El niño del charco X. Marta. Gijón, 2015-2023
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X. Marta. Gijón, 2015-2023

Marta siguió con su paseo por el Muro, arrastrada por Ulises —así se llamaba su perro—, después de encontrarse con Samuel.

No lo había vuelto a ver desde la ruptura, salvo un par de veces, de lejos.

Le había dicho la verdad: no se arrepentía de nada.

Recordaba perfectamente cómo había sido el final.

«Recoge tus cosas, Marta —le había dicho Samuel— voy a dar una vuelta y cuando vuelva no quiero encontrarte aquí, ni nada tuyo. Deja las llaves sobre la cómoda de la entrada antes de salir. Tú y yo hemos terminado»

Tanta vehemencia no era propia de Samuel, y Marta se había quedado desconcertada, dudando de sus sentimientos hasta que, tras la rabia de ese primer momento, se sintió aliviada e indiferente.

«¡Qué extraño!», pensó entonces. «Creía estar enamorada y, ahora que Samuel me ha echado de su casa, no me importa nada, como en la canción»

Recogió sus cosas con bastante rapidez. Tenía ropa, algo de calzado y, en el baño, enseres de higiene y de maquillaje.

Solo había dejado allí una bolsa de viaje que usaba para los fines de semana y, como no le cabía todo en ella, metió el resto en tres bolsas del El Corte Inglés.

Dejó su juego de llaves sobre la cómoda de la entrada, como le habían ordenado, y, cargando con todo, cerró la puerta sin más.

* * *

No volvió a mirar atrás hasta ese día. En realidad eso no era del todo cierto: había seguido la trayectoria de Samuel, aunque sin mostrar interés directamente, como sin querer.

No se había arrepentido de cerrar aquella puerta; pero cuando Samuel le dijo que no se había casado, porque ya había elegido una mujer para eso, comprobó que seguía dolido. Lo había notado azorado:

«¿Seguía interesado en ella después de tantos años?» se preguntaba Marta. Y lo más desconcertante: «¿Había aprovechado ella la ocasión para coquetear un poco?».

Esto último le dio que pensar. «¿Seguía igual que siempre deambulando en la contradicción?» No le había mentido, pero tampoco le había dicho toda la verdad a Samuel. Su matrimonio hacía aguas, desde mucho tiempo atrás.

Su marido Ramón, el ginecólogo, la había conquistado profesionalmente. Le había enseñado mucho y sentía por él auténtica admiración, al principio. No era muy guapo, normalito y la diferencia de edad que había entre ellos la hacía sentirse a gusto.

La relación era mucho más equilibrada que la que tenía con Samuel, que era arrollador y de personalidad apabullante.

Todo un partidito, un príncipe azul tan azul, que brillaba como el charol, resplandecía.

La había tratado desde el principio como a una princesa y ella, deslumbrada, había asumido su papel; sin embargo, siempre con la sensación de estar en un segundo plano, como la afortunada acompañante del hombre de éxito, la envidiada.

Año y medio después de casarse había nacido su primera hija, y al siguiente, la segunda. Fue entonces cuando Ramón comenzó a cambiar. Solo pensaba en el dinero y en escalar socialmente.

Ramón, con otro socio, se decidió a montar una clínica ginecológica privada.

Al principio siguió trabajando en Cabueñes, en la sanidad pública por las mañanas, pero pronto pidió una excedencia.

Esas horas en la nueva clínica eran mucho más productivas —estaban ganando dinero a manos llenas— y pretendía que Marta se fuese también a la medicina privada, así que, ella empezó a echar una mano por las tardes.

Ramón le había hecho un contrato de media jornada en la clínica.

Pronto se dio cuenta de que no le gustaban ni el ambiente de trabajo, ni las clientes.

Con todo, además, no podía: las mañanas en el hospital y las tardes en la clínica eran demasiado y el dinero nos les hacía falta.

Tuvo que elegir y dijo que no a la clínica; le gustaba mucho su trabajo en el hospital y el trato con sus pacientes.

A Ramón no le gustó nada esa decisión, lo que aumentó sus problemas: dejó de valorar la opinión de ella, ni se la pedía y de forma paulatina se fue desentendiendo de las tres.

Marta se ocupaba de las niñas sola, o con ayuda de la familia y él solo tomaba las decisiones: a qué colegio debían ir, a qué academia de inglés, a qué actividades extraescolares.

Jamás las llevó ni las fue a recoger a ningún sitio.

Ni una sola noche se levantó si alguna lloraba, se ponía enferma, o tenía miedo.

Se habían comprado un chalecito en Somió con mucho encanto y con los años él lo había ido transformado en un bloque de hormigón, sin gracia ninguna.

Jamás le consultó a ella ninguna de las ampliaciones: le había añadido una planta, una piscina cubierta, un gimnasio y un ala lateral que era toda vidrieras con vistas al jardín, que se podían abrir completamente o cerrar según el tiempo.

Eso era lo único que le gustaba a Marta.

Todo lo demás, un auténtico despropósito.

* * *

Desde aquel encuentro con Samuel en el otoño del 2015, su matrimonio había seguido su descenso hasta el infierno y cuatro años después de aquello, ya casi ni se hablaban.

Una vez al mes se reunían su madre, su hermana y ella para comer juntas y ponerse al día. Ese día faltaba su hermana que estaba de viaje.

—¿Qué tal hija? Dame un beso.

—Bien, mamá, y ¿tú?

—Mejor que tú, parece.

—¿Vas a empezar ya con el temita?

—Qué quieres hija, estamos preocupados por ti, y por las niñas.

—Las niñas están bien, mamá.

—Sí, bien lejos.

—Se fueron a la Universidad, a Estados Unidos, porque ellas quisieron, ya lo sabes.

—No hija, sigues sin enterarte de nada. Tus hijas se fueron a Estanos Unidos porque vieron una oportunidad de perder de vista a su padre.

—¿Pero cómo dices esas cosas? Por Dios, mamá, adoran a su padre.

—A su padre hace tiempo que no lo aguantan. Tus hijas son muy listas, Marta. ¿Por qué crees que no han venido estas Navidades a casa?

—Se quedaron en Usa, porque era mucho viaje para pocos días y nos les compensaba venir.

—Ya, pero tampoco quisieron ir el verano pasado a Bariloche a esquiar con vosotros porque sabían lo que iba a pasar con Ramón. Esa necesidad que tiene desde hace tiempo de exhibir su éxito. Yo creo que eligió Bariloche solo por eso, por dar la campanada en redes sociales.

—¿Qué sabes tú de redes sociales, mamá?

—Yo nada hija, ni me interesa, pero tú padre lo sigue en Facebook —creo que tu padre se está haciendo un poco voyeur de las redes— por eso te digo que tus hijas no han querido venir este año, ya tuvieron bastante con lo de Aspen del año pasado.

Ese reportaje fotográfico que colgó Ramón, como si fueseis la familia real, por Dios y luego lo de Mallorca, en la casa esa con piscina hacia al mar y el yate.

—No era un yate mamá, era un velero y todo alquilado.

—Ya bueno, barato seguro —escupió su madre con ironía—. No sé, Marta, a mí me parece que vive en el exceso y eso ya está afectando a tus hijas. Cuando lo conocimos ya nos pareció bastante estirado, la verdad, bastante pijo, pero ahora ya se ha convertido en un auténtico fantoche.

La madre desplegó una larga lista con los excesos de Ramón de los últimos años.

Cada dos por tres compraba un cochazo, como si fuera un futbolista famoso…

Estaba haciendo un curso de cocina con un chef muy conocido; no salía del rincón del gourmet y preparaba platos la mar de sofisticados: solomillo de cocodrilo africano con reducciones de crustáceos asiáticos, espuma de coliflor búlgara y esferificaciones de rábano japonés.

Todo ello publicado y perfectamente documentado en redes.

—¡Mamá!

—Bueno, esto me lo he inventado, vale, pero lo que cuelga en su perfil es así de ridículo. De verdad, que hay que ver cada cosa.

»Mira. Tu padre no quiere que te lo diga porque no sufras, pero creo que ya hemos visto bastante todos estos años. No te respeta ni lo más mínimo, ni se ha ocupado de vosotras jamás, salvo para abrir la cartera y lo peor no es eso, hija.

—¿De qué hablas, mamá?

—Pues de ciertos rumores que circulan por el Club: que esa clínica suya, no es trigo limpio.

—¿Qué estás diciendo? ¡Quieres explicarte!

—No, hija, son rumores, así que no puedo decir mucho más, pero tu padre está preocupado.

Le han dicho que les hace «ciertos trabajitos» a algunas mujeres de reputación comprometida —putas, vaya—, desde hace tiempo.

A ver, lo que maneja, por bien que vaya la clínica, es mucho, mucho dinero para ser honrado.

»Hace tiempo que tu padre y yo sospechamos que solo estás con él por dinero y eso es muy triste. Se os nota a los dos que ya no os queréis y eso no se puede disimular.

—Mamá, te estás pasando. Dejemos el tema, quieres.

Después de aquella comida con su madre, Marta abrió los ojos y se sinceró con las hijas en una videoconferencia a tres. Se sorprendió de lo maduras que se habían hecho fuera de casa y le confirmaron lo que la abuela le había adelantado: estaban hasta la coronilla de su padre.

—¿Cómo puede ser que yo no sepa nada de eso y la abuela sí? —les pregunto Marta.

—Mamá, tú vives alelada, en la inopia. Papá dice lo que sea y tú lo obedeces sin razonar; no te enteras de nada.

Nos exhibe como a trofeos, «mis mujercitas» dice, y se pasa el día anda vacilando de la pasta que tiene.

Vive en una competición permanente con esa gente a la que quiere parecerse, para hacer más cosas y tener más lujos.

Es un exhibicionista y a nosotras nos da vergüenza. No somos así —respondió la mayor.

Era cierto, tuvo que reconocerlo. Desde el principio él había cogido las riendas de todo y ella no se había opuesto a nada. Era una consentidora. Siempre un paso por detrás de él, sumisa, como una geisha. Solo recordaba dos pequeñas rebeldías, la del trabajo y la del reloj.

Tenía dos relojes guardados en su joyero que no se había puesto nunca: un Hublot y un Cartier.

»—Te he regalado relojes carísimos, Marta, y sigues empeñada en llevar esa antigualla del siglo pasado» le había reprochado Ramón un día.