VIII. Samuel. Gijón, 2 de octubre de 2015 #5
—Claro que lo acepta, pero no esa cantidad.
Ya no se conforma con eso. Ha visto que puede sacar mucho más con este niño y ha subido la tarifa.
Esa ventaja que usted ha supuesto por conocer la existencia del pequeño también la ha tenido él y ha movido sus fichas; se ha vuelto avaricioso.
Mi consejo, Samuel, es que se olvide de este asunto.
La única opción que nos queda es ofrecer una cantidad mayor, y yo en eso ya no me quiero meter. Pondría en juego mi carrera, como poco.
—¿De qué me habla? ¿Ofrecer una cantidad mayor? Explíquese mejor.
—Samuel, de verdad, déjelo correr. Hágame caso, por favor. Nos ensuciaríamos las manos y no merece la pena
—Explique lo de la cantidad; quiero saberlo. Los dos estamos metidos ya en esto.
El funcionario quería más dinero por ese trámite. Sabía que ese niño se colocaba solo. El experto le recomendó no entrar en ese juego, ya que era demasiado arriesgado y quedarían a su merced. Ya no se fiaba de él.
Tenía que reconocer, no obstante, que el empleado público se exponía más que ellos: amén de ser expedientado y perder su trabajo, podría ir a la cárcel. No le interesaba abrir la boca.
—¿De qué cantidad estamos hablando?—preguntó Samuel.
—De esta —dijo el abogado mientras le entregaba un papel con una cantidad escrita.
—Esto es muchísimo dinero. ¿Qué garantías tendríamos entonces?
—Garantía ninguna, Samuel, por eso le digo que se olvide.
Si Samuel se decidía por asumir el pago, lo único seguro era que sus amigos pasarían a ocupar los primeros puestos de la lista de espera y accederían a la preselección; sin embargo, aún habría otros candidatos a los que entrevistar.
Por lo tanto, la decisión final dependería, de todos modos, del equipo de psicólogos y de sus responsables. Sería, en definitiva, un acto de fe.
—¿De qué tiempo disponemos?
—De poco, tiene que tomar la decisión lo antes posible.
—Necesito al menos un día para pensarlo. Yo jamás he hecho una cosa así.
—Lo sé, por eso le pido de nuevo que recapacite y lo deje correr. Piense que el equipo que finalmente tome la decisión lo hará de forma justa y elegirá a unos buenos candidatos: son muy profesionales. El niño de todas formas terminará en un buen hogar, con unos buenos padres.
Samuel salió del despacho del abogado hundido.
Se había hecho muchas ilusiones con el niño y había implicado a Carlos y a María.
Sería una gran decepción para los dos. Decidió dar un paseo y subir hasta el Cerro, ver la inmensidad del mar en el horizonte siempre le ayudaba. Tenía que reflexionar y mucho.
Se enfrentaba a una decisión compleja, una encrucijada. No sabía cómo resolverla y le preocupaba no poder compartirlo con nadie —ni siquiera con Carlos, que no conocía todos estos pormenores—, y con sus padres menos. Tendría que rumiarlo él solo. En su cabeza bullían pensamientos desordenados:
Por un lado era una cantidad de dinero importante sin ninguna garantía: por otro, estaban sus amigos, que ya se habían hecho demasiadas ilusiones por su culpa y por si fuera poco, estaba él mismo. El niño lo había hipnotizado; lo había hecho salirse de la ruta y perder sus coordenadas.
Ese comportamiento impulsivo no era propio de él, que organizado y calculador disponía su vida por filas y columnas, como un Excel.
El abogado tenía toda la razón: «¿Cómo creía que lo íbamos a conseguir si no era mediante soborno? ¿Cómo soy tan ingenuo?», pensó.
No podía seguir adelante; era absurdo. ¿Soborno y corrupción él, que no tenía ni una multa?
Se arriesgaban, además, a ser descubiertos.
Si el funcionario era así de sinvergüenza podría incluso chantajearlos más adelante.
Cometerían un delito y todo podría quedar en nada: se exponían perder al niño igualmente, además del dinero.
Había tomado una decisión; tendría que hacerse a la idea. Al día siguiente llamaría al abogado para decirle que desistía. Después ya buscaría la forma de decírselo a Carlos y María.
Terminado el paseo, regresó a su casa. Llamó a su madre para decirle que, al final, no iría a comer con ellos porque iba muy justo de tiempo. Comió algo ligero y se cambió de ropa; había quedado para jugar un partido de pádel.
Durante el partido estuvo distraído. Incluso su pareja de juego le preguntó si le pasaba algo; fallaba bolas fáciles, incapaz de concentrarse. Perdieron. Su cabeza no dejaba de darle vueltas a lo ocurrido; le iba a costar muchísimo olvidarlo. Se había entusiasmado demasiado con ese niño.
Esa noche se despertó a las cinco de la mañana, sobresaltado:
Caminaba solo por un bosque. No sabía si el lugar era una invención de su cabeza o si existía realmente y no lo recordaba.
Oía un ruido, suave al principio, hasta que se convertía en un alarido.
Al acercarse, veía a un bebé muy pequeño que lloraba desnudo en un charco.
Hasta ahí, salvo por el escenario, era tal y como había sucedió aquel día; pero cuando se agachaba a recogerlo, el pequeño comenzaba a hundirse, como si en vez de un charco fuesen aguas profundas.
Luchó por rescatarlo hasta el agotamiento e, impotente, contempló cómo se lo tragaban las aguas.
Sudando y empapado, ya no pudo volver a pegar ojo. Estaba completamente descorazonado.
Lo primero que hizo a la mañana siguiente fue consultar su banca digital. Revisó todas su inversiones.
Tenía cuentas en varias entidades y con productos diferentes.
No tenía ni idea de cómo se podría hacer lo que pretendía: él no tenía dinero negro, aunque podría reunir la cantidad del soborno sin problema.
Después del sueño, con la vigilia de la noche, lo había decidido.
No tenía otra salida que correr el riesgo.
Sabía que su vida había cambiado aquel día en Cudillero y nunca volvería a ser él mismo.
Se había prometido velar por ese niño, costase lo que costase, y sabía que, al menos, tenía que intentarlo.
El sueño de esa noche había sido revelador.
Su propio subconsciente le había mostrado el camino: si se echaba atrás ahora, arrastraría toda su vida la carga de no haber hecho todo lo necesario por el niño. No tenía elección.
Volvió al despacho del abogado y se lo planteó más o menos de ese modo. El abogado intentó disuadirlo de nuevo, pero sin éxito.
No había vuelta atrás. La decisión estaba tomada: tenía que mancharse la manos.
Durante la conversación surgió un nuevo contratiempo. Samuel se dio cuenta de que el problema se presentaba con la forma de pago, porque el abogado había insistido en que tenía que ser en efectivo y en B . Nada de transacciones bancarias:
—Samuel, tiene que buscar la forma de conseguir ese importe en B —en el argot lo llamamos sin plomo —. No lo puede sacar de sus cuentas sin más. Si surge cualquier problema o una inspección fiscal tendrá que justificarlo y no va a poder.
—Pero yo no tengo dinero sin plomo, como usted dice, y declaro todos los ingresos: tengo una nómina y las rentas que cobro de los alquileres también las declaro.
—Pues hable con su asesor fiscal y que le aconseje.
Llamó entonces al otro abogado, al que le llevaba sus asuntos y quedaron para la tarde de ese mismo viernes en su despacho.
Samuel le contó lo que necesitaba: una importante suma de dinero sin plomo .
Su abogado le recomendó entonces vender uno de los dos bajos del centro, que había adquirido a la baja como inversión y que ahora tenía alquilados.
Uno de los inquilinos le había hecho ya varias ofertas de compra.
Podría ser la solución si este se avenía a que una parte del precio fuese bajo cuerda . Se lo podrían plantear.
El abogado llamó directamente al inquilino y le preguntó si seguía interesado en la compra del bajo. El inquilino le dijo que sí, pero lo que ofreció no era mucho. Le dijeron entonces que se pondrían en contacto con la agencia inmobiliaria para que pusiese, de forma oficial, el bajo en venta.
—Dejemos que lo medite un poco. No creo que quiera arriesgarse.
—Pero tiene un contrato de alquiler vigente, ¿no?
—Precisamente, vence a final del año. No te preocupes, que a no mucho tardar va a querer llegar a un acuerdo, porque el bajo le interesa y tiene una inversión importante hecha en él.
Como esperaban, el lunes siguiente el inquilino telefoneó al abogado para acercar posturas. Le hizo una nueva oferta más ajustada y encantado, además, de poder pagar una parte sin plomo . El abogado se lo notificó de inmediato a Samuel.
—Bueno, no es la cantidad que pedías y que con más tiempo podrías sacar por ese bajo, pero tampoco es tan mal negocio —dijo el abogado.
—Ya, lo que pasa es que tiempo es lo que no tengo y si acepta esa cantidad sin plomo , para lo que necesito ahora mismo es perfecto. ¿Tú qué crees?
—Desde luego, es lo más rápido. Mira, si te parece bien, le digo que aceptamos y si quieres puedo llamar ya al notario, porque he revisado toda la documentación y está todo en orden. También le pediré certificado al administrador de la comunidad de propietarios, para ir ganando tiempo.
—Entonces adelante, cuanto antes mejor.
La compra venta se formalizó en la notaría muy pocos días después y Samuel hizo entonces lo que el funcionario le fue indicando al otro abogado para hacer el pago en varios días.
Ya solo quedaba esperar y saber si el funcionario corrupto, finalmente, conseguía meter entre los preseleccionados a Carlos y a María como candidatos. A partir de ahí, como le había dicho el abogado era un acto de fe.
El 3 de noviembre, Samuel recibió la llamada de Laura, la enfermera del Hospital Universitario. Al niño, tras de recibir el alta médica, se lo habían llevado los Servicios Sociales; lo trasladarían a un centro de acogida a la espera de una familia de adopción.
Le dio las gracias a Laura y quedó en pasar un día a verla por el hospital. «La suerte estaba echada», pensó Samuel.
Llamó al abogado para ponerlo al corriente de la nueva noticia.