobo! —dijo Marcos mientras se lo quitaba de encima: Ángel tenía la costumbre de colgarse de su espalda cuando estaba sentado. Con los estirones que había pegado tenía una espalda como un armario.
Ana, su hermana, todavía estaba en casa con una amiga que ya se iba, así que se apuntó para ir con ellos a la terraza de la plaza. Ángel cogió su patinete y los tres se fueron al bar.
Al llegar, su madre le preguntó por el acebo y él les contó cómo y por donde lo había buscado:
—El acebo es muy guapo. ¡Ya con bolas rojas! Y de un tamaño muy bueno, ni grande, ni pequeño —dijo el niño.