El niño del charco VIII. Samuel. Gijón, 2 de octubre de 2015 #2
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VIII. Samuel. Gijón, 2 de octubre de 2015 #2

—Pues como te digo yo no tengo experiencia en el tema, pero dime.

¿Cómo es el niño? Porque el periódico no da detalles.

La noticia, muy escueta, solo dice que un transeúnte encontró un niño supuestamente abandonado en un aparcamiento en el muelle de Cudillero, que se encontraba bien y que lo habían trasladado al hospital más cercano, nada más.

«¡Genial! el discurso que habían proclamado Antonio, el inspector, y él mismo había servido para algo. Los otros testigos habían cumplido con la discreción que se les había solicitado. Ya se veía que eran buena gente», pensó Samuel.

—El niño es muy pequeño, de días, blanco y sano. Se está recuperando muy bien. Yo creo que es un bebé precioso, la verdad —contestó.

—¿A cuántos bebés has visto tú? Da igual, no me lo digas, pero si es así como cuentas, tan pequeño, blanco y sano ya te digo que es una perita en dulce. Se lo van a quitar de las manos.

—Por eso quiero dejar algunas cosas resueltas antes de que le den el alta en el hospital y para eso necesito tu ayuda.

Samuel se interesó por algún profesional que le pudiese recomendar experto en asuntos de adopciones y que estuviese familiarizado con los Servicios Sociales.

Su abogado, en efecto, conocía a un compañero que era un especialista en esos temas. Llevaba las cuestiones legales y los trámites en muchos casos de adopciones y también de situaciones en régimen de acogida desde hacía muchos años. Conocía todos los intersticios del sistema.

—Eso es lo que yo necesito, alguien que conozca atajos.

—No son atajos Samuel, no te confundas. Es la experiencia la que le permite ir por delante; tenerlo todo preparado antes de que se lo soliciten. Sabe los pasos a seguir y los inconvenientes que hay que sortear con antelación, pero no es atajar.

—Lo que tú digas. ¿Y podrías conseguirme una cita con él lo antes posible?

—Sin problema, lo llamo esta tarde y te digo algo, ¿de acuerdo?

—Perfecto. Muchas gracias por todo.

—De nada hombre, a ver si sale todo como tú quieres. Me has dejado muy intrigado con este asunto.

Sabía que disponía de muy poco tiempo para preparar el papeleo y tener alguna opción antes de que le diesen el alta al Angelito.

Para su plan, con lo que había leído el fin de semana y lo que le había dicho el abogado sabía a quién necesitaba.

Solo tenía que convencerlos y luego actuar con mucha rapidez.

Carlos —su mejor amigo desde que empezaron en el colegio con tres años—, se había casado con María, la novia de siempre.

Ella era cinco años más joven que él. Tenían dos hijos: un niño de diez años y una niña de ocho y a los dos les hubiese gustado tener el tercero.

Fueron a por ello en dos ocasiones y las dos terminaron en aborto, con un gran disgusto, sobre todo para María.

Después de muchas pruebas, los médicos habían llegado a la conclusión de que su útero rechazaba al embrión en cuanto este comenzaba a crecer.

Por lo visto, su segundo parto había sido muy complicado y había terminado con una cesárea extrema con sufrimiento para la criatura y para la madre.

Creían que esto había generado alguna limitación que le provocaba esos abortos en las primeras semanas de gestación y le desaconsejaron volver a intentarlo.

—Hola Carlos. ¿Qué tal?

—Hombre, Samuel, creíamos que te habías muerto, como no llamas últimamente… ¿Estás por aquí?

—Sí, estos días estoy por Gijón.

—Ah sí, es verdad que ibas a subir a Torrecerredo con la panda. Ahora lo recuerdo. ¿Qué tal os fue? A ver si a la próxima puedo ir yo, porque esta vez me fue imposible. Los niños tenían partido de baloncesto y natación.

— Al final no fui; me surgió un contratiempo y no pude.

—¿Pues? ¿Qué ha pasado? Para que tú pierdas esa oportunidad, ha tenido que ser algo serio.

—De eso quería hablarte. Si nos pudiésemos ver tú y yo esta tarde, te lo agradecería.

—¡Uy, qué misterioso estás!

»Sin problema, llevo a los críos a natación y si quieres mientras espero, tomamos un café y me cuentas. Empiezan a las seis.

—De acuerdo, allí estaré.

Carlos no vivía en Gijón. Se habían comprado una casa muy acogedora en el pueblo de María, donde ella tenía su consulta de veterinaria, aunque no estaba lejos, a poco más de media hora. Él seguía trabajando en el Hospital de Cabueñes y en la misma especialidad. No era hombre de cambios.

Samuel aprovechó para comer ese día con sus padres. Les comentó que por la tarde les haría una visita a Carlos y a su hijos, porque llevaba mucho tiempo sin verlos.

Su madre, de vez en cuando, se ponía en modo reprochador, sobre todo con el asunto de los nietos, y no quiso dejar pasar la ocasión que Samuel le había puesto en bandeja.

Ni su única hermana, Julia, ni él se habían casado. Julia había tenido varias parejas, pero no había llegado muy lejos con ninguna. Era un poco más joven que él y no la veía por la labor de formar una familia.

Profesora en la universidad, vivía en Londres y volvía a Gijón a pasar las vacaciones. Ese día, su madre tocó el tema:

—Solo tengo una pena, hijo. En eso sí que no me habéis dado ninguno de los dos una alegría. ¡Qué no me quejo!, ¿eh? Sabes que estoy muy orgullosa, ni un solo disgusto tuve con vosotros en todos estos años, pero ni un nieto siquiera, ni uno. No me digas que no es triste.

»Todos nuestros amigos están como locos con los nietos para arriba y para abajo —que si uno hace kárate, que si el otro ya empezó en la guardería y ya cogió una infección de oído, que si este colegio es mejor, que si la academia de inglés—, y yo aguantando mecha y poniendo cara de interés y todavía alguno me pregunta: «¿Y vosotros qué, nada?

¿No se anima ninguno?» Parece que lo hacen a propósito, para chinchar.

—Anda, Mamá, deja ya el temita quieres, que hoy no tengo la cabeza para murgas. Por cierto, ¿cuándo viene Julia? ¿Navidades o antes?

—Vendrá para Navidades, hasta Reyes, otra qué…

—A ver, ¿qué pasa ahora?

—Nada, que para Navidades se trae con ella a un inglés; otro nuevo, vamos.

Si me dijo cómo se llama, no me acuerdo, la verdad.

Esperemos que este hable algo más de español que aquel que vino hace dos años, que no se enteraba de nada y no había forma de llevar una conversación.

Dos semanas aquí metido y todo se lo tenía que traducir tu hermana.

—Yo creo que entendía perfectamente, pero se hacía el tonto, para no aguantarte, que le salía mucho más a cuenta —aprovechó su padre para meter el aguijón.

—¡Qué gracioso eres chico! y qué no te hayas metido a humorista… A estas alturas ya tendrías programa propio. Y por cierto, el británico tampoco hablaba contigo y eso que tú le hablabas en ese inglés tan académico que tienes, el de Camford —se defendió su madre.

Desde que él recordaba, sus padres se llevaban así. Su padre, entre risas le clavaba puyas verbales a su madre y ella las encajaba con humor. Siempre estaban juntos y nunca —al menos él no lo había presenciado— habían tenido grandes discusiones, pero eran como el perro y el gato, para todo.

Hubo un momento, cuando era más joven, que pensó incluso que podrían llegar a separarse, pero con el tiempo comprendió la extraña naturaleza de la relación que tenían sus padres.

La única vez que había visto a su padre completamente abatido fue cuando a su madre le diagnosticaron cáncer de mama.

Entonces Samuel lo vio claro: su padre adoraba a su madre, aunque de una manera muy particular.

Durante todo el tratamiento se desvivió por ella hasta que, al fin, se recuperó; fue entonces cuendo volvieron a las andadas.

Eran incorregibles y después de casi cincuenta años seguían juntos, con esa forma tan peculiar de llevarse mal, tan bien.

—Mamá. ¿No le habrás soltado al inglés la gracia de Camford ?, ¿no? Se iría de aquí pensando cualquier cosa.

—No, hijo, no, no soy tan desconsiderada, pero a este que viene ahora como tenga el mismo plan que el otro y no muestre un poco más de interés en hablar en español, se lo suelto seguro: a aprender a Camford y así, por lo menos, me río un poco. Que se lo traduzca tu hermana, a ver.

—Eso no me lo pierdo. Avísame para tener la cámara del teléfono preparada que te subo a Youtube—se cachondeó su padre.

—Mamá, pues ya puestos suéltale también el alinquidoi que te gusta tanto , que eso, a lo mejor, sí lo entiende.

Los tres echaron una carcajada que les duró un buen rato. Todo apuntaba a que las Navidades iban a ser interesantes.

Tenía guardados desde hacía tiempo unos regalos para los niños y no se los había llevado todavía: era la ocasión, así que pasó por su casa antes de ir a ver a Carlos.

A las seis menos cinco estaba ya en la cafetería de la piscina municipal, donde los niños iban al cursillo de natación. Esperó en una mesa con un café. Enseguida llegó Carlos, que ya había dejado a los niños en el vestuario.

—Tenemos algo más de una hora, así que ya estás largando, Samuel, que me tienes en ascuas.

—¿Qué tomas?¿Quieres un café?

—No, prefiero un té; ya lo pido yo, deja.

—Bueno Carlos, todo lo que tengo que contarte me va a resultar muy difícil, pero es muy importante para mí, así que, voy a hacer lo que pueda.

Samuel le contó lo que le había ocurrido —salvo lo del charco y la desnudez, no había necesidad—, y que se trataba de un bebé de tres días, sano, que en poco tiempo entregarían a Servicios Sociales para el programa de adopción.

—¿Es que quieres adoptarlo tú?

—No me interrumpas, por favor, ten paciencia.

—Vale, vale; me callo.

—La cuestión es que yo conozco la existencia de ese niño y sus características antes de que entre en el programa de adopciones.

Tengo por así decirlo, información privilegiada.

Vosotros, María y tú, me habías comentado muchas veces que os gustaría tener el tercero y en alguna ocasión habíais hablado de adoptar, ¿no es cierto?

—Sí, María siempre quiso el tercero y no pudo ser.