VIII. Samuel. Gijón, 2 de octubre de 2015
Después de disculparse con Paco por el arroz con bugre que no pudo ser, Samuel cogió su moto para volver a casa.
Tenía frío; en la moto sin la cazadora se estaba pelando.
Solo quería llegar, comer algo y descansar.
Se notaba derrotado y con el ánimo por debajo de las rodillas; no sabía cómo encajar lo que le había sucedido.
La vuelta a casa se le estaba haciendo eterna.
Muerto de frío se dio una ducha muy caliente y se puso cómodo. Al quitarse la ropa que llevaba puesta notó un olor diferente en su camisa; no era su olor personal, era un olor que no reconocía. «¿Será el olor del niño?», se preguntó.
Mientras calentaba un poco de cocido de garbanzos, que le había dado su madre esa misma mañana en un táper, volvió a su retina la imagen del niño en el charco, en el agua.
La tenía grabada como un plano fijo. El primer recuerdo fue de pánico, pero se estaba dando cuenta de que había reaccionado bastante rápido y supo lo que tenía que hacer: recoger al bebé y envolverlo con la cazadora para darle calor.
Resultaba increíble que se hubiese dado tanta maña, a pesar de no haberle sujetado la cabeza.
Lo más sorprendente había sido que, cuando lo puso en sus brazos y lo apretó contra su pecho, el pequeño había dejado de llorar y él había sentido algo nuevo, desconcertante.
No lo sabía describir con claridad, era una emoción muy intensa recorriendo todo su cuerpo.
Esa ternura invasiva le era extraña. Se sorprendió a sí mismo preguntando al aire:
—¿Qué me está pasando?
Perplejo, no creía posible, después de lo de Marta, sentir de nuevo algo así y con esa intensidad por nadie. Sin embargo, de forma fortuita, con el niño le había vuelto a ocurrir. Un sentimiento inédito hasta entonces lo había hecho prisionero.
Algún mecanismo se había activado y todo apuntaba a que se trataba de su instinto.
Sonrió para sí al acordarse. Por fin Marta había colocado una de sus frases de película que venía a cuento; estaba pensando en lo que había dicho ella sobre las cosas que a veces la marea deja en la orilla cuando oyó al pequeño, y parecía que esto, de verdad, iba a cambiar su vida.
Ese viernes solo salió a última hora para ir al supermercado a por provisiones.
Tenía la nevera vacía y con el cambio de planes prefería quedarse en casa y prepararse algo sencillo.
Con el cocido de su madre no había podido, se le había hecho bola.
Canceló la subida a Torrecerredo que tenía planeada con sus amigos y se pasó casi todo el fin de semana pegado a la pantalla buscando información. No dejaba de hacerse la misma pregunta.
El domingo llamó al hospital donde habían ingresado al bebé, logrando hablar con una enfermera de guardia en el servicio que se presentó como Laura. Él se identificó como la persona que había recogido al pequeño y se interesó por su estado.
—El niño está muy bien. Duerme casi todo el tiempo con placidez. Solo despierta cuando tiene hambre y entonces sí, se hace notar. Está progresando y parece que ya está fuera de peligro, aunque sigue en observación, pero todo parece indicar que saldrá adelante. Es un angelito.
Al escuchar a Laura, Samuel notó cómo subía, de nuevo, la ternura que lo invadía por completo y dijo emocionado:
—Es usted muy amable, Laura. Me alegro mucho de que el niño se recupere.
—Puedes tutearme, Samuel.
—Vale Laura, es la costumbre, de tú entonces. Oye, ¿y tú crees que yo podría acercarme hasta el hospital y ver un poco al niño?
—Bueno, ahora está en la unidad de neonatos y solo pueden entrar los padres media hora al día, según el protocolo que tenemos aquí.
—Sí, pero este niño no tiene ni padres, ni nada, ni siquiera un pariente lejano.
—Ya, es verdad. En este caso podría visitarlo su tutor legal.
—Podría hacerme pasar, por si alguien preguntase, por su tutor.
—Sabemos que es un caso de Asuntos Sociales.
—Sería solo un momento. Es que después de lo sucedido estoy un poco angustiado y verlo sano y en un lugar seguro me ayudaría. Me serenaría mucho el espíritu. ¡Por favor, Laura!
Al cabo de una hora estaba en el Hospital Universitario esperando para entrar en el servicio de neonatos y ver al bebé.
Cuando llegó a recepción preguntó por Laura, que al momento salió a su encuentro.
No sabía lo que les había dicho ella a sus compañeras, pero entraron sin que nadie les preguntase nada.
—Menos mal que has venido a buscarme Laura, porque ¿cómo preguntas por un paciente que no tiene nombre? —comentó Samuel mientras avanzaban por el pasillo.
—Por eso te había dicho que preguntases por mí.
Mientras iban camino a la unidad de neonatos, Laura le explico a Samuel que tenían que cumplir un protocolo estricto y nadie, salvo las personas autorizadas, podían visitar al pequeño.
Ella se había arrepentido en cuanto le había dicho que sí por teléfono: no podía hablar con el primero que llamase preguntando. ¿Y si no era quien decía ser? Lo único que sabían allí era que a ese niño lo habían abandonado y estaba bajo custodia de los Servicios Sociales del Principado.
—¿Y por qué me has dejado pasar ahora?
—No sé cómo responder a eso, la verdad. Creo que por teléfono he notado sinceridad y pareces interesado de verdad en él. Me he fiado de ti. Más vale que no me meta en un lío por esto.
—Agradezco tu confianza, Laura, y tranquila, quedará entre tú y yo.
Llegaron a neonatos y Samuel tuvo que mostrarle su DNI, al que Laura hizo una fotocopia, que luego guardó en un cajón y continuaron hablando:
—Es triste no tener un nombre, pobre criatura.
Aunque no creas, a veces, los padres tardan en decidirse y hay bebés a los que identificamos por el apellido, Blanco, González, el que sea.
Es más, he tenido un caso en el que el nombre del niño lo he puesto yo.
Fue hace años. Yo estaba empezando y después del parto cuando le pregunté a la madre por el nombre, para poner en la pulsera de identificación del bebé, me contó que no se acababan de decidir, que les gustaban varios.
Me dio tres nombres y yo elegí uno: «Juan es el que más me gusta», le dije.
—Y entonces, ¿a este cómo lo llamáis?
—Angelito. ¿Qué otro nombre podría tener?
Samuel la miró con auténtica devoción. Esa mujer le había dado al pequeño identidad de persona; le había puesto nombre. Esta enfermera le estaba cayendo fenomenal y además… guapa.
Ese primer día la visita fue corta, diez minutos.
Samuel comprobó que el niño estaba perfectamente.
Llevaba puestos pañales y un body de rayas muy finas, de un desvaído color hospital, que le quedaba bastante grande; con unas mangas que, aunque diminutas, estaban remangadas por los puños, pero, aun así, lo encontró muy guapo.
Le parecía más relleno y un poco más grande.
Aprovechó un momento en el que Laura estaba a otra cosa y grabó con su móvil al niño, solo un poco.
—Parece más grande. ¿Será por la ropa o es que ya ha crecido?
—Es que come muy bien; es bastante tragón para ser tan pequeñín. Comer y dormir es la fórmula perfecta para recuperarse pronto. Si sigue así no creo que tarden en darle el alta.
Samuel se despidió de la enfermera con la sensación de haber conectado. No tenía claro si era la atención de ella hacia el niño o ella misma, pero le había causado muy buena impresión.
El lunes a primera hora llamó a la comisaría y enseguida le pusieron con Antonio, el inspector de policía que llevaba el caso. Antonio le contó muy por encima las gestiones que estaban realizando ya que era información reservada. No albergaban muchas esperanzas de localizar a los padres.
Le explicó que, en este caso, al ser un abandono, los responsables se enfrentarían a una pena de cárcel, a menos que hubiese sido por la fuerza y pudiesen demostrarlo.
Esto último no lo sabía Samuel, y le pareció un argumento de bastante peso para deducir que nadie aparecería a reclamar al niño como suyo.
A continuación llamó a su abogado, el que se ocupaba de sus asuntos financieros y laborales cuando hacía falta.
Se conocían desde hacía mucho tiempo. Le había llevado todas las gestiones, los contratos del cambio de compañía y la compra de propiedades que había ido adquiriendo en los últimos años, principalmente las cuestiones fiscales.
Quedó con él a las doce del mediodía, en su despacho.
Samuel acudió puntual a su cita. Le relató al abogado lo que le había sucedido el viernes anterior con el bebé abandonado en Cudillero, pero sin pormenores.
—¿Qué dices? ¿Qué has sido tú? Es que leí la noticia en el periódico justo esta mañana desayunando. Yo pensaba que esta cosas ya no pasaban. ¡Qué fuerte! ¿Y de los padres se sabe algo?
—Precisamente, antes de venir aquí he hablado con el inspector que está llevando el caso; el que fue a tomarnos declaración. Me ha dicho que de los padres no saben nada y que ve muy difícil que aparezcan, por lo visto podrían ir a la cárcel.
—Si es como dices un abandono, voluntarios no se van a presentar, eso seguro. Otra cosa sería que los localizase la policía, pero tendrían que detenerlos. Abandonar a un niño es delito.
—Sí, sí, eso me lo ha explicado el policía. Mira. Te voy a ser muy sincero. Lo que quiero saber es qué va a pasar con ese niño ahora, cuando le den el alta en el hospital, que será pronto.
—Pues se harán cargo de él los Servicios Sociales y lo entregarán a un centro de acogida donde entrará en el sistema de adopción.
—¿Y qué hay que hacer para adoptarlo?
—Hombre, yo no tengo experiencia en esos casos, pero es complicado. Hay una preselección de candidatos y una lista de espera. ¿No estarás pensando en adoptarlo tú?
—En algo estoy pensando, por eso quiero saber cómo es todo el proceso.