El niño del charco IX. Samuel y Laura. Gijón, 2015 #2
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IX. Samuel y Laura. Gijón, 2015 #2

»Con una simple consulta en internet sobre el sexo en mujeres de cincuenta años, se descubre que hay tratamientos hormonales con estrógenos para aumentar la libido.

Hay hasta cirugías de las partes íntimas para recuperar elasticidad, además de geles, vigorizantes, potenciadores y complementos alimenticios con ese mismo objetivo.

»¡Menudo discursito te estoy dando! Te pasa por preguntar.  Creo que los vinos se me han subido a la cabeza y me han soltado la lengua: esto no lo suelo contar yo tan alegremente  —reconoció Laura.

—¡Sí, una buena arenga!, pero interesante.

No sé Laura… yo no creo que todo sea tan sencillo como lo planteas.

Hay muchas mujeres que buscan sexo también, solo eso y no por obligación.

Yo te podría contar cosas que me han pasado y proposiciones de mujeres de las que nunca sospecharías, incluso de pasajeras en el avión.

—Por supuesto que sí. No me estoy refiriendo a las mujeres que utilizan las opciones que ofrece el mercado y la ciencia para seguir disfrutando del sexo.

Eso es muy respetable, siempre y cuando sea su opción y no lo hagan porque se sientan obligadas o por complacer.

Yo sé que hay mujeres que buscan solo sexo, como tú, y también hay mujeres muy agresivas sexualmente, pero podría apostar que las proposiciones que te hacen a ti no se las hacen a cualquiera.

Yo hablo de generalidades que son atribuibles a los distintos procesos físicos y hormonales.

»No quiero hormonas ni drogas que generen artificialmente una necesidad que no tengo de forma natural, solo por complacer.

Parece que tenemos que ser atletas sexuales a los cincuenta años para competir con las de veinte también en eso, cuando nuestro cuerpo ya no lo reclama; no, al menos, con tanta frecuencia. En fin…

Samuel tuvo que reconocer que lo que le estaba contando Laura era nuevo para él. No sabía que las mujeres se sentían presionadas con eso y tampoco de las dificultades que llevaba consigo la menopausia, que conocía de oídas:

—Bueno, es un enfoque y una opinión interesante, pero parece que nunca tenéis lo que queréis, ¿no? —opinó Samuel.

»Yo también he desarrollado una teoría sobre la forma diferente que tenemos de afrontar la relaciones los hombres y las mujeres, según ciertos principios evolutivos y, aunque no estoy de acuerdo con todo lo que dices, puede que lleves razón en algo.

Samuel desarrolló, sin extenderse demasiado, su teoría basada en el reparto de roles y cómo estos habían moldeado algunas de las diferencias objetivas entre hombres y mujeres.

Puso como ejemplo que la visión periférica de las mujeres es mucho mayor: algunas alcanzan un ángulo de casi 180 grados, mientras que los hombres disfrutan de una mejor percepción de las distancias y del movimiento.

Se cree que la causa proviene de las funciones primitivas de cada uno.

Los cazadores desarrollaron ese tipo de visión para su función y las mujeres para proteger a los pequeños de los depredadores y vigilar su entorno inmediato.

—Pues eso no lo sabía yo, pero tiene mucha lógica.

—¡Qué raro! —exclamó Samuel—. Si me estaba dando la impresión de que lo sabías todo.

—¡Muy gracioso! Lo tengo merecido, por listilla.

—Sí, un poco listilla sí que eres, pero volviendo a nuestra conversación: en lo que creo que te equivocas es en comparar lo que les pasaba antes a las mujeres, en esa materia, con lo que ocurre ahora. ¿Qué hay entonces de la liberación sexual de la mujer?

—¡Hombre! La liberación sexual no se discute, era imprescindible. De hecho eso es lo que intento explicar.

»Libres para hacer lo que queramos con nuestra sexualidad.

Decir no debe ser también una opción. Yo reivindico esa liberación por su propio significado: acción de conceder libertad, porque hay mujeres que se sienten presionadas y lo hacen sin ganas; se sienten obligadas, no sea que las tachen de viejas, de reprimidas, de estrechas, de puritanas o de mojigatas.

Alardear y exagerar es la clave; ahora en eso somos como los hombres. ¿Es esto liberación?

—Los hombres también tenemos nuestras presiones, ¿sabes? También, a veces, nos toca hacerlo sin ganas, tenemos que cumplir.

—No lo dudo, aunque en menor grado que nosotras.

Laura consideraba que el reloj biológico era diferente entre hombres y mujeres. Para ella nunca  hubo equilibrio entre los sexos: la demanda de los hombres, desde siempre, era muy superior a la oferta de las mujeres.

Samuel también aportó las conclusiones de su propia experiencia: desde su juventud sí que había notado un cambio en la actitud de las mujeres para mejor.

Más desinhibidas, saben lo que quieren. Había tenido proposiciones increíbles de mujeres bastante mayores que él y relaciones con algunas que le daban mil vueltas y que solo buscaban diversión.

Sin embargo, reconoció compartir alguno de los argumentos de ella.

—La mayoría se muestran muy dispuestas al principio, muy receptivas con el cortejo, los juegos de seducción, la parada nupcial… la conquista, por lo que los primeros encuentros son muy apasionados. Luego van perdiendo gas; se acomodan y la tensión sexual se relaja bastante.

—Ves como lo has entendido. ¿Tu tampoco quieres romances? ¿Solo sexo?

—Sexo, pero con algo más. Atracción, complicidad y afecto además de compañía. Lo que no busco es formar una familia, ni tener una relación seria. No quiero engañar a nadie, ¿entiendes?

—Te entiendo, claro que te entiendo. ¿Ves cómo sí eres un macho alfa ? Imagínate que el sexo ya no fuese tan prioritario. ¿Podrías prescindir de ello?

—No, creo que es algo básico en cualquier relación y lo más natural del mundo.

—Sí, obviamente, pero los datos son los datos y creo que lo del sexo se nos está yendo de madre. ¿Sabías que España es el país más putero de Europa? La media de edad de los usuarios ha bajado a los 20 años.

—¿Y qué tienen que ver las putas con lo que estamos hablando? —repuso Samuel mientras Laura le indicaba moviendo las manos que esperase, que ya vería la relación.

Ella había leído parte de las tesis de sociólogas y teóricas feministas hacía muy poco tiempo y se lo expuso a Samuel: «La sexualidad se ha banalizado».

La prostitución comienza a entenderse como una posibilidad más de la industria del ocio, como ir al cine.

La liberación sexual de las mujeres hacía pensar en su paulatina desaparición, pero no es así.

Se ha expandido y diversificado, en contra de lo que cabría esperar y se está legitimando en el propio sistema.

»Muchos sociólogos opinan que podría haber un problema con esto.

Cada vez, además, acceden a la pornografía más jóvenes y llegan a la adolescencia con una idea muy desenfocada de la sexualidad.

Sigue sin haber equilibrio entre mujeres y hombres, por eso la prostitución ha aumentado de forma desorbitada.

Porque un contacto o un cortejo llevan su tiempo y una chica finalmente puede decir que no, o no a todo lo que ellos pretenden, pero una prostituta no dice que no, nunca.

Además, el hecho de poder elegir entre una amplísima variedad de prostitutas refuerza el sentimiento de dominación, valor añadido al placer sexual.

Fantasías y placer sin complicaciones. Se compra sexo o se pide a domicilio, como una pizza.

—Caramba Laura, vaya teorías... —repuso Samuel aprovechando la pausa de ella.

—Porque sabes qué hay detrás, ¿verdad? Lo que hay detrás de la prostitución en muchísimos casos. Hay trata de mujeres, abusos y vejaciones también a menores.

—Nos hemos desviado mucho del tema. ¡Pareces una predicadora! ¿Por qué hemos acabado hablando de prostitución? Mejor pago y nos vamos a otro sitio a tomar una copa —ofreció Samuel.

Salieron del restaurante y los dos agradecieron el frescor de la noche, muy estrellada.

Se acercaron a un pub que estaba muy concurrido y Laura saludó a unos amigos que justo dejaron su mesa libre.

La ocuparon y Samuel se acercó a la barra.

Al rato un camarero les sirvió un par de gintonic y siguieron charlando de sus aficiones: ella también era apasionada de la montaña.

Se les pasó el tiempo volando y bastante tarde ya, la acompañó a casa:

—Llámame alguna vez, ¿eh? Que la próxima invito yo —se despidió Laura dándole un beso en cada mejilla.

—Desde luego, la próxima va de tu cuenta.

De regreso a casa, Samuel reflexionó sobre lo hablado: las cosas estaban cambiando más rápido de lo que creía. Las mujeres estaban tomando el control; al menos, alguna de ellas.

Parecía que, después de todo, las mujeres habían empezado a dejar atrás ese rasgo atávico.

Ya no se mostraban tan interesadas en el nido o, tal vez, Laura fuese un valor atípico, una excepción a la norma: una mujer independiente que no tenía miedo, pasaba de las presiones sociales y solía hacer lo que quería.

Recordaba haber leído un artículo sobre mujeres sigma.

De todos modos, y a pesar de las calabazas, le resultó muy grata su compañía. Algún día la llamaría; no estaba todo perdido con ella y, desde luego, las enfermeras no eran lo suyo. Eso sí que era una certeza.