El niño del charco IX. Samuel y Laura. Gijón, 2015
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IX. Samuel y Laura. Gijón, 2015

Samuel telefoneó al poco tiempo a Laura, la enfermera. Quedó en pasarse por allí al día siguiente que ella tenía guardia.

Le llevó un ramo con una docena de rosas blancas. Ella las recibió con agrado:

—Vaya, Samuel, son preciosas. No tenías que haberte molestado, hombre.

—Son para darte las gracias, por tu atención.

—No se merecen, solo he hecho mi trabajo y, por cierto, aquí no hemos vuelto a saber nada del niño.

En los Servicios Sociales son muy estrictos con el tema de la protección de datos, como es lógico, pero seguro que el Angelito ya tiene una familia, tal y como era de pequeño y de sano. ¿Tú qué crees?

—Estoy seguro de que ya tiene una familia que lo cuide, pero yo he venido por otra cosa, Laura.

»¿Puedo invitarte a cenar uno de estos días?

—Claro que puedes. Yo este fin de semana no tengo guardia, así que, el viernes o el sábado me van bien.

—Pues por mí mejor el sábado, que el viernes ya tengo un compromiso.

El sábado pasó a recogerla, según lo acordado, a las ocho y media para tomar primero un vino por la ruta; había reservado mesa para las diez en un restaurante céntrico.

Como ella vivía cerca, él fue caminando y la esperó en el portal del edificio.

Hasta entonces solo la había visto en el hospital: siempre con la bata blanca, la cara lavada, el pelo recogido en una cola de caballo y zuecos de enfermera.

Laura apareció con un pantalón negro de campana muy ligera que la hacía muy esbelta, una blusa por fuera de seda beis con cuello camisero y los dos primeros botones desabrochados —lo justo para que se viese una cadena fina de oro con un colgante de perla en forma de gota—, botines negros de medio tacón y una cazadora de cuero corta, sin abrochar, del mismo tono que la blusa.

Llevaba unos pendientes de aro dorados, no muy grandes, la melena suelta y se había maquillado de forma discreta. Samuel quedó impresionado al verla.

Tomaron un vino en una terraza: blanco ella, tinto él. La conversación fluyó con facilidad; charlaron sobre sus trabajos y sus vidas sin entrar en detalles y, a la hora señalada, se acercaron al restaurante.

Durante los postres, y al calor del vino, ya habían ganado confianza.

Fue entonces cuando ella le dijo, sin rodeos, que no estaba interesada en ninguna relación; había aceptado la invitación porque él le había caído muy simpático desde el principio y, aunque las otras enfermeras del servicio estaban revolucionadas, ella no quería líos en ese momento de su vida.

—¿Es que no te van los tíos? Porque para eso tengo bastante olfato y no me lo pareció.

—Ya estamos… Si una mujer no te hace caso, ¿ya crees que es lesbiana? ¿No se te ocurre pensar que no es que pase de los tíos, sino que pasa de ti?

—No, no, perdona. No me he explicado bien; quería decir que he interpretado mal las señales. Pero por lo que veo, habéis hablado de mí.

—No te hagas el tonto. Pues claro que hemos hablado de ti, después de la escenita del ramo de rosas fui la comidilla del servicio.

Todas me dicen que eres muy guapo y estoy de acuerdo, pero ya he tenido bastante con mis relaciones anteriores y a mi edad, cuarenta y ocho, de sexo no tengo ya mucha necesidad.

Esa es la pura verdad. Para qué fingir otra cosa.

—No aparentas esos años; no te echaba más de cuarenta y dos o cuarenta y tres, como yo, pero caray Laura, sí que eres directa.

—Es para que no pierdas el tiempo. Lo dicho: no me interesan los romances y el sexo, menos.

»Antes era distinto, el cuerpo lo pedía, pero ahora casi ni me acuerdo, mis hormonas se han plantado. Además, para tener relaciones necesito estar enamorada y, por el momento, no estoy interesada en el amor.

Le había costado, pero por fin estaba a gusto y era su dueña.

No se sentía responsable de la felicidad de la pareja, ni culpable.

Era una carga que no quería. Hacía lo que le daba la gana, a su antojo.

Disfrutaba de amigos con los que salir, hacer excursiones y viajar.

No tenía pareja, pero no se sentía sola, y su intención era seguir así.

—¡Vaya! Hacía tiempo que no me sentía así de raro con una mujer. Creo que estoy nervioso.

—No será para tanto, hombre… Pero mira, ya que me he puesto, sigo con este brote de sinceridad porque me has caído bien.

Te voy a contar una de mis teorías, a ver si la compartes.

Yo dudo mucho de esa nueva imagen que las mujeres de mi edad, o mayores, se empeñan en proyectar ahora: eso de ser atletas sexuales no me lo trago.

—¿Eh? ¿Cómo que «atletas sexuales»? No lo había oído en mi vida. ¿Qué quieres decir con eso?

Samuel la observaba sorprendido; no sabía muy bien cómo comportarse. Laura lo había intimidado y no tenía claro si se estaba quedando con él, si le estaba dando calabazas de una forma elaborada y retorcida, o si simplemente estaba como una cabra. Así que probo con la segunda opción:

—No sé, creo que estás pasando de mí, claramente. Vaya excusa te has inventado para quitarme de en medio. ¡Unas calabazas como una casa! No tengo nada que hacer, vamos.

—¡Qué va hombre! No es una excusa, es así como te lo cuento.

Verás: tú eres un macho alfa, muy alfa, y yo no quiero empezar relaciones que sé que serán, a la larga, la crónica de una muerte anunciada.

No cumpliría tus expectativas amatorias, seguro.

Me has caído muy bien y me gustaría comenzar una buena amistad.

Eso si tú quieres, claro, pero nada más.

Samuel comenzaba a intuir… Ella no había tardado mucho en sacar lo del alfa. No era la primera vez, ni mucho menos, que lo acusaban de ello.

No sabía muy bien por qué, de un tiempo a esta parte, las mujeres sentían cierta necesidad de reprocharle eso.

Como si el simple hecho de decirlo en voz alta las reafirmase en algo que él no alcanzaba a comprender.

¿Representaba algún triunfo aquello? ¿Creían que rechazar al que consideraban un alfa otorgaba algún estatus?

Tal vez se trataba de eso. Decidió seguirle el juego.

—¿Por qué dices que soy un macho alfa?¿Cómo lo sabes? Si casi no me conoces.

—Eso en tu caso es evidente, Samuel. Tú, como todos, sigues tu instinto: ese impulso que os lleva a poner la semilla en cuantos más sitios, mejor. A fecundar como un aspersor, vamos, solo que no todos tenéis el mismo éxito, claro.

Samuel pensó entonces que se estaban aclarando las intenciones. Ella lo veía como un donjuán. Era una chica tradicional y se le empezaban a ver las costuras. No quería un lío, quería un guerrero-cazador, pero de los que no se van. De los que se quedan. Le siguió el juego.

—¿Qué dices? Me parto contigo. ¿La semilla? Y entonces, ¿los anticonceptivos?¿Pero en qué siglo vives?

—A ver, Samuel. No me has entendido. ¿Nunca has visto los documentales de La 2 o qué?

»Lo de los anticonceptivos lo sabes tú que eres racional, pero tu instinto primitivo no lo sabe y tus soldaditos ancestrales tampoco, que cuando les toca salen a por todas, como locos a la conquista del óvulo.

Perpetuar la estirpe es su motivación. No saben que se van a estrellar contra un muro de látex o, peor aún, que se van a desvivir por llegar a unas trompas de falopio donde en realidad no hay ningún óvulo que conquistar y es entonces cuando se dan cuenta de que los han engañado.

Lo que los mantiene tan receptivos y tan activos es tu instinto.

No están pensando en tu placer, no señor; van a lo suyo. Lo demás es colateral.

—De verdad que estoy flipando. Visto así, parece que somos unos cromañones, ¿no?

»Pero nos desviamos del tema. Me has dejado con curiosidad sobre esa teoría tuya de las atletas.

—¿Qué teoría? ¿La de las mujeres y el sexo?

—Sí, no sé si te sigo, o no lo he entendido bien. ¿Las mujeres de cincuenta pasan del sexo según tú?

—No, no, no, no es eso, y no a los cincuenta. Depende de su ciclo, ya sabes, menopausia, pero sí que a partir de cierta edad nuestra libido empieza a desactivarse, poco a poco. Es un dato científico y cada mujer es diferente. Claro está que son generalidades.

—¡Ah! pues me interesa conocer lo que piensan las mujeres de tu edad, desde luego.

—Yo no sé lo que piensan las demás, pero lo que yo intuyo es que las mujeres, en su afán por parecerse a los hombres, se han convertido en imitadoras.

Según ella, muchas mujeres se esforzaban en ofrecer una imagen de vampiresas y devora hombres.

En la generación de las abuelas, tendían a reprimirse; en la cultura católica estaba muy mal visto que mostrasen sus deseos o fuesen desinhibidas con sus gustos sexuales, ya que tenían que llegar vírgenes al matrimonio.

Eso había cambiado: la sociedad ya no las juzgabas, pero Laura consideraba que habían  cambiando un estigma por otro.

Samuel, después de escuchar esto último, se había perdido por completo.

No sabía qué pensar ya, no le encajaba en ningún patrón.

Esta mujer  también había desarrollado sus propias teorías y las defendía con convicción.

La de los estigmas le pareció  interesante y así se lo hizo saber. Ella no se hizo de rogar.

—Antes, a las mujeres que se mostraban menos reprimidas o no eran lo bastante decorosas y recatadas, las tachaban de «una cualquiera » , ese era su estigma.

Ahora es al revés, sobre todo entre las más jóvenes: pierden la virginidad lo antes posible y con el primero que pasa, porque de lo contrario les colocan otra etiqueta, la de estrecha, igual de ofensivo que la primera .

Se ha cambiado la represión por la presión, convirtiendo un derecho que ha costado siglos conseguir, en una obligación, al menos en algunos casos.

»Muchas jóvenes, incluso menores de edad, se sienten presionadas para tener relaciones cuando ni su cuerpo ni ellas están todavía preparados, pero no se atreven a decir que no.

Y ocurre lo mismo con mujeres mayores que tampoco se atreven a negarse por miedo al rechazo, a que sus parejas las dejen o acudan a meretrices; muchas veces lo hacen más por complacer que por propio gusto.