X. Marta. Gijón, 2015-2023 #2
»—Ramón, ya te he dicho que no quiero que me regales relojes. Este es el Tissot clásico que mis padres me regalaron cuando terminé enfermería. Le tengo mucho cariño y funciona perfectamente; no necesito ningún otro.
»—¿Qué pensarán nuestros amigos cuando te ven con eso puesto?
»—Tus nuevos amigos, querrás decir. Mis amigos no piensan nada. Me conocen desde hace muchísimo tiempo y conocen la historia de este reloj».
Marta había comprado, hacía unos años, un piso en el centro por consejo de su padre. Era de una tía segunda suya fallecida y la familia lo vendía a muy buen precio. Lo escrituró solo a su nombre y tras una pequeña reforma, lo alquiló. Su padre tenía razón: el piso se había pagado solo.
Habló con su hijas y habló con su padres. Todos la apoyaban para que pidiese el divorcio, aunque le confesó a su madre que tenía miedo por el dinero. Lo que ella ganaba no pagaba ni la compra del mes, con el estilo de vida que llevaban últimamente. Su madre la animó:
—Marta, tú tienes una profesión y un sueldo y con el piso en propiedad tienes donde vivir y nosotros estamos aquí, si hiciese falta. Además, tú tendrás derecho a la mitad de lo que tenéis, digo yo.
—Tenemos separación de bienes, por eso el piso está solo a mi nombre.
—Bueno, pero algo te tendrá que tocar. Marta, las mujeres de hoy día ya no lloran como las de antes, las de ahora facturan. A ver si espabilas.
Y así fue, espabiló. Preparó el piso del centro con otra pequeña reforma.
Le quedó muy acogedor: con tres habitaciones, dos baños y una cocina americana con un salón bastante grande, hasta una pequeña terraza.
Fue haciendo poco a poco su mudanza. Vació su vestidor —tenía uno para ella sola—, y Ramón ni se enteró.
Un sábado por la mañana esperó por él, hacía años que dormía fuera muchas veces y no se molestaba ni en avisar, y se lo dijo sin más:
—Me voy, Ramón, ya le he dicho a mi abogado que prepare los papeles del divorcio. Ulises se viene conmigo.
—¿Qué dices Marta? ¿De qué crees que estás hablando?
—Ramón, mejor me dejas tranquila. Mi abogado ya me ha comentado que le gustaría conocer más detalles de la clínica y de su facturación o, más bien, de la no facturación, precisamente. Tú verás.
Esta vez solo llevaba dos bolsas de viaje y a su perro, pero al cerrar la puerta sintió lo mismo que cuando Samuel rompió con ella, un gran alivio, más que nunca en toda su vida.
Después del divorcio y de quedarse con una bonita suma en su cuenta corriente, ya que Ramón finalmente se avino muy bien a las exigencias del abogado, Marta volvió a renacer.
Recuperó la vida social sencilla que llevaba antes de convertirse en una esnob y continuó con su trabajo.
Las hijas, ya mayores de edad, se quedaban con ella cuando volvían.
Su padre les seguía pagando la Universidad en Usa, que estaban a punto terminar, y lo iban a visitar de vez en cuando. Pese a todo seguía siendo su padre.
***
Un par de años después del divorcio volvió a encontrarse con Samuel de nuevo, de frente, también paseando por el Muro con Ulises.
—¿Qué tal Samuel?¿Cuánto tiempo desde la última vez que nos vimos? ¿Qué han pasado cinco o seis años?
—Creo que seis Marta, fue en 2015, según recuerdo.
—Puede ser, ¿y qué tal todo? ¿Cómo te va?
—Muy bien, en verdad. Sigo con mi vida igual que antes, viajo mucho y escalo montañas, ¿y tú?
—Pues muy bien también. Supongo que sabes que me he divorciado de Ramón y ahora vivo a mi aire, sola, porque mis hijas están fuera estudiando. Estoy adaptándome todavía.
—Ya me imagino. ¿Y qué planes tienes?
Marta vio la ocasión de soltar una frase del clásico de Hitchcock que había visto en la tele unos días antes: Con la muerte en los talones.
Cary Grant, el galán del cine por excelencia, le preguntaba a la protagonista femenina Eva Marie Saint, impresionante con un traje de noche rojo y negro, dónde iba y si la podía acompañar a lo que ella respondía: «Son planes exclusivamente para mí, ¿comprendes? »
Le había parecido magistral y no pudo resistirse. Vio el momento de colocársela, tal cual, a Samuel.
El encuentro duró un poco más; hablaron de amigos comunes y recordaron los viejos tiempos.
En esta ocasión, Ulises, al ver a su dueña detenerse, vio la oportunidad de echarse un rato a descansar y se desparramó en la acera, parsimonioso como una vaca no tenía ninguna prisa en reanudar la marcha.
Su dueña, si por él fuera, podía pararse a charlar todo lo que quisiera.
Pasaron mientras tanto unos cuantos perros y no les hizo ni caso.
Los años no pasaban en balde, para el perro tampoco.
Marta había encontrado a Samuel muy cambiado, no físicamente, seguía muy guapo. Lo había notado más sereno; no era aquel hombre arrollador de antes. Parecía haber encontrado, por fin, su lugar en el mundo, menos macho alfa. «¿Qué lo habrá cambiado tanto?», pensó.
No quiso que Samuel creyese que ella, al divorciarse, volvía a estar en el mercado; por eso le había soltado la frasecita: para que no viese esperanza alguna.
Sin embargo, a ella no le había dado esa impresión, como en el encuentro anterior.
Samuel le había dedicado entonces una sonrisa bastante burlona, como diciendo: «Y a mí, ¿qué me importa? ».
Era evidente que en estos último años Samuel había perdido el interés por ella y eso era una novedad. Esta vez sí había sido completamente sincera: no quería novios y mucho menos amantes. Había tenido suficiente. Planes exclusivamente para ella, la pura verdad.
Seguía quedando con su madre y con su hermana una vez al mes, para ponerse al día. Habían acordado que en esa ocasión sería en casa de su hermana para comer.
Marta les contó su encuentro con Samuel por el paseo de la playa y lo cambiado que lo había notado, no parecía el mismo.
Su hermana comentó entonces que sabía por la amiga de una amiga de María, la mujer de Carlos, que se había implicado mucho con la familia, con los niños.
Se los veía mucho juntos en la playa haciendo surf y también en el Molinón cuando el Sporting jugaba en casa.
Por lo visto el más pequeño de los hijos de Carlos era apasionado del fútbol y era Samuel quien solía llevarlo a los partidos.
—Yo creo —siguió hablando su hermana—, que se ha buscado una familia para llenar ese vacío de la paternidad: como no tiene hijos propios, juega de vez en cuando a hacer de padre de los de otro. No sé…
—Puede ser; puede ser —intervino su madre—.
Tiene sentido lo que dices. ¡Ay! Cada vez que lo pienso me da una pena, con la buena pareja que hacíais.
Qué bien te hubiese ido con él, Marta y qué disgusto tan grande nos llevamos cuando te dejó con todo ya medio preparado para la boda y aquella casita de La Providencia, que era una preciosidad, con esas vistas.
—No me dejo él, mamá. Lo dejamos los dos. Yo quería tiempo para aclararme con lo de Ramón. No estaba segura de querer casarme tan joven y él me dijo que no. Eso es todo, te lo he dicho ya mil veces.
—Ramón, menudo fichaje…Y tiempo dices, pues tampoco es que te pensases mucho lo de casarte con el ginecólogo después de aquello y mira tú por dónde, ese sí que te salió rana.
—Respeta un poco, por favor mamá, que es el padre de mis hijas.
—Haya paz, ¿eh? no empecemos como siempre —terció la hermana—. Eso ya está hablado, y estas cosas pasan a diario.
»Mamá, tienes que dejarla tranquila de una vez. Eso ya es agua pasada y Marta tiene razón, es el padre de sus hijas. De verdad, mamá, que parece mentira para ti.
—Cuando tenéis razón, tenéis razón —reconoció su madre—. Es que llegué a cogerle al ginecólogo mucha manía y he perdido objetividad. Tengo que proponerme ser más prudente; tengo que pensar en mis nietas.
—Exacto, mamá, lo vas pillando.
Las cosas siguieron su curso. Marta se había propuesto hacer algo con lo que siempre había soñado.
Quería participar en una experiencia de ayuda humanitaria.
Viajar a algún lugar por algún tiempo donde fuese valorada su vocación: Médicos sin Fronteras o alguna ONG parecida y conocer otros mundos y otras formas de vida.
Le gustaría probar a vivir de otra manera. Se lo contó a su madre.
—Marta, no te entiendo. ¿Cómo puedes pasar de viajar en primera clase, esquiar en Aspen, llevar la ropa tan exclusiva que llevas y comer en los mejores restaurantes a querer ir al fin del mundo a pasar sabe Dios qué calamidades y pelear con toda esa miseria?
No te reconozco hija. ¿Qué Marta es la de verdad?
—Las dos son de verdad, mamá. Yo me he movido siempre en la contradicción, lo que pasa es que ahora soy consciente; ahora me conozco mejor.
Por eso, cuando me vi como una princesa rosa chicle, con un príncipe de charol azul y una boda de cuento, sentí la imperiosa necesidad de huir en vez de afrontarlo.
Cometí el error de hacerlo echándome en los brazos de Ramón para terminar al final igual, con boda de cuento, solo que en vez de con un príncipe me casé con un sapo y acabé como reina en jaula de oro.
Ahora ya no quiero pareja, no me hace falta.
Quiero vivir mi vida como me dé la gana, nada más.
Su madre, ojiplática y con la boca cerrada por primera vez en su vida pensó: «Por fin ha espabilado; va para sigma ».