El niño del charco VIII. Samuel. Gijón, 2 de octubre de 2015 #4
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VIII. Samuel. Gijón, 2 de octubre de 2015 #4

—Tienes razón Laura, toda la razón. Solo un último favor. ¿Me podrías avisar cuándo le den el alta?

—Sí hombre, eso sí. No te preocupes que, en cuanto sepamos algo, yo te doy un toque.

De regreso, Samuel pensó que cuando le diesen el alta al niño volvería por el hospital solo para verla a ella. Llevarle algún detallito por lo bien que se estaba portando con él y de paso…

Lo primero que hizo al llegar a su casa fue hablar con el control de personal de la compañía y confirmar el descanso.

Esa mañana ya había avisado para que no contasen con él al menos en dos semanas.

Podían descontárselo de las vacaciones; era la primera vez que no cumplía con el itinerario de vuelos que tenía asignado y pedía sustitución.

No podía arriesgarse ahora. Tenía que estar en Gijón, por el niño.

Justo entonces oyó un nuevo mensaje en su teléfono. Era su abogado:

Abogado_22:38

Buenas noches Samuel, oye que ya he hablado con mi compañero y me dice que mañana, si quieres, te puede hacer un hueco a medio día.

Samuel_22:39

Buenas, genial, claro que quiero. Dame su número o se lo confirmas tú, como prefieras. No sabía yo que los abogados trabajabais hasta tan tarde.

Abogado_22:41

Los abogados somos autónomos y trabajamos lo que haga falta. Lo que no trabajamos no lo facturamos; tú ya me entiendes. Ya le confirmo yo que vas por allí ¿Sobre la una?

Samuel_22:42

Ya veo, ya veo. Sobre la una me viene perfecto. Pásame, de todos modos, sus datos y muchísimas gracias por todo. Si esto me sale bien, te llevo a comer un arroz con bugre de rezar.

Abogado_22:44

Pues entonces te deseo toda la suerte del mundo, por la cuenta que me trae.

Las cosas iban cuadrando, pero no podían esperar mucho más. Estaba impaciente mirando su teléfono, a ver si Carlos le decía algo de una vez.

A las once y diez minutos, le sonó el teléfono:

—Hola, Carlos. Qué, ¿has hablado con María?

—Hemos hablado, sí, largo y tendido.

—¡Veredicto, por Dios! ¿ Habemus Papam?

—No me hizo falta enseñarle el video. La conozco bien y dijo que sí enseguida.

Después, cuando se lo puse se emocionó y quiso hacer partícipes también a los niños.

Lo creímos apropiado porque ya son mayorcitos y no podemos, de repente, meterles en casa un hermano sin más.

Decidimos que lo mejor era explicárselo.

—¿Y qué han dicho?

—Al principio se quedaron muy sorprendidos, normal. Luego ya empezaron con las cuestiones más prácticas.

Carlos representó por teléfono, de modo bastante convincente, la tanda de preguntas y respuestas que fueron dándose unos a otros, imitando la voz de sus hijos y la de María:

«¿Cuál va a ser su habitación?» —preguntó el niño.

«Pues, hombre, de momento dormirá con nosotros, y luego ya le preparamos la habitación pequeña, la de juegos» —aclaré yo.

«Ah, bueno, porque yo en la mía no lo quiero, todo oliendo a pis y a pañales, ¡ag!»

«Y entonces, ¿dónde vamos a meter nosotros los juguetes y el ordenador y la play? Si lo metemos a él ahí nos quedamos sin habitación de juegos» —dijo la niña.

«Oye, guapa, yo creo que con una habitación que tenéis cada uno es suficiente, ¿no te parece?

Y jugar, jugar, ya poco. La mayoría de los juguetes que tenéis ahí guardados llevan meses sin tocar, cogiendo polvo.

Hay alguna caja que está sin abrir, incluso.

Si un día los saco todos de casa, ni os enteráis.

El ordenador y la play es otro cantar; a eso sí que le dais tralla» —sentenció su madre.

Una vez se establecieron las jerarquías, y quedó aclarado el reparto de espacio los niños se quedaron conformes.

Después les enseñaron el video y los dos se emocionaron un poco.

La nueva tanda de preguntas, también reproducida por Carlos, fue menos práctica y más tierna: «¿Cuándo viene? » y «¿Cómo lo vamos a llamar?»

—¿Estáis decididos entonces? —interrumpió Samuel.

—Estamos decididos, pero Samuel, con este asunto del niño has puesto mi casa y mi vida patas arriba. Pon todo lo que tengas que poner para que ese pequeño venga sí o sí a esta familia, porque como no cuaje al final, no sé lo que te hago.

—Te doy mi palabra, Carlos. Pondré todo mi empeño en ello, créeme.

—En ti confío; no la cagues.

—Por cierto, mañana tengo cita con el abogado experto en estos asuntos a la una, si pudieseis acercaros, al menos uno de los dos para una primera entrevista, estaría genial.

María no tenía inconveniente a esas horas y Carlos pediría el día en el Hospital, de asuntos propios.

A pesar de la noche de insomnio provocado por las dudas que los últimos acontecimientos estaban desatando en su vidas, a las doce del martes 6 de octubre, Carlos y María se presentaron en casa de Samuel, según lo convenido.

—¿Qué tal? ¿Habéis dormido bien? —preguntó Samuel

—Yo nada, Samuel, estoy cardiaca. Ya he pensado que este fin de semana tenemos que ponernos con la habitación del niño, para ir adelantando.

—María no te lances. Tienes que ser prudente con las expectativas, por favor, hay que esperar a ver qué nos dice hoy el abogado, ¿vale? —replicó su marido.

—¿Habéis traído toda la documentación? ¿DNI? ¿Libro de familia?

—Sí, tranquilo, Samuel, lo tenemos todo.

Samuel preparó un café. Se sentaron a repasar un poco la versión que iban a dar los tres, por si preguntaba el abogado. Querían causarle una buena impresión.

Se pusieron en camino para llegar a tiempo. A la una y cuatro minutos entraron en el despacho del experto.

Un hora y media más tarde, salieron de allí.

Habían cubierto la solicitud de aspirantes a adopción —eso era lo primero—.

Esa misma tarde el abogado la presentaría con su firma, digitalmente, en el organismo competente: la Sección de Adopción y Acogimiento Familiar, perteneciente al Instituto de Atención Social a la Infancia y dependiente de la Consejería del Bienestar Social.

Una vez que constasen como solicitantes él buscaría la manera de que su solicitud pasase a los primeros puestos de la lista de espera.

Les explicó que si conseguían eso, luego ya dependían de la preselección que los de Servicios Sociales hiciesen de los candidatos que estuviesen en esos primeros puestos.

Si llegaban a ese punto, lo siguiente ya dependería solamente de ellos: conseguir la declaración de idoneidad.

Les harían una entrevista personal, un examen psicológico; comprobarían situación económica, antecedentes, situación familiar. Lo más sensato era ser realistas… Las cosas podrían no salir bien.

Al cabo de dos días, mientras daba un paseo en bici por el carril del Piles hasta el Fluvial, Samuel recibió una llamada del abogado experto.

Le pedía que pasase por su despacho lo antes posible, ya que el asunto se habían complicado.

Samuel dio media vuelta y se dirigió con rapidez al despacho, en el centro:

—Siéntese, Samuel, por favor. Ha venido usted muy rápido.

—Sí, gracias. He venido lo antes posible. Dígame, ¿cuál es el problema?

—Verá. La escalada en la lista de candidatos que les había ofrecido, no va a ser posible. Sus amigos forman parte de ella como aspirantes, por supuesto, pero la fecha de entrada es la del otro día. No hemos podido hacer nada y lo mejor es que se olvide de esto.

—¿Pero cómo puede ser? Usted me había dicho que era posible. Que conocía a un funcionario. Le pagué lo que me pidió.

—No le mentí, pero este no es un caso cualquiera.

Ese niño es muy especial, y el funcionario ya sabe de su existencia.

Hay, además, otros candidatos bien situados en la lista y muy interesados.

Por el importe que me ha adelantado para ese trámite no se preocupe, se lo devuelvo.

Solo le cobraría la consulta y la gestión.

—No le entiendo, si no se explica mejor… ¿Cómo que hay otros candidatos muy interesados? Claro que los hay; todos los candidatos lo están, por eso están en esa lista. ¿Qué me quiere decir?

—Lo que le voy a contar es muy delicado, Samuel. Compréndame. No me puedo exponer más y a usted tampoco.

—Sigo sin entender.

—Lo que le había ofrecido a usted ya lo hemos hecho una vez.

Hay un alto funcionario en la Consejería con el que se podía hacer un trato económico.

En aquella ocasión se ocupó de hacer que la solicitud subiese a los primeros puestos, pero se trataba de un niño diferente, mucho más mayor y con otras circunstancias.

—¿Qué dice? ¿Me está hablando de soborno a un funcionario?

—Samuel, me sorprende su candidez. ¿Cómo supone que lo íbamos a conseguir si no?

—Bueno, no sé… Creía que usted tenía mucha influencia y contactos que le hacían favores, pero no imaginaba esto. ¿Cómo vamos a tener también corrupción en una institución como esa? Es asqueroso negociar así con los niños.

—¿Qué favores, Samuel? Nadie hace favores gratis. Además, si hay dinero de por medio, ya no es un favor, ¿no cree? Es un soborno, aunque tengo que decir que no es nada frecuente, nada.

En sus cuarenta años de experiencia llevando asuntos de adopciones y de acogidas, el abogado nunca había tratado con un funcionario corrupto ni se había visto implicado, salvo una vez.

Todos los que sumaban tantos años en la profesión habían visto de todo y no siempre justo.

Aquel funcionario también llevaba años presenciando injusticias; sabía que, en ocasiones, los niños no acababan en las mejores manos porque el cumplimiento de las leyes no siempre protege a los inocentes, por paradójico que resulte.

La Justicia, a veces, no es justa: tiene fisuras. Tenía muchos ejemplos para contar…

La única vez que había hecho un trato económico con ese funcionario fue un caso muy complejo, donde se ponía verdaderamente en peligro el bienestar del menor. Sin embargo, en el caso que ahora los ocupaba, sin padres biológicos de por medio, era cierto que no tenía justificación.

En esta ocasión se trataría de un delito de cohecho y, si llegara a descubrirse, tendrían problemas serios los dos.

—Puff, esto me ha descolocado. ¿Qué pasa ahora? ¿El funcionario no acepta el soborno entonces?