VIII. Samuel. Gijón, 2 de octubre de 2015 #3
Lo de la adopción lo habían barajado muchas veces, pero siempre lo desestimaron.
Por lo que sabían la lista de espera era larga, y cuando llaman no se sabe lo que puede venir.
Es cierto que se pueden elegir ciertas condiciones, como el rango de edad, el sexo, enfermedades o discapacidades, pero a más restricciones menos oportunidades.
Además, al poner esas condiciones les parecería que lo estaban pidiendo por catálogo y por ese motivo mantuvieron ciertos conflictos éticos:
—Nosotros ya tenemos dos hijos, estupendos y sanos y nos gustaría tener otro más, pero no queremos complicarnos con un niño con problemas. Ya sé que suena muy mal, pero es la pura verdad.
A Carlos le parecía que si un hijo nacía con alguna enfermedad era distinto: es de uno y se apechuga con lo que toque, pero para adoptar era otra cosa.
Si un día los llamaban y resultaba ser una criatura con algún problema, una enfermedad o alguna discapacidad seria, si decidían adoptarlo se complicaban la vida todos y también la de su dos hijos y si lo dejaban se sentirían culpables, sabiendo que lo habían rechazado.
Reconocía que era una postura muy egoísta por su parte, pero muy sincera.
Esa era la cuestión principal por la que no se habían decidido a dar el paso.
Había que añadir, además, el problema de los padres biológicos. Aunque tenían entendido que hay un tipo de adopción firme, por la que los padres biológicos pierden todo derecho, se corre el riesgo de que aparezcan de todos modos, o que el niño, algún día, quiera conocerlos.
—No sé... Es una decisión muy complicada y me imagino que dependerá de cada caso —afirmó Carlos.
—Entiendo vuestras dudas, y mira tú por dónde yo tengo la solución a eso: el niño abandonado es un recién nacido, blanco y sanísimo, y por lo que suponemos, los padres biológicos no van a reclamarlo nunca, seguro. Mira.
Samuel sacó el teléfono de su bolsillo y le enseñó la grabación que le había hecho al niño en el hospital.
Era un plano muy corto en el que el pequeño justo se estaba despertando.
Bostezaba y se desperezaba estirando los bracitos hacia arriba y hacia atrás con el body hospitalario de rayas remangado, mientras abría los ojos mirando directamente a cámara.
—¡Madre mía Samuel! Esto lo ve María y estoy perdido. Se enamora fijo de este canijo. A ver si te estoy entendiendo. ¿Tú lo que quieres es que lo adoptemos nosotros?
—Exactamente, por eso quería hablar contigo primero, para saber qué te parece la idea.
—Pues no sé, así de repente, pero y ¿tú Samuel? Pareces muy implicado con ese pequeño. Nunca te había visto interesarte por los niños.
—Es cierto, Carlos, ni se me había pasado por la cabeza, hasta que cogí a ese niño y lo apreté contra mi pecho.
Entonces dejó de llorar y, —no te rías—, sentí que habíamos conectado.
Como si esperase indefenso por mí y al llegar a mis brazos se hubiese sentido amparado.
Nunca antes había experimentado una emoción tan intensa como esa, nada igualable.
Proteger a alguien tan vulnerable me pareció otra dimensión.
Yo no sé cómo explicarlo. Tú como padre lo entenderás mejor.
—No me río, Samuel. ¿Cómo me voy a reír de algo así?
Te has explicado perfectamente. Es maravilloso lo que cuentas y es algo muy parecido a lo que sientes cuando ves nacer a tus hijos, lo vives como un milagro.
En cuanto los coges en tus brazos sientes que llevan ahí desde siempre.
Como si tu vida anterior, sin ellos, estuviese incompleta.
Al menos yo viví así el nacimiento de mis hijos.
—Es eso, tal cual. Ya ves; me he hecho un sentimental en un momento.
»Pero para poder aspirar a su adopción lo primero es pasar una preselección y hay que cumplir ciertos requisitos. Yo no cumplo casi ninguno: estoy solo, viajo continuamente, ya tengo una edad y ninguna experiencia en el asunto.
—Tienes la misma edad que yo, la misma.
—Sí, pero María es más joven y cumplís con creces todos los requisitos que se exigen. Sois los candidatos ideales. Quiero lo mejor para ese niño y te lo digo honestamente: no conozco un lugar donde se podría criar de mejor manera.
—Bueno hombre, gracias por lo que me toca. Desde luego, sí que te has vuelto un sentimental, sí. Aunque sigo sin ver cómo nos podría tocar a nosotros, si hay lista de espera y ni siquiera estamos en ella.
—Eso sería la segunda parte de mi plan de acción. Pero tendréis que tomar muy rápido la decisión. Tenemos el tiempo muy justo. ¿Cuándo podrías planteárselo a María?
—A María se lo puedo plantear hoy mismo, en cuanto volvamos a casa.
Ella llega sobre las siete del trabajo, pero para eso tienes que darme algo más.
Ya sabes que con los dos abortos sufrió mucho y no quiero crearle expectativas falsas.
Si yo le hablo del niño y le enseño ese video, se va a hacer muchísimas ilusiones y luego si sale rana, y no nos lo dan, se viene abajo otra vez. Que la conozco.
—Tienes que confiar en mí, Carlos. Me conoces desde siempre y sabes que consigo casi todo lo que me propongo, salvo a Marta, pero te aseguro que voy a poner todo mi empeño en que ese niño tenga el mejor hogar y sabes que soy muy perseverante.
—Lo de Marta es agua pasada, Samuel, muy pasada, ya deberías haberla olvidado.
Ya te he dicho mil veces que eso no es amor ni nada que se parezca, eso es un obsesión que ya ha durado demasiado tiempo.
Marta es guapísima, de eso no hay duda y los dos os deslumbrasteis, pero erais muy jóvenes… demasiado.
—Yo estaba muy enamorado, Carlos—interrumpió Samuel.
—Sí lo sé, pero con el tiempo te hubieses olvidado de ella si no fuese porque te puso los cuernos delante de tus narices y no estás acostumbrado a perder.
Creo que, en el fondo, te dolieron más esos cuernos y el escándalo que hubo después.
Conociste a otras mujeres que te gustaban mucho, tú me lo decías, pero te inventaste esas teorías tuyas, las de las mujeres y el nido…
Menudo cuento chino. Pamplinas. Lo que a ti te pasa es que tienes miedo.
En cuanto te empiezas a encontrar a gusto de verdad con alguna y notas que hay algo más que sexo, echas a correr; le das el pasaporte, como tú dices, pero no por ella sino por ti, que te acojonas.
—¡Anda ya Carlos! ¿Qué dices?
—Acojonado Samuel, lo que yo te diga, que te conozco bien. Siempre tuviste pánico a enamorarte otra vez. Se llama miedo al fracaso, miedo a que te vuelvan a engañar. A mí no me la das con tus teorías, pero una cosa sí te reconozco: eres perseverante. Eso no te lo voy a discutir.
—Si tú lo crees será, tan bien que dices conocerme…
Pues no te lo vas a creer, Carlos, pero el otro día, después de encontrarla por el Muro, me quedé otra vez hecho polvo y estaba justo pensando en ella y en sus ocurrencias cuando me tropecé con el niño y no me he vuelto a acordar hasta ahora mismo.
Creo que tienes razón y Marta, por fin, es agua pasada.
—Si ese niño consigue que tú te olvides de Marta, es que es un pequeño Dios, o un hechicero.
—Recuerdas que Marta soltaba frases de alguna película de vez en cuando. Pues en esta ocasión acertó de pleno. La marea trajo un niño a mi orilla que está cambiando mi vida por completo.
—La marea o el destino, que viene a ser lo mismo. —sentenció Carlos.
Pasó la hora de la natación y fueron a recoger al vestuario a los niños, que salieron al poco tiempo con el pelo muy mojado. Su padre les pidió que sacasen una toalla de la mochila y allí mismo les restregó la cabeza con ella.
—Esto tenéis que hacerlo vosotros, todos los días lo mismo; ya os lo he dicho muchas veces, que luego vienen las anginas y los catarros. Ya sois mayores para que os lo tenga que hacer yo. ¿No os parece? —los reprendió su padre.
—¿Qué tal hoy?¿Cómo ha ido la clase? —les preguntó, después.
Los niños empezaron a relatar los pormenores, los dos a la vez. La monitora le había dicho a la niña que si seguía así de bien, la próxima semana tendría el gorro rojo. Al niño lo había puesto un rato sentado en el bordillo por hacerle una aguadilla a su hermana, para reflexionar.
—Pero bueno, ¿cómo se te ocurre? Eso es peligroso. La monitora ha hecho bien en castigarte; en la piscina hay que tener mucho cuidado, hijo.
—Tampoco fue para tanto, Papá, solo le di un tironcito —se defendió el niño.
—No lo vuelvas a hacer, ni a tu hermana ni a nadie, ¿de acuerdo?
—Sí, vale —contestó el niño sin mucho entusiasmo.
Carlos quedó con Samuel en que esa misma noche hablaría con María y le dirían algo lo antes posible. Se despidieron:
—Por favor, no tardéis mucho en deshojar la margarita, que la ventaja que tenemos durará muy poco tiempo.
—Vale Samuel, tranquilo, de verdad que en cuanto decidamos algo lo sabrás enseguida.
Samuel se pasó otra vez por el Hospital, aprovechando la guardia de Laura. El niño seguía mejorando. Le dijo que ya había hecho una toma de biberón con una cantidad que, al parecer, era mucha para lo pequeño que era.
—Oye, Laura, ¿cuándo piensas tú que le darán el alta médica?
—No lo sé, la verdad, porque el niño ya está muy bien, si se pudiese ir a su casa ya podrían dársela, pero al ser a un centro de acogida lo están dilatando unos días más y aquí, siendo tan pequeño, está mejor; creo yo.
—Eso desde luego, Laura, con tantas madrazas que tiene.
—Eso es cierto, ya te dije que es el juguete de la plantilla. Es tan agradecido.
Se despidió de Laura no sin antes preguntarle cuándo estaría de guardia otra vez.
—Oye, Samuel, tú estás abusando de mi confianza, ¿no crees? Ya has venido a ver al niño dos veces y sabes perfectamente que tú no puedes entrar y yo no te puedo dejar pasar, ¿entiendes? Me pones en un compromiso.
—Claro Laura y no sabes cuánto te lo agradezco, pero cuando se lo lleven no volveré a verlo y tampoco hacemos daño a nadie, ¿no?
—Daño no hacemos, no, pero las normas están para cumplirse y si no se cumpliesen esto sería una verbena, que te lo digo yo.