VIII. Samuel. Gijón, 2 de octubre de 2015 #6
—Estupendo, Samuel, ahora las cosas irán rápido. Tenemos que estar preparados; Carlos y María deben estar al tanto. Esperemos que en unos días los llamen de Servicios Sociales, para la preselección.
—¿Cuándo calcula usted que pueda ser? ¿Cuánto tardan otras veces?
—Depende de las circunstancias del menor, de la edad y otros factores. Suele retrasarse mucho si hay padres biológicos, entonces es un proceso mucho más largo, pero en este caso, tal y como es el niño y sin padres por el medio, confío en que no sea mucho tiempo.
—¿Cree que tenemos posibilidades?
—Yo he cumplido mi parte, la solicitud y la escalada hasta los primeros puestos. Ahora ya no depende de mí, pero si le soy sincero creo que las tienen y bastantes.
Los Servicios Sociales telefonearon a Carlos el 15 de noviembre: los citaban a él y a María para el día siguiente en su Centro de Oviedo. Deberían estar allí a las nueve y media para una entrevista con una psicóloga.
Una semana después de aquella primera entrevista, una agente de Servicios Sociales volvió a telefonear a Carlos. El motivo era notificarle que, al día siguiente, les harían una visita a domicilio cuando estuviese toda la unidad familiar reunida; querían valorarlos en una escena cotidiana:
—¿A qué hora les viene bien que pasemos?¿Cuándo pueden estar todos juntos?
—Pues mejor por la tarde, a partir de las siete y media —respondió Carlos.
—Allí estaremos entonces.
Al día siguiente, puntualmente, a las siete y media de la tarde llamaron a la puerta una mujer y un hombre que se presentaron como psicólogos de Servicios Sociales. Los niños estaban haciendo sus deberes.
Revisaron en la visita toda la casa, incluso abrieron la nevera y los armarios. Preguntaron dónde tenían pensado que durmiese el niño, si fuese el caso. Luego, uno por uno les hicieron varias preguntas:
—¿Habéis acabado los deberes? —preguntó el hombre a los niños.
—Sí, lo de hoy estaba chupado —contestó el niño.
—¿Cómo te llamas? —pregunto la mujer a la niña.
—Yo me llamo Ana, y mi hermano Marcos.
—¿Y qué has hecho hoy, Ana?
—Ir al colegio y como es jueves a natación; nos lleva papá. Hoy me han dado el gorro rojo.
— ¡Ah! ¿Y eso qué significado tiene?
—Pues el gorro rojo es el que nos dan cuando nadamos muy bien, después el azul, de experto y luego el negro que ya es de mayores, para competir. Mi hermano es gorro azul.
Continuaron haciendo preguntas muy variadas. María a las ocho y media les consultó si podría ir preparando la cena, que se hacía tarde. Los niños se acostaban a las nueve y media como mucho; madrugaban bastante.
—Por supuesto, la acompaño —exclamó la mujer.
—Carlos, que se vayan poniendo el pijama. Hoy ya vienen duchados de la piscina —les aclaró María a los dos funcionarios—. Luego a poner la mesa.
—¿Qué hay de cena? —preguntó la niña
—Hay pescado rebozado con ensalada.
—¡Ag! no me gusta el pescado, ningún pescado, mamá. Prefiero cuando hace la cena papá.
—Ya, así te libras del pescado, como a él tampoco le gusta mucho, pero te aguantas. Puedes echarle un poco de mayonesa, si quieres.
Las dos mujeres se fueron a la cocina a preparar la cena mientras seguían charlando. Al rato, Carlos llegó para poner la mesa junto con el otro hombre, y los niños que ayudaron, más o menos, a su padre.
—Papá, ayer ya puse yo los platos. Hoy le toca a Marcos que siempre se escaquea.
—Oye, que yo los recogí después. ¡Lista, que eres una lista!
Los dos psicólogos se despidieron dejando a la familia disponiéndose para cenar. María los acompañó a la puerta:
—¿Cuándo tendremos noticas? —les preguntó.
—Nosotros eso no lo sabemos. Solo redactaremos un informe sobre la entrevista que les hemos hecho la semana pasada y sobre la visita a domicilio de hoy. Es todo lo que podemos decirle.
Después de cenar acostaron a los niños y llamaron a Samuel, que ya había vuelto a sus vuelos y a su vida en París. Le contaron todo lo que había sucedido y que ya solo quedaba esperar. Dependían del informe de esos dos psicólogos.
A finales de semana Samuel regresó a Gijón y llamó al abogado para saber si había alguna novedad; pero no había ninguna.
El lunes 29 de noviembre, llamaron de nuevo a Carlos de los Servicios Sociales.
Una funcionaria le comunicó que eran los candidatos elegidos y que, si estaban conformes, al día siguiente empezarían con todo el papeleo.
—Lo estamos, lo estamos —se apresuró a confirmar Carlos.
Samuel fue a cenar con ellos esa noche. Como la temperatura era muy cálida y los niños ya se habían acostado, María ofreció poner la mesa en el porche. Samuel la ayudó mientras Carlos preparaba algo de picoteo y abría una botella de vino para celebrarlo.
Ya sentados y con la copa en la mano, le comentaron a Samuel que la niña no cesaba de preguntar cómo se iba a llamar su nuevo hermano. Fue entonces cuando le rogaron que él, como padrino, tomara esa decisión:
—Este niño no tuvo nombre hasta que llegó al hospital y las enfermeras de neonatos fueron las primeras en darle afecto llamándolo Angelito; así que, si estáis de acuerdo, me gustaría Ángel. ¿Qué otro nombre podría darle?
Gracias al abogado todo se resolvió con bastante rapidez, ya que tenía mucho papeleo adelantado; así que ese mismo viernes les entregarían al niño.
María y Carlos se dedicaron esos días a preparar lo necesario.
Vaciaron la habitación de los juegos y recolocaron todo lo que todavía usaban.
La pintaron de un gris muy claro, pero que hacía contraste con el blanco de la carpintería y del armario empotrado.
María conservaba solo alguna ropa como recuerdo de cuando sus hijos eran bebés; ya no tenían ni cochecito, ni cuna, ni cuco… Tuvieron que comprarlo todo de nuevo.
—María, dejadme que os ayude con eso —pidió Samuel—. Yo puedo hacerme cargo de todos esos gastos. Será el regalo de padrino.
—Bueno, por esta vez lo aceptamos, pero hazte a la idea de que no vamos a permitir que lo malcríes, ¿eh?
—No creo que pueda hacer eso, estando tú al acecho —se rio Samuel.
El viernes, María y Carlos fueron a recoger al pequeño al centro de acogida para llevárselo a casa.
Allí los esperaban los niños, muy alterados, con los abuelos.
La abuela fue la primera en coger al bebé; emocionada, lo revisó con detenimiento y comprobó, con pericia de cirujano, que tenía enteros pies y manos. Luego sentenció:
—Sí, está muy bien rematadín y las orejas las tiene bien pegadinas.
Nunca supieron por qué la abuela hacía eso cuando nacía un niño en la familia, pero la obsesionaba que les faltase algún dedo y tuviesen orejas de soplillo.
Poco después los abuelos se marcharon, dejándolos solos a los cuatro con el nuevo miembro de la familia.
Samuel se paso a visitarlos al día siguiente. Manifiestamente feliz cogió al niño en sus brazos, aunque seguía sin darse mucha maña, y lo apretó de nuevo contra su pecho.
—¡Cómo has crecido!
»Ya estás en casa, pequeño, ¡por fin!